Lògica, drama i tragèdia.





La teoría nos enseña que el propósito de un debate o una controversia es convencer, mientras que en las disputas y discusiones el fin parece ser vencer al oponente. La lógica y la teoría de la buena argumentación nos enseña modelos ideales en los que las discusiones se presentan como un intercambio de argumentos razonables entre personas sensatas, frías y atentas al contenido y las relaciones lógicas de lo que dice el otro tanto como al cuidado de los argumentos propios. Como seguramente sabrá bien todo el mundo que lea esto, las cosas no son así en la vida cotidiana. Las discusiones reales mezclan razones y emociones, argumentos junto a otros numerosos actos de habla como ironías, sarcasmos, desprecios y calificativos denigratorios referidos a las razones o actitudes del oponente y, ocasionalmente reconciliaciones y acuerdos, o acaso acuerdos sobre el desacuerdo.


¿Por qué discutimos?, ¿por qué lo hacemos tan habitualmente? Si queremos entender la naturaleza humana no deberíamos mirar los ejemplos acartonados de un sobrio simposio de profesores intercambiando sofisticados argumentos sino al discurrir de un día en una familia con adolescentes y quizás con las tensiones externas del trabajo o la falta de él. En vez de la jaula dorada de los zoos académicos deberíamos observar a los animales humanos en libertad, en las selvas y sabanas de la vida cotidiana.

Para responder a estas preguntas debemos preguntarnos primero qué es lo que nos constituye como sujetos y personas, antes que hacerlo sobre la naturaleza racional de la mente humana, Y la respuesta a la pregunta  de qué es lo que nos convierte en sujetos la encontramos en la naturaleza esencialmente dramática del sujeto. Decía Aristóteles en la Poética que nos gustan las tragedias porque son el reflejo de la acción humana. Toda acción, como ha desarrollado Mercedes Rivero en su tesis, es siempre una acción bajo condiciones dramáticas: nos importa conseguir algo, pero aún mucho más nos importa que el otro entienda lo que queremos conseguir, sobre todo cuando nuestro objetivo depende en gran parte de la actitud y decisión del otro. Incluso las más nimias acciones que realizamos en soledad tienen un otro de referencia, aunque sea virtual e indeterminado.



El modelo básico de la acción humana, como observó bien Hannah Arendt en La condición humana, no es el trabajo, como forma instrumental de acción sino la conversación y la palabra como forma de acción mediada por el intercambio y la tensión de mentes ajenas entre sí pero siempre vinculadas por lazos emocionales de apego, distancia o resentimiento. El niño desarrolla una estructura interna de antagonismo que explica todo lo que los padres observan como contradicciones diarias y cambios de humor en su vida cotidiana, contradicciones y cambios que serán la regla a lo largo de su crecimiento y de su edad de madurez.

Si tomamos la conversación como el modelo básico de drama y acción humanas, entenderemos mejor por qué discutimos habitualmente. Una discusión es un modelo básico de conversación en nuestra relación con otros. Convencer a otros es desear que la mente del otro se adecue a lo que nosotros pensamos o deseamos. Esta transformación de la mente ajena tiene siempre una estructura dialéctica y retórica: movilizamos todos los recursos de los que nos dota nuestra mente estructurada por el lenguaje y la capacidad de leer las mentes ajenas. Movilizamos emociones que despiertan emociones, razones que despiertan razones, seducciones, amenazas, apelaciones al sentido común, meta-análisis de los argumentos del otro, rechazos y desprecios o sonrisas de complicidad y miradas de cariño. Somos (como) actores que recitamos un guión que nadie ha escrito, que se va construyendo en el momento y lo hacemos ante un público fantasmal que está compuesto básicamente por nosotros mismos y por los otros.

Un argumento, explica Liliam Bermejo, es una invitación a razonar. Tiene una estructura retórica muy especial: en el desarrollo de la conversación, invitamos al otro a rebajar la violencia y a cooperar en la compleja tarea de llegar a una conclusión común. Los argumentos son partes ocasionales de una discusión, pero no siempre su centro ni su fábrica estructural. Son recursos que tenemos junto a otros que componen nuestras historias de vida, los planes que trazamos para conseguir los deseos. Esto no invalida los argumentos, al contrario: los eleva a un estatus nuevo, el de la cooperación en la búsqueda de conclusiones. Los argumentos están siempre situados, hay que entenderlos en el marco del contexto conversacional, que es también un contexto dramático y emocional. A veces la situación es  muy densa emocionalmente, otras permite una distancia y, en la mayoría de los casos mezcla distancia y emoción.

La gente que andamos en la filosofía solemos tomar el diálogo socrático como modelo ideal de conversación filosófica y, a su vez, como modelo ideal de interacción humana. Nos fijamos en el Filebo o el Banquete como ideales de drama conversacional.  No es que sea incorrecto, pero deberíamos rebajar mucho este modelo. El diálogo socrático es un drama lleno de artimañas y senderos torcidos trazados por la mente sinuosa de Sócrates, alguien que Nietzsche tenía bien calado. Si queremos observar al animal humano en su territorio libre, más nos valen Cervantes, Calderón y Shakespeare que los ideales platónicos. Es allí donde encontraremos el valor de los argumentos junto a muchos otros componentes rituales de la existencia.



La sociología y antropología del lenguaje realiza análisis conversacionales grabando discusiones (generalmente voluntarias) de los estudiantes sobre temas propuestos por el observador. No me resultan de mucho valor estas conversaciones porque crean un efecto atmósfera muy particular en la medida en que los sujetos son y se sienten observados por un público ajeno. Deberíamos más bien hacer antropología de las cenas de familiares o de amistad, donde las discusiones saltan a la menor y se convierten en trayectorias erráticas llenas de sabrosos circunloquios de los que deberíamos aprender antes de construir modelos ideales de acción comunicativa.

Como nos enseñó el segundo Wittgenstein, la lógica viene tras la antropología y el estudio de los juegos y maniobras en el lenguaje cotidiano. En las clases de Lógica solemos poner ejemplos de debates basados en controversias ya muy formalizadas, como son las discusiones políticas que tienen una larga historia social y mediática: discusiones sobre el aborto, la independencia catalana o el presunto derecho de paternidad y concepción subrogada. Quizás debiéramos comenzar por proponer temas donde las emociones y argumentos se hagan mucho más personales y obliguen al autoexamen, al examen de las palabras ajenas y, mucho más, a la atención a las tormentas emocionales en el tiempo y el drama de la conversación. Pensemos en un ejemplo de discusión sobre situaciones eróticas planteado como problema de clase: "debatir por parejas sobre el siguiente tema: "¿cuándo es aceptable en un encuentro con otra persona pasar a tener relaciones íntimas?" La apelación a lo personal activa inmediatamente en estas preguntas estrategias reales de ocultación y revelación, de auto y hetero antropología y de cuidado con las palabras que se dicen. Es un ejemplo entre otros. Por supuesto están las discusiones políticas, pero suelen ser, como ya he dicho, bastante aburridas y llenas de expresiones formalizadas donde se dice lo que se espera escuchar. Pero quizás otros ejemplos de la vida cargada de dramas podrían suministrarnos mucha más información sobre la compleja mezcla de dramas internos y externos: "¿cómo dirías a tus padres que no te gusta nada la carrera que has elegido y que no te ves en ella en el futuro?".

Proponer la lógica como una parte de la naturaleza agonal de la condición humana nos lleva a situar la racionalidad en su contexto real de espacios de vida y de tragicomedias cotidianas.

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