Arendt i la crisi de la democràcia (Alicia García Ruiz).




La res pública, constata Arendt en Crisis de la República, ha entrado en crisis en las democracias actuales porque la creencia -errónea- de los partidos es que el objetivo del Gobierno es exclusivamente el bienestar material del pueblo y que la esencia de la política no es la participación en los asuntos públicos, sino la administración. En consecuencia, Arendt denuncia que las democracias actuales son oligarquías, ya que el poder y el interés común han sido usurpados por manos privadas que hacen uso de diversas formas de violencia (fundamentalmente económica y propagandística) para retener y perpetuar sus privilegios. El diagnóstico que efectúa Arendt de la situación de las democracias es implacable y certero: 
Su mejor logro ha sido un cierto control de los gobernantes por parte de los gobernados, pero no ha permitido que el ciudadano se convierta en "partícipe" en los asuntos públicos. Lo más que puede esperar es ser "representado"; ahora bien, la única cosa que puede ser representada y delegada es el interés o el bienestar de los constituyentes, pero no sus acciones ni sus opiniones. En este sistema son indiscernibles las opiniones de los hombres, por la sencilla razón de que no existen[. .. ] El gobierno representativo se ha convertido en la práctica en gobierno oligárquico, aunque no en el sentido clásico de gobierno de los pocos en su propio interés; lo que ahora llamamos democracia es una forma de gobierno donde los pocos gobiernan en interés de la mayoría o, al menos, así se supone. El gobierno es democrático porque sus objetivos principales son el bienestar popular y la felicidad privada; pero puede llamársele oligárquico en el sentido de que la felicidad pública y la libertad pública se han convertido de nuevo en el privilegio de unos pocos.
Entre estos privilegios, Arendt señala el ejercicio de la libertad política entendida como participación. Las elites y los políticos profesionales, sostiene Arendt, han cooptado el espacio político de libertad e igualdad a base de construir un espacio de igualdad y reconocimiento solo entre ellos, del que el resto de la sociedad está excluido, o más bien estructuralmente implicado a través de la delegación, pero no de la presencia, cuentan como votos, pero no son contados como actores. En estas condiciones, la opinión pública, formada en su mayor parte mediante mecanismos propagandísticos, reemplaza a las opiniones plurales de los ciudadanos, a esa "capacidad del hombre común para actuar y formar su propia opinión". La desigualdad también afecta a las presuposiciones de capacidad de juicio entre la gente común. En suma, se promueve la lenta consolidación de "una opinión pública sustituta a través de ideologías que no hacen referencia a realidad concreta alguna". 

La retirada del pueblo del escenario y mecanismos de la política, en la forma de una presencia ausente, es el denominador común de la crisis de la república. "Todas las instituciones políticas", sostiene Arendt, "son manifestaciones y materializaciones de poder, se petrifican y decaen tan pronto como el poder vivo del pueblo deja de apoyarlas". Para Arendt, el poder no es una simple delegación, sino una presencia activa, una capacidad colectiva de acción común que comienza en la vida cotidiana, es la participación razonada en los hechos de la realidad más cotidiana. El modelo vertical de opinión pública tiene efectos perversos similares a los que suceden en la política institucional. La formación de la opinión pública a través de medios de comunicación entre lectores o usuarios que no solo no están presentes, sino que no se tienen presentes los unos a los otros, solo es un simulacro del poder, que transforma el poder-hacer en poder de manipulación, con el paradójico resultado de un poder impotente, en los términos arendtianos, un gigante con pies de barro: "Si el poder guarda alguna relación con el nosotros-queremos-y nosotros-podemos", dice Arendt, "a diferencia del simple nosotros podemos, entonces hemos de admitir que nuestro poder se ha tornado impotente", concluye Arendt. El poder impotente que rige las democracias actuales ha crecido ilimitada y antinaturalmente gracias a la dominación a gran escala llevada a cabo por instituciones desautorizadas que se han desligado de la realidad, generando la suya propia. En este sentido, los textos recogidos en Crisis de la República anticipan con agudeza ciertos problemas que hoy marcan el pulso de la filosofía política, tales como la diferencia entre lo político y la política institucional, los problemas de la mediación y la auto reflexividad sistémica o el papel de la discrepancia social como mecanismo de regeneración institucional.

Alicia García Ruiz, Impedir que el mundo se deshaga, Los libros de la catarata, Madrid 2016

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