Cal imaginar-se un Sísif feliç.




Estudiar “el sentido de la vida” de forma empírica y siguiendo las reglas del método científico podría mover a la risa. Suena grandilocuente. Hasta ahora éste ha sido un tema reservado a los filósofos, y no siempre sin algo de rubor por parte de quienes se han dedicado a ello. Tal vez, el enfoque más adecuado sea el de los Monty Python, quienes precisamente abordan la gravedad del asunto desde su contrapartida, el humor absurdo. ¿Su conclusión?

“[El sentido de la vida] no es nada muy especial. Intenta ser amable con la gente, no comas grasa, lee un buen libro de vez en cuando, camina un poco, y trata de vivir en paz y armonía con la gente de todos credos y naciones".

Pero empecemos por el principio. Los propios Python comienzan su “introducción” al tema cantando, inquisitivos, algunas preguntas... “¿Por qué estamos aquí?” “¿De qué va la vida?”... y otras en esta línea que seguramente todos en algún momento nos hacemos. El crítico de la cultura Terry Eagleton, por su parte, inicia su breve ensayo sobre el tema (The Meaning of Life. A Very Short Introduction) planteándose si realmente tiene sentido preguntarse por el sentido, valga la redundancia (1). ¿No es más bien una “pseudopregunta” para la que no hay respuesta?

A veces el lenguaje nos lleva a confusión. Por ejemplo, si alguien nos aborda con un "¿Tienes hora?", sabemos que, aunque parezca una pregunta, en realidad nos está haciendo una petición. Con la pregunta por el sentido en ocasiones pasa algo parecido. Más que una interrogación, puede ser una expresión de desaliento o una indicación de extrañeza ante algo que nos supera. “¡¿Qué sentido tiene todo esto?!”, se preguntarían personas en una relación fallida, alguien que presencia una situación dramática, un esforzado profesional sin éxito, o un filósofo a punto de ingerir cicuta.

Por suerte, no estamos continuamente preguntándonos cuál es el sentido de lo que nos ocurre en la vida. Y eso es una buena señal, ya que de alguna manera implica que nuestros significados personales nos sirven a la hora de desenvolvernos en el día a día. Aunque muchos de ellos sean significados implícitos y no conscientes, lo cierto es que parecen funcionar. Nos permiten interpretar nuestras vidas, tomar decisiones, distinguir qué cosas tienen valor para nosotros y cuáles no y, en definitiva, nos ayudan a reducir la incertidumbre propia de la página en blanco que escribimos cada día. Para investigadores como Travis Proulx y Michael Inzlicht, el significado viene a ser un sistema de representaciones mentales que nos permite entender nuestra experiencia, estableciendo qué relaciones son esperables que ocurran en ella (2). También Roy Baumeister, en su monografía Meanings of Life apunta a esta forma de entender el significado, afirmando que “es una representación mental compartida sobre las posibles relaciones entre cosas, eventos y relaciones; por tanto, el significado conecta cosas” (3).

La pregunta por el sentido de algo que nos ocurre, o de la vida, surge típicamente en situaciones de crisis, en las que se producen violaciones de los significados previamente asumidos y se quiebran las “relaciones esperadas” entre acontecimientos. La búsqueda de significados es más perentoria cuanto más irracional se vuelve el entorno. No es casualidad que una de las obras más célebres sobre este tema, El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, narre las experiencias de su autor en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial (4).

Aun así, decir simplemente que el significado es lo contrario al absurdo, la alienación, la ansiedad existencial, o el hastío vital, no es suficiente. Por suerte, en muchas ocasiones también sentimos positivamente que las cosas encajan, que la vida tiene un significado —sea el que sea—, y que los acontecimientos, por más adversos que parezcan, son al menos inteligibles. ¿Cuándo decimos que las cosas tienen sentido para nosotros? Algunos investigadores del ámbito de la psicología han señalado que para disfrutar de esta experiencia deben darse algunas condiciones (3, 5, 6, 7):

Tener propósitos. Hablar del significado de la vida muchas veces equivale a hablar de nuestros objetivos y propósitos en ella. Si alguien nos preguntara por el sentido de nuestra vida, posiblemente, le responderíamos indicando una serie de resultados que nos parecen deseables, o describiendo aquellos escenarios que nos gustaría que se hicieran realidad. Y en nuestra respuesta, seguramente, también incluiríamos un conjunto de acciones que son instrumentales para lograr tales metas. Es la visión "teleológica" del significado o, dicho de otra forma, aquella en la que nos preguntamos el "¿para qué...?" de las cosas que hacemos (3, 6, 7).

Comprender lo que nos rodea y a nosotros mismos. Percibir que unos acontecimientos están conectados con otros y son coherentes nos proporciona una sensación de sentido (3, 6, 7). Los acontecimientos de la vida adquieren significado cuando apreciamos algún orden en ellos. Pero además, es necesaria la sensación de que nos entendemos a nosotros mismos y a los demás, un cierto insight sobre cuál es el papel que desempeñamos en el entramado de relaciones de nuestro mundo social (5).

Sentirse eficaz. Para experimentar que la vida tiene sentido es necesario un cierto grado de autoeficacia, es decir, tener la impresión de que los acontecimientos son controlables y podemos llegar a lograr nuestras metas. Cuando pensamos que no existe conexión alguna entre nuestras acciones y los resultados obtenidos, se pierde la idea de que las cosas tienen un sentido; lo que ocurre —sea positivo o negativo— nos parece simplemente arbitrario, un capricho del azar (3).

Sentir que nuestras metas son valiosas. En nuestras conversaciones cotidianas, el "sentido de la vida" en ocasiones se equipara a "lo que importa en la vida", las cosas que de verdad "merecen la pena", aquello por lo que estamos dispuestos a invertir tiempo, esfuerzo y a dar lo mejor de nosotros mismos, aunque implique sacrificios (5).

Por ejemplo, una forma en la que habitualmente respondemos a la pregunta por el sentido es, simplemente, referirnos a aquello que más nos importa y que representa una fuente de motivación en nuestras vidas, ya sean personas (la familia, los amigos, etc.), ámbitos (el trabajo, la cultura, el deporte, etc.) o abstracciones (la justicia, la solidaridad, etc). Son cosas a las que atribuimos valor, justificación ética o legitimidad (3).

Autoestima. Finalmente, otro ingrediente para experimentar significado es tener una visión positiva de uno mismo. En gran medida, un autoconcepto positivo va unido al sentimiento de que uno importa, de que los demás le aprecian y reconocen. Es difícil percibir que la vida tiene sentido si uno mismo no se respeta y se valora, o si siente que no desempeña un papel relevante en ella (3, 7).

La experiencia de sentido, en definitiva, hace que el mundo en que estamos nos resulte un lugar familiar (2). Cuando percibimos un sentido, la vida nos parece comprensible, orientada hacia alguna meta valiosa, y nos sentimos cómodos en ella, sin que nuestra autoestima o nuestro autoconcepto se vean amenazados.

Existe otra forma más de entender el significado. Dan Ariely ha distinguido entre el Sentido con "S" y el sentido con "s" (8). El Sentido con "S" se da en aquellas actividades que persiguen grandes metas, con alto impacto benéfico sobre la sociedad (por ejemplo, combatir la pobreza, encontrar la cura para una enfermedad, etc.). Pero el sentido "s" es también importante. Se refiere al significado que damos a las pequeñas acciones y tareas del día a día, por modestas que puedan ser. Es la cuota de sentido que recibimos más comúnmente en la vida cotidiana y en el trabajo.

¿Por qué escribir un blog con pocos lectores? ¿Por qué hacer algún trabajo voluntario en nuestra comunidad? ¿Por qué esforzarse en hacer algo lo mejor posible cuando es suficiente con hacerlo "correctamente"? ¿Para qué esmerarse en hacer buena fotografía amateur, pintar el retrato de un familiar, o cultivar un pequeño huerto en el jardín? Muchas de estas cosas no llevan aparejada una recompensa económica o un incentivo monetario, y sin embargo, nos enganchamos a ellas. La clave está en que tienen sentido, aunque sea con "s". En todo lo que hacemos va implícita la imagen que tenemos de nosotros mismos, y nos gusta pensar que somos competentes, que hacemos algo valioso, y que la gente que ve nuestro trabajo se siente satisfecha con él y lo aprecia.

Dan Ariely y sus colaboradores han desarrollado una serie de experimentos para comprobar cómo el hecho de percibir sentido en una actividad tiene un impacto sobre la motivación y la productividad (9). En estos experimentos, los participantes realizaban tareas relativamente sencillas como, por ejemplo, buscar un patrón de letras en una página escrita o construir robots con piezas de Lego siguiendo un modelo. El salario y la tarea se mantenían constantes en las distintas condiciones experimentales, que se diferenciaban sin embargo por el grado de "sentido" que se le daba a la tarea. Así, en las condiciones donde se trataba de crear una "falta de sentido", el trabajo de la persona una vez completado podía ser destruido por el experimentador o simplemente ignorado. Contrariamente, en las condiciones experimentales "significativas", el trabajo del participante era reconocido de alguna forma simbólica (por ejemplo, identificando el nombre de la persona que había realizado la tarea o visibilizando el resultado).

Como era esperable, aunque se les retribuyera económicamente siguiendo el mismo patrón, aquellos participantes que realizaban una "tarea significativa" producían mucho más y mostraban mayor implicación, en comparación con sus compañeros en la condición de "trabajo sin sentido". Más aún, estar en una condición donde el trabajo se destruía una vez terminado provocaba otro efecto secundario: una actividad que inicialmente resultaba gratificante por sí misma (montar piezas de Lego) al final dejaba de serlo para los participantes. 

Sísifo, condenado a la absurda tarea de subir una y otra vez la misma piedra pesada a la cima de una montaña, seguramente sintió que su vida no tenía sentido, cada vez que veía rodar el pedrusco ladera abajo. Muy posiblemente se preguntara "¡¿Qué sentido tiene todo esto?!" —pero ya sabemos que en realidad no buscaba una respuesta, sino que más bien estaba dando salida así a su desaliento—. Si hubiera habido psicólogos en el inframundo, posiblemente Sísifo habría recibido algunos buenos consejos: "Búscate un propósito, Sísifo, márcate objetivos, trata de ponerte metas", "Sísifo, piensa cuántos leerán tu historia", "¡Date cuenta de que estás haciendo una proeza!", y otros similares. Pero el castigo de los dioses era especialmente cruel. Como muestra Dan Ariely, destruyendo su trabajo ni siquiera le permitieron experimentar, al menos, un sentido con "s", la satisfacción íntima de una obra bien hecha.

Y a pesar de todo, Camus nos dice, "hay que imaginarse a Sísifo feliz".

Antonio Crego, ¿Por qué Sísifo no encontraba sentido a su vida?, Las mariposas del alma. Scilogs. Blogs de Investigación y Ciencia 12/03/2017

Referencias
  1. Eagleton, T. (2007). The Meaning of Life a Very Short Introduction. Oxford: Oxford University Press. 
  2. Proulx, T., & Inzlicht, M. (2012). The five “A” s of meaning maintenance: Finding meaning in the theories of sense-making. Psychological Inquiry, 23(4), 317-335. 
  3. Baumeister, R. F. (1991). Meanings of life. New York: Guilford Press. 
  4. Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder. 
  5. Baumeister, R.F. (2013). The meanings of life. Aeon Essays, 16.10.2013 Recuperado de https://aeon.co/essays/what-is-better-a-happy-life-or-a-meaningful-one
  6. Steger, M.F. (2012). Making meaning in life. Psychological Inquiry, 23, 381-385. 
  7. George, L. S., & Park, C. L. (2016). Meaning in life as comprehension, purpose, and mattering: Toward integration and new research questions. Review of General Psychology, 20(3), 205-220. 
  8. Ariely, D. (2008). Predictably irrational. New York: Harper Collins. 
  9. Ariely, D., Kamenica, E., & Prelec, D. (2008). Man's search for meaning: The case of Legos. Journal of Economic Behavior & Organization, 67(3), 671-677. 







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