El que és, no és allò real.

Ernst Bloch


Entre la gente que comparte las críticas al actual capitalismo financiero se suele expresar, de una u otra manera, la siguiente opinión: “es verdad que el actual sistema es profundamente injusto y que aumenta las desigualdades y la exclusión, pero no existe ningún sistema alternativo y lo único que se puede hacer es limitarse a aprovechar sus beneficios y paliar en la medida de lo posible los males que trae aparejados”. Una afirmación que no tendría mayor interés si no expresara la ideología de buena parte de la socialdemocracia europea, capaz de formar gobierno con Angela Merkel y de participar en la persecución a los inmigrantes, entre otras cosas.

Muchos economistas han cuestionado desde estas mismas páginas los supuestos del capitalismo financiero y las salidas posibles a esta situación. Permítaseme enfocar el tema desde la filosofía, que también tiene algo que opinar sobre el tema. Decía Ernst Bloch: “lo que es, no es verdadero”. El pretendido realismo de estas proclamas fatalistas desconoce varias cosas. En primer lugar, que la sociedad humana no está determinada por la naturaleza, sino que es la única entre las especies animales que organiza su convivencia según leyes lingüísticas y no genéticas, de modo que a lo largo de la historia han existido multitud de formas de sociedad: tribales, patriarcales, matriarcales, monárquicas, aristocráticas, dictatoriales, democráticas, etc. Y que tan variadas como las formas de sociedad han sido los sistemas económicos que han regulado la producción y distribución de la riqueza: trueque, esclavismo, feudalismo, capitalismo mercantil, capitalismo industrial, capitalismo financiero. ¿Es una señal de realismo suponer que la actual etapa del capitalismo financiero constituye el sistema definitivo de organización de la economía?

Algo así defendió en 2002 Francis Fukuyama, un asesor del gobierno de los Estados Unidos, en su teoría del “fin de la historia”. Estamos asistiendo, según él, al “último paso de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal como forma final de gobierno humano”. Incluyendo, por supuesto, el sistema capitalista como parte inseparable de esa democracia liberal. Es el momento en que las ideologías dejen su lugar a la economía de mercado, y si bien van a suceder nuevos acontecimientos, ya no existen opciones alternativas al sistema político y económico. Fiel a la divisa de que “si las teorías no coinciden con los hechos, tanto peor para los hechos”, Fukuyama volvió a insistir diez años después en su profecía, calificando todas las novedades que habían sucedido en el mundo desde entonces –como las que sucedieron el mundo árabe, por ejemplo- como meros “acontecimientos” que no ponen en cuestión su teoría del fin de los tiempos y el consiguiente triunfo de la democracia capitalista.

Lo significativo del caso no radica en las opiniones de Fukuyama sino en la enorme repercusión que tuvo su teoría. Que un pensamiento especulativamente tan pobre, basado en un Hegel mal leído, haya recorrido el mundo y generado tal cantidad de críticas y comentarios es algo que requiere explicación. Y probablemente esa explicación haya que buscarla en la vieja necesidad humana de aferrarse a verdades incuestionables y encontrar un sentido definitivo a la historia, cualquiera que sea, antes que reconocer que la historia es una construcción humana que no tiene asegurado su desarrollo y mucho menos su final y que por lo tanto está abierta a las decisiones de sus protagonistas, es decir, de nosotros.

Por eso los fundamentalismos son tan resistentes a los hechos. Y el fundamentalismo neoliberal, que no es menos fundamentalista que otros, pretende identificar sus propios dogmas con la realidad como tal. Así, por ejemplo, la primacía del individuo sobre la sociedad, la superioridad de la iniciativa privada sobre la gestión pública, la competitividad como motor de la economía, la estabilidad como valor político supremo, el aumento indiscriminado de la producción y el consumo como condición del bienestar social, la propiedad y gestión privada de las finanzas y tantas otros supuestos de su doctrina, adquieren el carácter de axiomas indiscutibles, que podrán gustar o no pero con los cuales hay que contar en cualquier sociedad. La misma vocación de eternidad que supongo habrán tenido quienes vivieron en el sistema feudal o en los regímenes absolutistas.

Por supuesto que los cambios de paradigma político y económico no se producen por decisiones voluntaristas de los ciudadanos. Pero también es verdad que todos los cambios históricos importantes han ido acompañados de cambios en la manera de pensar de la gente, que ha comenzado a poner en cuestión los dogmas en los que asentaba su sistema social. La Ilustración es el mejor ejemplo. La Revolución Francesa y las transformaciones que le siguieron fueron precedidas por una abundante producción intelectual de filósofos y políticos que socavaron las bases ideológicas del absolutismo y que penetraron en muchos sectores de la población. Y en nuestros tiempos se está abriendo camino entre grupos cada vez más amplios la convicción de que el sistema democrático es incompatible con el capitalismo financiero, en la medida en que el poder de decisión sobre nuestra forma de vida se está concentrando cada vez más en despachos anónimos mientras se priva a la sociedad del derecho a decidir acerca de los recursos económicos que ella misma produce. Y que esa contradicción no constituye una necesidad natural sino que es el resultado de una articulación del poder que depende de decisiones políticas.

¿Se puede concluir de aquí que estas ideas terminarán por imponerse y producir un cambio positivo que supere la dependencia del mundo financiero que soportamos, permitiendo que la economía esté al servicio de los ciudadanos? Creo que nada justifica ese optimismo. No sería la primera vez que los intereses particulares se imponen sobre los generales. Diga lo que quiera Fukuyama, la historia no avanza en una única dirección ni tiene otro final previsible que el fin de la raza humana. Lo único cierto es que atribuir al actual sistema capitalista la condición de inevitable y eterno no solo contradice lo que hemos aprendido de la historia sino que conduce a una actitud resignada que termina defendiendo los intereses de aquellos que desean perpetuar la situación actual. Y aun en el caso no se vea una salida posible, el fatalismo es la peor respuesta; habría que recordar la idea de Gramsci acerca del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Porque si se acusa de ingenuidad y utopismo a quienes pensamos que otro mundo es posible, mayor es la ingenuidad de quienes creen que es posible domesticar al capitalismo financiero para que acepte las reglas de juego de la democracia.

Augusto Klappenbach, Fatalismo y resignación, Público, 27/09/2014

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