Un passat en expansió.

Contemporáneo designa una tarea, implica un desafío, que incluso va más allá del esfuerzo -nada menor, por cierto- por hacer inteligible el presente: convoca a hacerlo habitable. De la única forma que el pensamiento es capaz de hacerlo, esto es, produciendo más pensamiento, dando que pensar, cuestionando lo existente, revelando su contingencia. Dejándonos, en definitiva, ante el ineludible reto de explicitar -y decidir- qué queremos hacer con (y en) este mundo. Esto es lo que una y otra vez escamotean esos nuevos contemporáneos del pasado (como ideólogos, sin duda, se les hubiera definido cuando el término ideología todavía era de curso legal) que intentan quedarse con el santo y la limosna de todo lo que hoy estamos en condiciones de pensar.

(...) Al igual que el reloj parado, que dos veces al día da bien la hora, los personajes a los que me vengo refiriendo (y los denomino así porque, además de ser personas concretas, tienen algo de tipos ideales weberianos) se han encontrado con el inesperado regalo de que algunas de sus posiciones de siempre parecen haber mutado de signo, resultando susceptibles de ser interpretadas, por arte de birlibirloque, como especialmente adecuadas al momento actual: fueron anticomunistas, de matriz inequívocamente conservadora, en el pasado y mantener esa misma actitud ahora -hundimiento del socialismo real mediante- puede hasta llegar a resultar de buen tono en determinados ambientes, incluidos algunos sedicentemente progresistas; abrazaban en su momento, con pío entusiasmo, la identificación entre Estado y una determinada confesión religiosa y hoy se suman con el mismo entusiasmo -aunque con la piedad guarecida a buen recaudo- a la crítica a lo que les encanta denominar laicismo trasnochado, y así sucesivamente.

Si en su momento pudo señalarse que el ocaso de la idea de futuro había convertido el pasado en el territorio de un conflicto (en muchos casos, en el nuevo territorio de la política) en estos momentos convendría reconsiderar esa formulación y señalar que tal vez hoy el territorio privilegiado del conflicto sea la idea misma de contemporaneidad. Sin duda estamos asistiendo a una proliferación de discursos que, utilizando una clave supuestamente ético-humanista (los valores -sin especificar nunca cuáles, por cierto- parecen haberse convertido en el último gran negocio relacionado con las ideas en estos tiempos de inquietante posmodernidad, por decirlo a la manera de Ratzinger), persigue restaurar, maquillándolo apenas levemente, un discurso de raíces profundamente religiosas.

En realidad, estábamos advertidos. Quienes buscan imponer su relectura del pasado lo hacen siempre, por definición, mirando de reojo al presente, esperando que la nueva legitimación obtenida de su revisión les permita, por fin, el asalto de una contemporaneidad que les había sido reiteradamente negada. Pero no podemos hacer como si nada hubiera pasado en materia de pensamiento. El rancio humanismo todavía vigente en el sentido común de nuestra época representa algo distinto a lo que nombra, se nos enseñó hace ya mucho (y se nos indicó muy claramente las oscuridades que de verdad representaba). Hay un pasado que se expande y crece adentrándose en el presente, aspirando a ocupar por completo su espacio, tutelando todas sus representaciones. De ese pasado hay que defenderse. O, cuando menos, no queda otra que intentar resistirse a él. Con las modestas armas que nos han sido dadas (...). Intentando pensar, a sabiendas de que pensar es siempre pensar desde algún sitio y que, por tanto, la pluralidad es consustancial a la tarea.

Tal vez esta voluntad de resistencia a un determinado pasado constituya una pretensión desequilibrada, pero es mucho lo que se encuentra en juego. Se trata, en última instancia, de no dar completamente por perdida esa pequeña ilusión en la que se dilucida nuestra supervivencia, a saber, la de que lo que hay no es del todo una condena, sino más bien una desafortunada contingencia.

Manuel Cruz, A cualquier cosa le llaman contemporáneo, Babelia. El País, 05/02/2011
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