No té sentit preguntar-se què hi havia abans del Big-Bang?

La obra maestra de Kubrick, 2001 una odisea del espacio, tiene infinitas lecturas. Recuerdo la sesión en la que la vi junto con un amigo, en el cine. A veces los espectadores se reían cuando no entendían lo que veían.

Pero todo el mundo se quedaba impresionado con la secuencia del chimpancé cuando aprende a usar el hueso como una maza. O con el asombroso futuro de una estación espacial giratoria que generaba su propia gravedad.

Por mi parte, me quedé atónito ante la sobrecogedora realidad del espacio y su profundo y mortal silencio. Y salí de aquella sala inspirado por unas cuestiones que te llegan hasta la médula. ¿Quiénes somos, en realidad? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde nos dirigimos?

En este mundo hipervitaminado por exceso de información, donde el éxito se mide con el reloj –lo que dura un libro en las librerías o una película en cartelera–se arrincona el tiempo para preguntas de esta naturaleza. Pero estoy casi seguro que los lectores de Planeta Prohibido habrán pensado sobre el tema alguna vez.

En realidad, cualquier ciudadano ordinario que haya tenido la fortuna de contemplar alguna vez una noche cerrada en medio del campo, la Vía Láctea rasgando un cielo cuajado de estrellas, se habrá hecho esta pregunta. Incluso puede que haya exclamado, como el astronauta Bowman en el film de Kubrick, su famosa frase: ¡Dios Mío, esta todo lleno de estrellas!

El fabuloso cine de Kubrick y la maestría de Arthur C. Clarke expuesta en su relato El Centinela, –Clarke escribió junto con Kubrick el guión del film– nos sugiere con fuerza que no somos un mero accidente cósmico. Sabemos con certeza que la vida ya existía hace 3.500 millones de años en la Tierra, y posiblemente apareciera 400 millones antes. Pero desconocemos el proceso.

¿Se imaginan a unos arqueólogos desenterrando un extraño monolito en Pilbara, una de las regiones que conservan las rocas más antiguas del continente australiano, que encierran fósiles de las primeras bacterias?

Tuve la fortuna de entrevistar al astrónomo británico Fred Hoyle para el programa 2.Mil, de RTVE, antes de su fallecimiento.

Hoyle tenía la fama de tener malas pulgas con los medios. Cuando me desplacé a Bournemouth, a su casa, mis prejuicios se diluyeron con rapidez. Hoyle resultó ser una persona extremadamente afable que no dudó en desgranar sus puntos de vista, incluyendo aquellos que le ganaron la fama de ser un hereje para algunos, o un chiflado para otros.

Con respecto al origen de la vida, Hoyle suele colocar unos ejemplos que realmente son bastante convincentes. La vida, incluso un virus o la bacteria más pequeña, es de una complejidad apabullante. Resulta de una maravillosa construcción de moléculas, una organización fina y portentosa.


Los científicos suelen especular que la vida se ensambló en una especie de sopa primitiva por puro azar, con la evolución como fuerza motora, y con cientos de millones de años de ensayos.

Pero lo cierto es que la vida surgió demasiado pronto. En el extremo sur de una isla de Groenlandia llamada Akilia hay una banda rocosa que contiene seguramente las pistas más antiguas que se conocen, que hablan de una actividad biológica ¡de más de 3.850 millones de años! Es decir, poco más de 600 millones de años desde que cuajó nuestro mundo.

Hoyle nunca creyó que la vida se formara por carambola en la Tierra. Solía colocar analogías en sus escritos para explicarlo, y cuando le entrevisté me lo explicó con un ejemplo. Yo lo llamo la paradoja del Jumbo.

Imaginen que tenemos todas las piezas que componen un Boeing 747, desperdigadas en un hangar. Hasta el último tornillo. Irrumpe un huracán y salen todas las piezas volando. En teoría, podría ser posible que, una vez pasada la tormenta, nos encontráramos un Jumbo perfectamente armado y listo para volar. En teoría. Pero la probabilidad matemática de que eso ocurra es prácticamente cero.

Incluso si imaginamos millones de tormentas y millones de intentos, me contaba Hoyle, nunca saldrá un avión funcionando. Eso no va a ocurrir. Es imposible. Una célula es incluso mucho más compleja que un Jumbo. ¿Podemos presuponer que sus ingredientes se ensamblaron alguna vez por azar? Eso es mucho suponer. Hoyle creía que la vida fue el resultado de una siembra cósmica, que procedía de otros mundos, del mismo espacio, una siembra accidental o intencionada. Nunca lo sabremos.

Hoyle nunca pensó que el Universo se creara de repente. En los años cincuenta, este británico se inventó la palabra Big-Bang en tono despectivo para bautizar una teoría en la que nunca creyó, en un programa de radio para la BBC. Su ocurrencia hizo aún más popular la explicación. Hoyle se convirtió en el “padre” del término Big-Bang, pese a que nunca creyó en él. “No creo en las teorías populares”, me dijo.

Los fundamentalistas científicos que no quieren escuchar otras ideas no dudaron en tachar a Hoyle de hereje. Pero cuando preguntamos, ¿qué hubo antes del Big-Bang? la ciencia se encoge de hombros.

Escucharemos una respuesta del tipo “es una pregunta que no tiene sentido. Con el Big-Bang se crearon el espacio y el tiempo. Así que no había tiempo antes del Big-Bang. Es decir, no había un antes”.

¿Realmente es una pregunta sin sentido? ¿Por qué no puede convertirse en una pregunta legítima? ¿Por qué no pensar que la ciencia quizá pueda algún día abordarla con éxito?



Extracto del video de Fred Hoyle. Isabel Paz, F. Guerra y L.M. Ariza 

Les recomiendo los fragmentos de entrevistas a Hoyle y a David Spergel, uno de los mejores astrofísicos en la actualidad, que habla con un gran respeto hacia Fred Hoyle, pese a sus ideas desbaratadas. Están disponibles en El Bisturí de Darwin, un blog que construimos Isabel Paz y yo para intentar profundizar en estas cuestiones.

Hay dos maneras de intentar ir más alla de los límites de la ciencia. Repasen la fabulosa historia de Kubrick, aunque sea una ficción y no un relato científico. O preguntémonos, ¿Por qué hemos logrado amasar un conocimiento tan increíblemente detallado sobre el primer segundo del Universo?

Einstein decía que el mayor de los misterios es que el Universo era comprensible al intelecto humano.
¿Por qué?

¿Qué ventajas evolutivas nos ha traído este conocimiento para nuestra propia supervivencia? O dicho de otra forma, ¿De qué ha servido a la especie humana deducir la existencia de los agujeros negros, algo tan extraño y contrario al sentido común?



David Spergel habla sobre Fred Hoyle. Isabel Paz/Luis M. Ariza 

En el pasado, muchos científicos fueron quemados como herejes, así que la ciencia no ha sido de mucha utilidad para su supervivencia personal.

Giordano Bruno mantenía que la Tierra no era el centro del Universo, sino que era como otros mundos, y que el Universo estaba repleto de ellos. Un Cosmos con planetas en los que habían seres semejantes a nosotros. Un Universo hecho de átomos. Se hacía las mismas preguntas y por ello fue encerrado durante nueve años en las mazmorras de la Inquisición en Roma, junto al palacio del Vaticano.

Bruno no se retractó y fue quemado, junto con sus libros, en febrero de 1600. A pesar de que su visión resultó la más acertada. Es una paradoja. Hizo un inmenso servicio a la ciencia, pero eso le costó la vida.

Luis M. Ariza, Confesiones de un hereje científico (o qué hubo antes del Big-Bang según Fred Hoyle?, Planeta Prohibido, 01/09/2013

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