La funció de les emocions en la política.



La empatía y las emociones resultan fundamentales en el buen hacer político. En los últimos años, a cuenta de algunos resultados de la neurología, interpretados con ligereza, hemos visto rebrotar un clásico concepto de la filosofía social, el de empatía, hasta adquirir una notable importancia en filosofía moral y también defender la importancia de las emociones en las decisiones prácticas, políticas y personales. Y es cierto que algunos resultados confirman la relevancia de empatía y emociones para el ejercicio de bastantes talentos, entre ellos los artísticos. La empatía también parece importante para el juicio, la competencia moral y el razonamiento práctico. Es conocido el caso de esos sujetos –como el famoso Phineas Gage– incapaces de tomar decisiones como consecuencia de lesiones cerebrales que afectan a sus competencias emocionales. Su incapacidad para experimentar emociones y su trato protocolario –puramente convencional– con las normas morales, su idiotez moral, los convierte en idiotas sin más.

Todo eso es verdad, pero verdad incompleta. Por supuesto, las emociones son importantes en las decisiones y hasta en el activismo político, en la capacidad para movilizar o comprometer a los ciudadanos. Ahora bien, el que las emociones y los instintos morales nos ayuden a decidir no los convierte en principios de racionalidad práctica. No son la última palabra. En ningún caso suplen a la argumentación, científica o moral. Las decisiones instintivas muchas veces aciertan, pero, para saberlo, hemos de poder aquilatarlas con los mejores procedimientos, con la razón y la experiencia. También el crimen “pasional” y la venganza son acciones guiadas por la emociones.

Las emociones no hacen buenas las políticas. No resuelven los dilemas morales, no nos dicen qué está bien o mal ni escapan a nuestra valoración. Aunque nos ayuden a decidir y valorar, no son las que valoran sino las valoradas. Algunas emociones que hoy nos disgustan se asentaron en nuestro cableado mental por su provecho en otro tiempo, porque cumplieron funciones adaptativas en los entornos en los que se ha desarrollado la mayor parte de la vida de la especie. Eran importantes para cazar (por eso somos agresivos), transmitir nuestra herencia genética (por eso somos celosos) o prevenirnos frente a otros grupos cuando hay pocos recursos (por eso somos racistas). Ahora bien, su persistencia, indiscutible, no impide que condenemos y castiguemos los comportamientos violentos, sexistas o racistas desencadenados por ellas.

Por lo demás, en no pocas ocasiones, la empatía y hasta el altruismo son enemigos de las buenas decisiones. No parece elogiable el juez que, llevado por su empatía con la víctima, pierde su sentido de la justicia o el político que, por la afinidad afectiva que experimenta hacia sus vecinos o sus familiares, les otorga ayudas públicas o cargos administrativos, tengan o no talento.

Félix Ovejero Lucas, El leproso mudo. Acerca del buenismo político, Claves de razón Práctica nº 234, Mayo/Junio 2014



Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Freud: la geneologia de la moral.