Ops.


Al pasar las primeras páginas de La edad del silencio, el juego simbólico propuesto por OPS puede hacer pensar automáticamente en el onírico surrealismo de Dalí, Magritte o De Chirico o en el más ácrata del movimiento Pánico. Es un pensamiento lógico, la confluencia de estilos gráficos que manejaba esa encarnación primigenia de Andrés Rábago a finales de los sesenta puede llevar fácilmente a esa conclusión, pero no deja de ser una mera apariencia. A poco que el lector profundice en las imágenes, los simbolismos van dejando paso a un duro y radical mensaje, fuertemente anclado en la realidad del momento. No son una evasión de la realidad para refugiarse en el mundo de los sueños o de las pesadillas, sino una metáfora consciente y racionalizada del entorno histórico y temporal que vivía el autor.

Publicados originalmente en revistas como Triunfo, Hermano Lobo o Cuadernos para el Diálogo, los dibujos de OPS deben ser entendidos como el disparador de un exorcismo íntimo del inconsciente colectivo, un catálogo de miedos quizás más próximo a El Bosco, con clara función catalizadora de las emociones contenidas de una sociedad que ansiaba la ruptura total con el régimen franquista. Sirva como ejemplo esa referencia continua al ser humano preso en su propia circunstancia que es, a la vez, censor de su propia existencia, en alegoría obligada de ese español todavía preso del miedo a rebelarse contra el yugo de una dictadura asumida. Apartado el velo de esa apariencia formal, el resultado es sorprendente: un retrato asombrosamente fidedigno y revelador de la sociedad española y su evolución, creado no desde su superficie, sino desde las propias vísceras, emociones y sentimientos, y de las personas que la conforman.

Pero, quizás, lo más sorprendente de la obra de OPS es que, casi cuatro décadas después de su creación, sus imágenes sin palabras no han perdido ni un ápice de su potente eficacia perturbadora. Se quedan enquistadas en algún lugar recóndito del cerebro, calladas pero incitando continua e insidiosamente a la reflexión. Y permiten, a su vez, entender a la perfección el tránsito particular que dio lugar a esa nueva encarnación de Rábago llamada El Roto, que se alza desde las cenizas de OPS como provocador francotirador de la realidad cotidiana y diaria.

Álvaro Pons, Preso del miedo, Babelia. El País, 26/02/2011

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