Rancière i l'esdeveniment del llenguatge (Alicia García Ruiz).



En una tradición de pensamiento como la occidental, donde el discurso y la facultad de la razón se solapaban, los poseedores del logos, el venerable concepto en el que ambos se aúnan, era solamente aquellos a los que se les reconocía la capacidad de "hablar". La forma más primitiva de exclusión siempre ha sido la de no reconocer la voz humana y capacidad de discurso a quienes no forman parte de la comunidad política. Un animal es capaz de gritar cuando se le daña, pero no de expresar que eso es injusto. Un disturbio popular se ve como una turba ruidosa y animalizada, no como un coro de demandas. 

Sin embargo, esta negación de la capacidad de hablar a una parte de la sociedad encubre una condición previa: para que los dominados obedezcan es preciso que entiendan las órdenes que se les dan, ha "un mínimo de igualdad de competencia para que el juego sea jugable". estos seres implicados, pero no existentes, participan o toman parte de un lenguaje a través de la comprensión del mismo. Son "inteligentes" porque son capaces de inteligir, esto es, de comprender un habla, un logos, una lógica que, sin embargo, oficialmente lo expulsa, declarando que no existen como seres hablantes (ni como humanos de pleno derecho). Rancière insiste en la idea de la capacidad política como la "capacidad del ser hablante sin propiedad". Quienes no son nada ni poseen nada hablan y entienden las órdenes que se les dan. La cuestión es si se los "escucha" cuando dicen "no", cuando replican "no entiendo esta situación" o "no comparto lo que dices". En suma, cuando cuestionan la situación misma de habla y sus exclusiones implícitas. El juego de la desigualdad es aquel en el que, a pesar de ser constituyentes necesarios para jugar el juego, a estas partes no les reconoce una capacidad política. 

La política es la puesta en práctica de este supuesto silenciado, es un conjunto de actos que efectúan una propiedad no reconocida por el logos, la "igualdad de los seres hablantes" en tanto hablantes. El desacuerdo fundamental que abre la política es la discrepancia sobre qué significa "hablar" y sobre quién o quiénes, en efecto, también hablan. Como señala Rancière, el problema que atormentaba a Aristóteles, el escándalo que daba al traste con la fundamentación de la desigualdad, era que los esclavos entendían las órdenes que se les daban, eran, por tanto, "inteligentes".

A partir de esta idea de igualdad primigenia. Rancière puede caracterizar los procesos revolucionarios como un "acontecimiento del habla". El acontecimiento del habla es la lógica del rasgo igualitario, su logos alternativo (El tiempo de la igualdad). (...) Cuando tiene lugar el acontecimiento del habla, el injusto asombro de los "patricios" que se extrañan de que esos otros seres que comparten un espacio también hablen, los cuerpos hablantes son arrancados de sus lugares y funciones y empiezan a hablar de otra manera, a actuar de un modo distinto. La fuerza que los arranca del hechizo de los términos que naturalizan el estado de cosas es la fuerza de otras palabras que no necesariamente tienen referentes (libertad, emancipación ...). De hecho, en muchísimas ocasiones históricas estos referentes, las realidades a las que esas palabras debían remitir, han tenido que ser creados. Se trata de palabras que pueden, sin embargo, derrocar instituciones milenarias, precisamente porque estas habían sido a su vez dibujadas por palabras. 

Alicia García Ruiz, Impedir que el mundo se deshaga, Los libros de la catarata, Madrid 2016

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