Els principis del republicanisme polític, segons Philip Pettit.

Philip Pettit


En el republicanismo no se trata de destronar a las monarquías. Es la idea de que una persona no puede ser dueña de otra. Tiene su origen en la Roma clásica y puede seguírsele la pista en el Renacimiento y en los movimientos de finales del siglo XVII en Inglaterra y en América. Consiste básicamente en no tener un dueño, en ser libre. En la Inglaterra del siglo XVIII, quienes se consideraban republicanos usaban el término commonwealth, en el sentido latino de res pública, de bien común, pero estaban satisfechos con la idea de una monarquía constitucional. Jean Jacques Rousseau dice que una monarquía en la que el rey está sometido a la ley y en la que funciona un Estado de derecho, debe ser llamada república. Podríamos llamarlo ciudadanismo porque lo que lo define es la diferencia entre súbdito y ciudadano. En política, lo más importante es la libertad, porque libertad significa no ser súbdito de nadie, ni de un poder público ni de un ciudadano privado.

La primera obligación del Estado es impedir que determinados individuos sean súbditos de otros individuos; la segunda tiene que ver con el hecho de que, para evitar el dominio de unos sobre otros, se crea otro poder, y entonces se plantea el problema de cómo controlar al Estado a través de una teoría constitucional que nos dice cómo ponerle freno al poder público y hacerlo democráticamente responsable. Hay tres principios básicos en una democracia: el primero, la elección de quienes ostentan el poder por un periodo limitado y, preferentemente, con una rotación del personal. La segunda idea es que debe haber una separación de poderes, de modo que nadie lo controle todo. En la antigua Roma, por ejemplo, había hasta cuatro asambleas elegidas y todas ellas se solapaban de modo que existía una auténtica situación de control y equilibrio. Finalmente, la tercera idea es la del Estado de derecho, que debe ser aplicable a todo el mundo.

Este poder público que nos protege aplicando la ley, impidiendo, por ejemplo, los abusos de otras corporaciones públicas, tiene que ser transparente hacia los ciudadanos, de modo que sepamos lo que hace. Hay un cuarto elemento que debe permitir a la ciudadanía controlar y saber lo que hace el Gobierno y también incidir en lo que hace.

Además de votar, los individuos o los grupos de individuos deben poder pedir al Gobierno que justifique lo que hace e incluso iniciar acciones ante los tribunales si consideran que no es legal lo que hace. El control se ejerce a través del Parlamento, pero también a través de la opinión pública y, en este sentido, los medios de comunicación son claves. En política nunca hay soluciones fáciles, pero hay una variedad de instituciones que podemos explorar. Empezando por abrir vías para que individuos y movimientos sociales, lo que llamamos ONG, hagan oír sus voces, a través de los media.

No soy muy partidario de estas consultas populares del modelo norteamericano, porque finalmente los únicos que salen adelante son los que tienen el dinero de los grandes lobbies detrás, porque son muy caros de organizar y más aún de ganar, lo que los convierte en un instrumento de la derecha más conservadora. Prefiero que los Gobiernos se vean forzados a explicar lo que hacen en los medios de comunicación y también que exista algún tipo de tribunales de apelación administrativos que puedan detener determinadas decisiones del Gobierno, sin olvidar instituciones como los Defensores del Pueblo. Pero lo más importante es que haya libertad de expresión, libertad de asociación y la posibilidad de manifestarse en la calle. Son necesarios unos medios de comunicación independientes, por eso soy favorable a la dispersión de la propiedad de los medios de comunicación y, por supuesto, a un sistema realmente autónomo de gestión de los medios de comunicación públicos.

Maquiavelo dijo es que no se puede tener buenas leyes sin buenas costumbres o buenos hábitos, pero tampoco se puede tener buenos hábitos sociales si no hay buenas leyes. Las dos cosas van juntas. Las buenas leyes tienden a mejorar los hábitos sociales que a su vez impulsan mejores leyes. Es un círculo virtuoso. Pero nunca hay una garantía de éxito porque la política es algo muy frágil, y un solo acontecimiento puede desencadenar reacciones terribles.

El republicanismo es federalista. El republicanismo francés tiene un problema: le afectó demasiado Jean Jacques Rousseau, que era un republicano renegado. Tenía las básicas ideas republicanas, rechazaba la dependencia en la buena voluntad de otro, creía que la libertad es la ausencia de la dominación y defendía el Estado de derecho. Pero Rousseau aportó una idea al republicanismo que le es ajena: la del pueblo soberano, la de unir a la gente en una sola voz. Esto procede de una tradición completamente distinta, del concepto de solidarismo, del pueblo como algo distinto del individuo. Estas ideas proceden de pensadores como el absolutista Jean Bodin o Thomas Hobbes. La idea de que el pueblo hable con una sola voz es profundamente antirrepublicana, de ahí la tendencia al centralismo del modelo francés, a esa voz única. Creo que la tradición auténticamente republicana es el federalismo, en el sentido de que tiende siempre a dividir el poder, de modo que el poder público nunca sea en sí mismo un poder dominante, sino que se perpetúe el proceso de control y equilibrio.

El principio republicano de priorizar la libertad, entendida como la no dominación, también debería marcar las relaciones entre los Estados. En un orden internacional ideal, cada Estado representando a su gente no sería forzado contra sus deseos por otros Estados. ¿Cómo conseguir esto? En estos momentos, el gran problema es que hay uno, Estados Unidos, que lo domina todo, sin un contrapeso como lo fue la Unión Soviética durante la guerra fría. La única respuesta está en el trabajo en red, a través de coaliciones de Estados. El caso de Europa es un ejemplo y debería ser el ideal de las Naciones Unidas, pero parece claro que a la actual Administración de Washington no le gusta nada, quiere mandar sobre el mundo y se marcha de Kioto, deja la Corte Penal Internacional, marca sus distancias con las Naciones Unidas y decide invadir Irak con el apoyo de muy pocos países. Es decir, tiene y busca una posición de dominio en el mundo. El neoconservadurismo es esto: quieren ser una dictadura benigna porque creen que poseen los valores correctos, pero nunca será correcta una dictadura por más benigna que sea, porque el amo será siempre el que decida.

Creo que en ninguna cultura la dominación se considera un valor positivo, excepto, por supuesto, para el dominador. Éste es un registro humano muy profundo. Todas las evidencias apuntan a que la gente no quiere ser dominada. Es algo que forma parte de la naturaleza de la especie que dice: "Quiero ser mi propio dueño". Queremos ser capaces de exigir respeto, no de recibirlo como un regalo, y que nos lo puedan quitar. Lo importante es exigir respeto, y creo que esto es universal y que se pueden encontrar diferentes nombres para el republicanismo porque se llama libertad. La tradición liberal rompió esta conexión y usó el término libertad para algo diferente, para indicar que no querían ninguna interferencia. Yo quiero restaurarlo y creo que éste es un valor universal. Se trata de forzar a los demás a que te respeten porque quede claro que no eres su sirviente.

El republicanismo, en lo que respecta a las relaciones entre los ciudadanos, incluye que todo el mundo debe estar protegido contra la pobreza; que todo el mundo debe tener acceso a cobijo y vestido, y disponer de las capacidades básicas para llevar una vida económica dentro de la sociedad. El cómo deba hacerse, si por medio de un sistema de seguridad social o por el de unos ingresos mínimos asegurados, como algunos apuntan, es una cuestión de los detalles políticos. Pero sí que tiene que haber provisiones contra la pobreza para que los individuos no sean dominados por los que tienen más dinero.

La globalización puede ser positiva con dos condiciones: que sea justa, que cuando se les pida a los países pobres que firmen un acuerdo para liberalizar las telecomunicaciones, éstos puedan a su vez exigir acuerdos globales en los temas que les interesen. El caso de la agricultura es el más claro. El cultivo del algodón, por ejemplo, se asocia a los países pobres, pero Estados Unidos es uno de los mayores productores, y mientras el Gobierno norteamericano no deje de pagar esas enormes subvenciones a sus productores de algodón, no habrá justicia con los países pobres. Y lo mismo sucede con la política agrícola de la Unión Europea. Si no es así, no se le puede llamar globalización, aunque atreverse a tocar estos privilegios sea electoralmente muy difícil. La segunda condición es establecer un control sobre las grandes compañías multinacionales, a las que la globalización ha dado un poder enorme que les permite chantajear a Gobiernos y sociedades. Las grandes corporaciones se han convertido en reales poderes de dominación, exactamente un modelo antirrepublicano. Hay un proverbio irlandés que dice: "No hay fuerza más que en el número". Lo esencial es que los Gobiernos creen las redes que les permitan controlar estas empresas y obligarlas a jugar con determinadas reglas, no con las que ellas imponen ahora.


La libertad política y metafísicaNacido en Irlanda en 1945, Philip Pettit realizó sus primeros estudios universitarios en Dublin y Belfast, y desde 2002 es profesor de la Universidad de Princetown, aunque sigue visitando las universidades de Irlanda y el Reino Unido. Lo que hace atractivo su trabajo es que ocupa dos áreas de gran envergadura: los fundamentos de la economía y las ciencias sociales, allí donde se incluyen elementos de psicología, metafísica y metodología, por un lado, y por otro, la teoría política y moral, que se centra en qué valores deben promover nuestras instituciones sociales y cuál es el mejor modo de organizarlos y promoverlos.De su amplia bibliografía no hay mucho publicado en España. Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el Gobierno está siendo ahora reeditado por Paidós. Mientras tanto, para hacer boca, esta misma editorial ha publicado una recopilación de textos de varios autores bajo el título Nuevas ideas republicanas, en el que Pettit hace una crítica al liberalismo.

Philip Pettit, entrevista de José María Martí Font, El País, 25/07/2004
 http://elpais.com/diario/2004/07/25/domingo/1090727555_850215.html

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