Quan la llum s'apaga.





Cuando el cielo está despejado, todas las noches se puede ver la muerte. Basta alzar los ojos. La luz de los astros difuntos ha atravesado la galaxia. Unas estrellas lejanas, desaparecidas desde hace milenios, siguen mandándonos su recuerdo en el firmamento. En alguna ocasión he telefoneado a una persona a la que acababan de enterrar y he oído su voz, intacta, en su contestador. Esa situación provoca un sentimiento paradójico. ¿Al cabo de cuánto tiempo disminuye la luminosidad cuando la estrella ha dejado de existir? ¿Cuántas semanas tarda un operador de telefonía en borrar el contestador de un cadáver? Existe un plazo de tiempo entre el fallecimiento y la extinción: las estrellas son la prueba de que es posible seguir brillando después de la muerte. Transcurrido ese light gap llega necesariamente el momento en que el resplandor de un sol pasado vacila como la llama de una vela a punto de apagarse. El brillo titubea, la estrella se fatiga, el contestador calla, el fuego tiembla. Al observar la muerte atentamente, puede verse que los astros ausentes centellean ligeramente menos que los soles vivos. Su halo disminuye, su tornasol se difumina. La estrella muerta parpadea, como si nos dirigiera un mensaje de auxilio... Se aferra.

Frédericc Beigbeder, Una vida sin fin, Edit. Anagrama, Barcelona 2020

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