Discòrdia i malenconia



Todo indica que en Occidente la locura empezó a considerarse una enfermedad contagiosa, y hasta una epidemia, en el Renacimiento.
McLuhan decía que el Renacimiento produjo un gran dolor cultural, pues supuso el hundimiento del sistema feudal y medieval, en beneficio de los burgos y los burgueses, que trajeron consigo la imprenta.
Pues bien, esas ciudades gobernadas en buena medida por los burgueses se llenaron de locos y hubo que internarlos. ¿Dónde? En las antiguas leproserías que habían quedado vacías desde que la lepra empezó a remitir tras la última cruzada, como explica Foucault en Historia de la locura.
El Romanticismo también produjo un gran dolor cultural. De hecho se trata de un movimiento presidido por el dolor cultural y social, que dará origen a no pocas revoluciones. A través del Romanticismo, Europa se preparó para la Obra en Rojo de sus inmensas guerras civiles.
Con el Romanticismo la locura volvió a parecer una epidemia, como era una epidemia la tuberculosis. Y llegamos a los siglos XX y XXI, para comprobar que casi toda la población tiene problemas vinculados a la salud mental: ansiedad, depresión, estrés, apatía, hiperactividad, angustia, desesperación... Si no fuera por la farmacopea tendríamos a más de la mitad de la población en los manicomios.
¿Somos la cultura de la ansiedad y la depresión?
Da la impresión de que sí. Y además desde hace tiempo. Sería conveniente detenerse a pensar por qué nuestra propia cultura nos deprime por un lado, y por otro nos llena de ansiedad. ¿Qué mecanismo venenoso está como imbricado en el sistema generando desdicha desde su mismo centro?
El paso adelante, de darse, tendría que ser un paso tan valiente como sopesado, y atañe a la estructura del alma: se trataría de dejar atrás la melancolía, con sus sudarios y sus banderas, dejar atrás "la locura negra que todo lo ve gris".
Y se trataría de volver la mirada una vez más hacia Grecia. Asombrosamente, todos nuestros renacimientos empiezan en ella. Para una parte de nuestra cabeza y una parte de nuestro sistema mental y cultural, Delfos sigue siendo el ombligo del mundo, y en Delfos podía leerse una consigna: "Conócete a ti mismo". Un gran consejo, también para nuestra época si no fuera porque la ansiedad y la depresión son las peores guías para llegar a uno mismo.
El mundo se va poblando de alienados que no saben que lo son, y asombra la inconsciencia general mientras nos vamos acercando a una dimensión de la que preferimos apartar los ojos, en parte porque la tenemos cada vez más cerca.
Hablaba de Delfos y del recurso a las luces del pasado, pero ¿y si se tratase ya de luces de una estrella muerta? Entonces nos veríamos obligados a inventar el futuro sin la ayuda de gramáticas antiguas pero no de cualquier manera, sabiendo que de nada sirven las huidas hacia adelante, que curiosamente siempre acaban siendo fugas hacia el pasado, por esa extraña ironía que suele tener la Historia con los pueblos que no aprenden de su propia historia.
La melancolía no es solo una enfermedad del alma, es también una pasión que invita a la disgregación, de hecho el mundo es pura disgregación cuando se observa desde los ojos de la depresión, y sobre todo en su última fase, denominada "melancolía clásica aguda". Se ve muy bien en la Carta a Lord Chandos, de Hugo von Hofmannsthal. Esa locura negra que todo lo ve gris fragmenta la conciencia de las cosas, en realidad la hace imposible, y no se percibe la unidad del Mundo, solo se perciben millones de imágenes rotas, solo se percibe una especie de dispersión infinita de la materia viva y la materia muerta. Al mismo tiempo el yo se achica y busca refugio en la muerte, en los casos extremos, o busca refugio en la masa, en los casos más leves.
Decían los pitagóricos que los hombres eran desdichados porque no conocían a la diosa que los guiaba: la Discordia. Cabe decir lo mismo de la Melancolía, diosa que nos guía desde hace siglos, que está determinando nuestra historia y que no conseguimos erradicar porque no atacamos la enfermedad que produce esa enfermedad. Puede que el mal esté en el corazón mismo de nuestro sistema, puede que no, o puede que no sepamos por qué nos pasa lo que nos pasa, y eso sería en realidad lo más trágico.
Jesús Ferrero, Cielos e infiernos (1). La diosa que nos guía, El Boomeran(g), 16/09/2014

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