Adolf Hitler: "La gran massa és femenina".
Hitler había llegado al poder. Goebbels, uno de sus más estrechos colaboradores, improvisó entonces un desfile de antorchas. Kershaw apunta que el espectáculo fue “inolvidable, emocionante, embriagador”. Resulta significativo que, tras una de las primeras victorias de los nacionalsocialistas en unas elecciones, en el Estado de Turingia en diciembre de 1929, Hitler exigiera los ministerios de Interior y de Educación. “Quien controle esos ministerios y explote de forma implacable y constante su poder en ellos, puede conseguir cosas extraordinarias”, observó entonces, lo que dice mucho de su manera de entender la política. El siguiente paso que dio el partido fue introducir a sus militantes en los clubes y las asociaciones de las distintas comunidades provinciales. Conseguían asegurar así que la simplicidad de su mensaje fuera calando en los reductos más pequeños y desde ahí se extendiera por todas partes. El esquema se ajustaba a las ideas de Hitler, para quien “la política era la propaganda y, en lo esencial, lo seguiría siendo siempre: una movilización incesante de la masas a favor de una causa que seguir ciegamente, no ‘el arte de lo posible”, escribe Kershaw. Unas cuantas frases del propio Hitler resumen a la perfección su estrategia. “La gran masa es femenina. Su actitud es parcial y sólo conoce el duro ‘todo o nada”, dijo. Y también: “Lo que es estable es la emoción: el odio”. Y otra más: “El talento de todos los grandes líderes populares ha consistido en todas las épocas en concentrar la atención de las masas en un único enemigo”.
Tenía ese talento. Y supo enardecer a las masas explotando sus
instintos más bajos. Poco tiempo después de llegar al poder, quiso
concentrarlo por completo en sus manos. Para entonces ya había destruido
a los demás partidos y a las elecciones del 12 de noviembre de 1933
solo se presentaron los nazis. Obtuvieron el 91,2% de apoyo. Los
alemanes se habían rendido a su líder, abandonando toda razón,
enceguecidos por su imponente despliegue de fuerza y poder. Lo peor
todavía no había empezado.
Perezoso, resentido, rebelde, huraño, obstinado y sin objetivos.
Tenía frenéticos ataques de entusiasmo y una total falta de realismo. Autodidactismo dogmático,
extravagancia, egocentrismo. Arrebatos repentinos de ira y cólera. Fue
un fanático de la guerra y un soldado entregado. Carecía de sentido del
humor. Adoraba a Wagner, sus historias de lucha titánica y redención, de
victoria y muerte. Kershaw se pregunta
al principio de su libro: “¿Cómo podemos explicar que alguien con tan
pocos dotes intelectuales y tan escasos atributos sociales, alguien que
estaba totalmente vacío fuera de su vida política, inaccesible e
impenetrable incluso para quienes formaban parte de su entorno más
íntimo, al parecer incapaz de mantener una amistad verdadera, sin la
formación que proporcionan los altos cargos, sin tan siquiera la menor
experiencia de gobierno antes de convertirse en canciller del Reich
pudiera, pese a todo, tener una repercusión histórica tan inmensa y
hacer que el mundo entero contuviera la respiración?”. La respuesta no
es fácil y el historiador británico intenta darle forma en las dos
entregas de su biografía (más de 1.300 páginas en la versión sintética
reunida en un único volumen). Acaso la observación de Hannah Arendt
tenga en este punto alguna relevancia: Hitler consiguió convencer a una
gran mayoría de alemanes de que con él entraban “al cauce por el que
discurría la Historia”. Quedaron seducidos, saltaron a la oscuridad.
José Andrés Rojo, El salto a la oscuridad, El rincón del distraído, 06/11/2013
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