El valor de les creences. (José Luis Pardo).




Hay, para este asunto, un viejo criterio, algo grosero pero eficaz, propuesto en su día por Immanuel Kant dándole la vuelta a un célebre argumento de Pascal. Y el criterio viene a decir lo siguiente: al que afirma creer en la combustión espontánea, pregúntesele cuánto dinero estaría dispuesto a apostar a que esta hoja de papel empezará a arder dentro de treinta segundos. Una apuesta elevada equivale a un alto grado de creencia, y viceversa. La mayor parte de lo que llamamos “creencias” -creencias de quince minutos o de quince días- salen muy baratas. No estoy negando el principio, asentado sobre suficientes testimonios, de que todos estamos bien dispuestos a creer en lo que nos conviene. Pero una cosa es que a uno le gustaría poder mover los muebles por telepatía, y otra cosa es que uno espere que se muevan de ese modo o que confíe en que lo hagan. El criterio de la apuesta kantiana resulta, en general, esclarecedor. Si se pusiera en práctica sistemáticamente, yo diría -aunque dudo seriamente si esto no será exceso de credulidad por mi parte- que nos permitiría observar que una gran mayoría apuesta sumas fuertes solamente en caso de creencias muy firmes (cosas tales como que conseguiré abrir la cerradura de la puerta de mi casa con la llave con la cual la he abierto durante los últimos ocho años, o que se abrirá el cajón si tiro del pomo, etc.), y que son muy pocos quienes están dispuestos a jugárselo todo por cosas que están prácticamente seguros de que no van a ocurrir, así como también son una minoría poco significativa -si es que hay realmente alguno de estos- quienes no apostarían por nada en ningún caso. De modo que, contra las apariencias, esas creencias que abundan en nuestras sociedades (y cuya abundancia es el efecto de la pérdida del monopolio de la superstición y de los remedios contra el dolor de saberse mortal por parte de las Iglesias establecidas, amén de la emergencia de una amplia clase media inculta pero con algún excedente económico) son, por decirlo con esta expresión tan desgastada, creencias light, tanto que ni siquiera son creencias sino más bien entretenimientos. Hay que distinguir, pues, al menos, entre los creyentes (que son quienes apuestan de forma prudente), los desocupados (que son quienes juegan a creer para entretenerse) y los desesperados (que son quienes están dispuestos a suicidarse para que una nave extraterrestre les traslade a otra dimensión o cosas similares). Y, aunque no tengo ninguna evidencia estadística sobre este particular, a veces me visita el temor de que se está produciendo un trasvase (no sé de qué importancia) desde el primero de los grupos al último, pasando quizá por el segundo.

José Luis Pardo, pardonomics, Facebook 01/03/2017

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