La impossibilitat del realisme ingenu.


 "Pero un designio tal es arduo y penoso, y cierta desidia me arrastra insensiblemente hacia mi manera ordinaria de vivir; y como un esclavo que goza en sueños de una libertad imaginaria, en cuanto empieza a sospechar que su libertad no es sino un sueño, teme despertar y conspira con esas gratas ilusiones para gozar más duramente de su engaño, así yo recaigo insensiblemente en mis antiguas opiniones, y temo salir de mi modorra por miedo a  las trabajosas vigilias que habían de suceder a la tranquilidad de mi reposo... " (Descartes, Meditaciones)
En ocasiones se  atribuyen a Descartes  tesis que no siempre corresponden exactamente con lo que sus  textos dicen, pero  en todo caso  son  expresivas  de  hasta que punto una reflexión bien trabada puede suponer una ruptura de continuidad respecto a la forma misma en la que son susceptibles de plantearse los problemas. Tal es el caso de la  puesta en tela de juicio de la realidad del mundo  y de que nuestras percepciones tengan soporte en cosas exteriores. Pues si bien es cierto que este cuestionamiento tiene un carácter estratégico o metódico, el éxito fue tal que tras el Discurso del Método y las Meditaciones  se hacía inimaginable la defensa de  posiciones realistas ingenuas, es decir, posiciones realistas que ignoraran la  conmoción  que tales textos supusieron. 

A un defensor de la ortodoxia escolástica  (filosofía realista por definición, puesto que parte de la asunción de que el mundo físico  fue creado por Dios antes de la creación del espíritu finito que nosotros representamos)  no le quedaría ya otra opción que desmontar los argumentos de Descartes si no quería  ser considerado como un  apriorísta  dogmático o simplemente como un  ignorante [1]  Pues bien:

No menos imposible es hoy en día aferrarse a una posición filosófica realista sin sondear el abismo que suponen algunos de las observaciones  de la teoría cuántica que aquí han sido  avanzadas. Einstein era ciertamente realista y defendía con ahínco tal posición filosófica. Pero no lo hacía a priori, sino con perfecta  conciencia de que las bases del realismo habían sido profundamente socavadas. Por ello buscaba precisamente un nuevo soporte  y  aventuró singulares hipótesis, como la denominada de las "variables ocultas", duramente puesta a prueba por el teorema de Bell y los cruciales experimetos que le dieron alas. El debate no está en absoluto clausurado. Hay otros científicos y filósofos de primera magnitud, que sostienen posiciones realistas, pero ciertamente en absoluto ignorando las implicaciones del teorema de Bell. Realismo en ocasiones algo edulcorado,  pues  compatible con el sacrificio de otros principios ontológicos, así el de localidad, que pueden parecer indisociables del mismo; pero realismo  que contempla la dificultad, que intenta superar aquello que en nuestro tiempo le interpela. Realismo en las antípodas del apriorismo y la confianza ciega, realismo que habría de superar la prueba, tras la entereza de soportar  la duda.  Al igual que la cosa que piensa cartesiana el sujeto del pensar contemporáneo se ve escindido entre los prejuicios heredados que le mueven a afirmar y una entereza filosófica que le inclina a interrogarse: "pero un designio tal es arduo y penoso..." [2]   

Víctor Gómez Pin, Asuntos metafísicos nº 43, El Boomeran(g), 01/04/2014

[1]             De hecho el propio Descartes se encarga de reivindicar la ortodoxia, tanto al final del Discurso como al final de la Meditaciones. Es sin embargo dudoso que esta recuperación sea excesivamente interesante. Cabe incluso suponer que se trata de un mero recurso para no ser víctima de la censura explícita o explícita. El hecho de que dedique sus Meditaciones a los teólogos de la Sorbona es al respecto significativo. Piénsese que también Galileo  pretendía que su Diálogo era sólo una ficción para  meterse en la piel del malpensante, mostrando de paso que "si otros han navegado más, nosotros no hemos especulado menos". Sabido es que la precaución fue inútil ante gente tan avezada como el cardenal Roberto Belarmino o sus continuadores, aun más escrupulosos en defensa de la ortodoxia.

[2]             Precisión sobre el ser de una cosa que piensa. Aprovecho para recordar  que   no puede ser tomado como palabra evangélica  la tesis de que Descartes inauguraría una concepción idealista  en la que el  yo  jugaría el único  papel arquitectónico. Se quita importancia al hecho de que  en el je pense del Discurso del Método el je supone un complemento, algo que es pensado,  es transitivo y  relacional: yo fértil, en oposición al yo imaginado como subsistencia,  para referirse al cual  la lengua francesa cuenta con la palabra moi. Que en el  pensar del Discurso, el yo es casi lo de menos lo muestra el hecho mismo de que Descartes se refiere a sí mismo como soporte de  "una cosa que piensa". Y a la pregunta por él formulada:  ¿qué es una cosa que piensa?  esta  respuesta  en la segunda de sus Meditaciones: "una cosa que piensa es una cosa que duda que entiende, que afirma, que niega,  que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente" . Es decir: una cosa que piensa es una cosa que hace lo que en cada momento hace cada uno de nosotros, por ejemplo sentir ( lo cual lanza una sombra de sospecha sobre lo legítimo de separar radicalmente lo que tiene carácter noético y lo sensible)  pero también filosofar, para el caso filosofar siguiendo el hilo conductor de Descartes, es decir: afirmar que, soñando o despierto, dos más tres son cinco, negar que la locura propia pueda ser asumida como base en la duda metódica, querer que haya algo absolutamente indubitable, no querer  perseverar en los prejuicios, imaginar todo aquello que me rodea en la hipótesis de que se trate de un sueño: "pues aunque pueda ocurrir  que las cosas que imagino no sean verdaderas, con todo, ese poder de imaginar no deja de estar realmente en mí , y forma parte de mi pensamiento"   

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