dimecres, 6 d’abril de 2016

L'auge del populisme i la manca de simpatia.



¿Por qué los populismos políticos de todo tipo están teniendo tanto predicamento y apoyo en nuestras democracias? ¿Qué está pasando en nuestras sociedades que lleva a millones de personas a apoyar las propuestas de Donald TrumpBernie Sanders en Estados Unidos, las de Jeremy Corbyn en el Reino Unido, las de Alexis Tsipras en Grecia o las de los líderes de Podemos y formaciones afines en España?

Lo que aquí me interesa al plantear estas cuestiones no es demonizar esas ideas y formaciones políticas, ni, menos aún, meterlas en el mismo saco, sino comprender por qué ahora muchos votantes apoyan a esas formaciones políticas y no lo hacían años o décadas atrás. Es decir, quiero aproximarme al populismo político no desde el lado de la oferta, sino desde el lado de la demanda de ese tipo de políticas que se hace desde la sociedad.

En la ciencia económica existe la llamada la ley de Say, formulada por el economista francés Jean Baptiste Say, que vivió entre los siglos XVII y XIX, y que de forma simplificada viene a decir que "la oferta de productos acaba creando su propia demanda". En la vida política parece también existir una ley de Say, pero de causación inversa. La podríamos formular diciendo que toda demanda de política acaba generando su propia oferta. Desde esta perspectiva, la proliferación de propuestas y populistas sería la respuesta de los partidos, tanto de derechas como de izquierda, a una demanda que existe en la sociedad. La cuestión es, entonces, plantearnos el porqué de esa demanda.

A mi juicio, la demanda social de políticas populistas responde al fuerte sentimiento de abandono, hostigamiento y agravio que experimentan muchas personas por parte de los gobiernos y las élites. Sentimiento de abandono ante los efectos que la crisis tuvo sobre el paro, la caída de ingresos y el deterioro de las condiciones de vida de los sectores sociales más débiles de la sociedad; de forma particular, de los jóvenes y los niños que viven en hogares sin ingresos. Sentimiento de hostigamiento por el ensañamiento de las políticas de recortes de gastos sociales y de devaluación de los salarios sobre esos mismos sectores. Y sentimiento de agravio ante la evidencia de como se ha ayudado con recursos públicos a los bancos y a los banqueros y, por el contrario, como se ha dejado en la cuneta del desempleo y del desahucio a los desfavorecidos.

Ese abandono, hostigamiento y agravio tiene mucho que ver con lo que, en términos de Adam Smith, el padre de la Economía clásica, podríamos llamar la corrupción de los sentimientos morales de la sociedad. Como señaló el historiador Tony Judt en su testamento intelectual (Algo va mal), "nos hemos vuelto insensibles a los costes humanos de las políticas sociales en apariencia racionales, especialmente cuando se nos dice que contribuirán a la prosperidad general y, de esta forma, implícitamente, a nuestros intereses individuales.

Al hablar de corrupción de los sentimientos morales me estoy refiriendo, entre otras cosas, a la forma en cómo se han llevado a la práctica políticas económicas basadas en ideas que no tenían fundamento sólido en el conocimiento económico existente ni en la experiencia histórica. En estos años hemos visto como desde instancias políticas europeas y de organizaciones de intereses económicos y financieros se ha reclamado, cuando no impuesto, a los gobiernos "políticas duras de ajuste", conociendo su falta de fundamento y sus efectos dramáticos sobre los más débiles. Y también me refiero al hecho de como desde mismas instancias se ha considerado el aumento de la desigualdad y la pobreza una consecuencia inevitable de la lógica de las fuerzas del mercado y del cambio técnico, cuando en realidad eran una opción política.

Este abandono consciente de los perdedores de la crisis y la consecuente justificación de la desigualdad de renta y riqueza fue considerado ya por Adam Smith no sólo como moralmente reprobable sino también como potencialmente destructivo para el propio capitalismo. En palabras del propio Smith, sacadas de su Teoría de los sentimientos morales, "esta disposición a admirar, y casi a idolatrar a los ricos y poderosos, y a despreciar, o como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde (...) es la principal y más extendida causa de corrupción de los sentimientos morales".

Esta corrupción de los sentimientos quiebra el "principio moral de la simpatía" que Adam Smith consideraba básico para el buen funcionamiento de la economía de mercado y la existencia de una sociedad decente. Hoy podríamos traducir ese principio moral por el de la cohesión social y el de igualdad de oportunidades. A nadie le debería extrañar que cuando se quiebran esos dos principios, como ahora ha ocurrido, aparezcan toda clase de populismos.

Restauremos los sentimientos morales que estuvieron vigentes en nuestras democracias desde el período de entreguerras hasta los años ochenta, y que dieron lugar al período más largo de igualdad que hemos vivido, y veremos como los populismos desaparecen por si solos.

Antón Costas, Corrupción de los sentimientos morales y populismo, El País 03/04/2016