El poble contra la violència del poder únic.




El pueblo tiene el carácter de una pluralidad que actúa conjuntamente, si bien como matiza Arendt no es reductible a ningún tipo de personificación en la forma de una "voluntad general". El pueblo es el único elemento capaz de contrarrestar la violencia sobre la que funciona todo poder acumulado en un solo agente. Una forma de gobierno que acumulando poder se convierta en algo de lo que haya de guardarse el pueblo mediante diques constitucionales sencillamente es una mala forma de gobierno y un Gobierno, a la postre, privado de poder, impotente. Desde luego, en esta postura Arendt está sosteniendo una concepción instrumental del aparato jurídico. Pero siendo fieles a los hechos, y a la vista de lo sucedido con los totalitarismos en la historia europea en la primera mitad del siglo XX, con el declive del Estado nación y la implantación de democracias oligárquicas, en las que el poder se concentra en el sistema de partidos, a Arendt no le falta razón: los fenómenos anteriores son precisamente lo que sucede cuando un Gobierno y un sistema de derecho cooptado por el mismo crecen antinaturalmente, desapegados del pueblo y de sus experiencias y necesidades, expandiendo su dominación sobre todas las esferas de la vida y generando su propia realidad propagandística. La clave del sistema representativo estriba para Arendt en que ni el legislador ni el gobernante pueden ser extraños al cuerpo político. No puede ni debe existir una ley por encima de los hombres, pero tampoco esto significa para Arendt que la labor constituyente se conciba como una respuesta inestable entregada a la pura arbitrariedad del momento. Es vital consolidar el gobierno del pueblo, pero no lo es menos para Arendt realizar una separación entre derecho y poder que impida que las constituciones se enrarezcan.

Alicia García Ruiz, Impedir que el mundo se deshaga, Los libros de la catarata, Madrid 2016

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