Parla'm en sèlfic.




Había llevado a mi hija a un café moderno llamado Jouvence. Ella comía una ración de salchichón
de bellota y yo bebía un gin-tonic de Hendrick’s con pepino. Desde la invención del smartphone habíamos perdido la costumbre de hablar entre nosotros.

Ella consultaba sus wasaps mientras yo seguía a unas modelos en Instagram. Le pregunté qué era lo que más le gustaría como regalo de cumpleaños. Me respondió: «Un selfie con Robert Pattinson.» Mi primera reacción fue de asombro. Pensándolo bien, sin embargo, en mi trabajo como presentador de televisión también pido selfies. Un tipo que entrevista a actores, cantantes, deportistas y políticos ante las cámaras no hace más que retratarse al lado de personas más interesantes que él. Y, además, cuando salgo a la calle, los transeúntes me piden que me haga una foto junto a ellos con su teléfono
y si acepto de buen grado es porque acabo de hacer lo mismo en el plató rodeado de focos. Todos vivimos la misma no-vida; queremos brillar a la luz de los demás. El hombre moderno es un amasijo de setenta y cinco mil miles de millones de células que intentan convertirse en píxeles.

El selfie mostrado en las redes sociales es la nueva ideología de nuestra época: lo que el escritor italiano Andrea Inglese denomina «la única pasión legítima, la de la autopromoción permanente». Existe una jerarquía aristocrática decretada por el selfie. Los selfies solitarios, en los que uno se exhibe frente a un monumento o un paisaje, tienen un significado: yo he estado en ese sitio y tú no. El selfie es un currículo visual, una tarjeta de visita virtual, un trampolín social. El selfie al lado de un famoso tiene mayor sentido. El selfista pretende demostrar que ha conocido a alguien más popular que su vecino. Nadie le pide un selfie a una persona anónima, salvo si tiene alguna singularidad física: enano, hidrocéfalo, hombre elefante o gran quemado. El selfie es una declaración de amor, pero no solo eso: es también una prueba de identidad («The medium is the message», predijo McLuhan sin imaginar que todo el mundo se convertiría en medio). 

Si subo un selfie al lado de Marion Cotillard no expreso lo mismo que si me inmortalizo con Amélie Nothomb. El selfie permite presentarse: mira qué guapo estoy frente a ese monumento, con esa persona, en ese país o en esa playa y, además, te saco la lengua. Ahora me conocéis mejor: estoy tumbado al sol, apoyo el dedo en la antena de la torre Eiffel, evito que la torre de Pisa se caiga, viajo, me río de mí mismo, existo porque me he cruzado con un famoso. El selfie es un intento de apropiarse de una notoriedad superior, de hacer estallar la burbuja de la aristocracia. El selfie es un comunismo: es el arma del soldado en la guerra del glamur. No se posa junto a cualquiera: aspiramos a que la personalidad del otro influya en nosotros mismos. La foto con un famoso es una forma de canibalismo: engulle el aura de la estrella. Nos hace entrar en una nueva órbita. El selfie es la nueva lengua de una época narcisista: reemplaza el cogito cartesiano. «Pienso luego existo» se convierte
en «Poso luego existo». 

Si me hago una foto con Leonardo DiCaprio, soy superior a ti que posas con tu madre esquiando. Además, tu mami también se haría un selfie al lado de DiCaprio. Y DiCaprio con el papa. Y el papa con un niño con trisomía. ¿Significa eso que la persona más importante del mundo es un niño con
trisomía? No, me estoy yendo por las ramas: el papa es la excepción que confirma la regla de la maximización de la celebridad mediante la fotografía móvil. El papa ha roto el sistema del esnobismo ego-aristocrático iniciado por Durero en 1506 en La Virgen en la fiesta del Rosario, donde el artista se pintó por encima de Santa María Madre de Dios.

La lógica sélfica puede resumirse así: Bénabar querría un selfie con Bono pero Bono no quiere un selfie al lado de Bénabar. En consecuencia, existe una nueva lucha de clases a diario, en todas las calles del mundo entero, cuyo único objetivo es la supremacía mediática, la exhibición de una popularidad superior, el ascenso en la escalera de la fama. El combate consiste en la comparación de la cantidad de URM (Unidades de Ruido Mediático) de que dispone cada uno: apariciones en la televisión o la radio, fotos en la prensa, likes en Facebook, visualizaciones en YouTube, retuits, etcétera.

Es una lucha contra el anonimato, en la que es fácil contar los puntos y en la que los vencedores miran por encima del hombro a los perdedores. Propongo bautizar como «selfismo» esta nueva violencia. Es una guerra mundial sin ejércitos, permanente, sin tregua, las veinticuatro horas del día: la guerra contra todos, en esa «Bellum omnium contra omnes» definida por Thomas Hobbes y ahora organizada técnicamente e instantáneamente contabilizada. En su primera rueda de prensa tras su investidura en enero de 2017, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no expuso su visión de América ni de la geopolítica del mundo futuro: únicamente comparó la cifra de espectadores de
su ceremonia inaugural con la cifra de espectadores de su predecesor. No me excluyo en absoluto de esta lucha existencial: me he sentido muy orgulloso al mostrar mis selfies con Jacques Dutronc o con David Bowie en mi fan page, que cuenta con ciento treinta y cinco mil «me gustas». Sin embargo, me considero extremadamente solo desde hace cincuenta años. Aparte de los selfies y de los rodajes, no frecuento a seres humanos.

Alternar la soledad y la algarabía me protege de cualquier pregunta desagradable sobre el sentido de mi vida. A menudo, la única manera de verificar que estoy vivo consiste en ver en mi página de Facebook cuántas personas han dado un like a mi último post. Por encima de los cien mil likes, a veces tengo una erección. Esa tarde, lo que me preocupaba de mi hija era que no soñara con darle un beso a Robert Pattinson, ni siquiera hablar con él o conocerle. Solamente quería subir su rostro junto al suyo a las redes sociales para demostrar a sus amigas que había coincidido con él de verdad. Como ella, todos participamos en esta carrera desenfrenada. Pequeños y mayores, jóvenes y viejos, ricos y pobres, famosos o desconocidos, la publicación de nuestra fotografía se ha vuelto más importante que
nuestra firma en un cheque o en un contrato matrimonial.

Estamos ávidos de reconocimiento facial. Una mayoría de terrícolas grita al vacío su insaciable necesidad de que los miren o simplemente los vean. Queremos ser vistos. Nuestro rostro está sediento de clics. Y tener más likes que tú es la prueba de mi felicidad, al igual que en la televisión el presentador que consigue más audiencia se cree más querido que sus colegas. Esta es la lógica del selfista: el aplastamiento de los demás mediante la maximización del amor público. La revolución
digital ha traído otra cosa: la mutación del egocentrismo en ideología planetaria. Al carecer ya de
capacidad de influencia en el mundo, solo nos queda un horizonte individual. Antaño la supremacía estaba reservada a la nobleza y, más tarde, a las estrellas de cine. Desde que cualquier ser humano es un medio, todo el mundo desea ejercer esa supremacía sobre el prójimo. En todas partes.

Cuando Robert Pattinson asistió en Cannes al estreno de su película Maps to the Stars, a falta de un
selfie con mi hija Romy, pude obtener de él una foto dedicada. En el camerino de mi programa le escribió sobre su retrato arrancado de Vogue esta dedicatoria con rotulador rojo: «To Romy with love xoxoxo Bob.»

En señal de agradecimiento, ella se contentó con preguntarme:

–¿Me juras que no has firmado tú la foto?

Hemos dado a luz a una generación insegura. Pero lo que más me hiere es que nunca, jamás, mi hija haya reclamado un selfie con su padre.

Frédericc BeigbederUna vida sin fin, Edit. Anagrama, Barcelona 2020

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