dissabte, 23 d’abril de 2016

Filosofía de la llibertat, filosofia de la percepció (Juan Arnau).

Juan Arnau
El mundo es una invención de la libertad. Eso mantuviero, cada uno a su manera, los protagonistas de este volumen. La libertad es un hecho, quizá el más fundamental, y el hombre está lejos de ser una marioneta biológica como sostienen las corrientes dominantes de la ciencia contemporánea. También sostuvieron que no hay tal cosa como las leyes de la naturaleza y que los organismos pueden dictar nuevos hábitos a los hábitos del mundo. Este libro es un homenaje a aquellos que, en el siglo de la física y del materialismo mecanicista, defendieron que la filosofía no debía someterse a la ciencia y que la causalidad no se limitaba a la influencia física entre entidades materiales. Que el universo carezca de leyes universales no significa necesariamente que sea caótico o azaroso. Los hábitos, gracias a los cuales es posible el conocimiento, funcionan localmente y, como tales, pueden cambiar y evolucionar. Se abre ante nosotros un panorama bien distinto. El de un universo vivo y creativo, cuyo destino no está escrito sino que se encuentra regulado por la vida consciente y el ejercicio de la libertad.

La idea del universo como organismo es al menos tan antigua como Platón. En el Timeo se dice que el universo es un ser viviente con alma e inteligencia, una idea que también se puede rastrear en algunas tradiciones de la India y que fue especialmente fecunda en el Renacimiento europeo. No deja de resultar curioso que fueran dos matemáticos tan competentes como Berkeley y Whitehead quienes la recuperasen para la modernidad. Desde esta perspectiva, la evolución cósmica discurre en paralelo a la evolución espiritual de los seres. Espacio y tiempo se conciben como una fermentación de la vida que percibe y siente. El espacio no se distribuye ya mediante fuerzas concéntricas e impersonales como la gravedad, sino mediante las excentricidades de la vida consciente. Episodios mentales que abren caminos en el espacio y dibujan la curvatura del tiempo.

Esta filosofía ofrece además una perspectiva comprometida con la vida. Sostiene, muy científicamente, que la escala de observación crea el fenómeno, y el fenómeno que interesa aquí es la vida. Mi aproximación a estos pensadores no pretende crear una nueva jerga filosófica, y la intención del libro es periférica respecto a los grandes sistemas de pensamiento (Whitehead elaboró uno, pero no me detengo demasiado en él). En general desconfío de la minucia teórica, las abstracciones y el academicismo: dos de los tres pensadores aquí reunidos carecieron de instrucción filosófica formal; les interesaba fundamentalmente el tema de la libertad y, más en concreto, el asunto vital de por qué estamos, por expresarlo de un modo irónico, sometidos a la libertad.

La filosofía de la libertad descree de gran parte de la meta física científica acerca de la condición humana y la naturaleza de la conciencia (un epifenómeno del cerebro), pero no reniega de la ciencia. Al contrario, bebe constantemente de ella, aunque no de la corriente ancha y ruidosa que domina el paisaje del conocimiento, sino de otra más profunda y silenciosa, orillada, ya antigua y que en la modernidad viene desarrollándose, más o menos, desde que Berkeley formuló su filosofía. Le interesa especialmente la atención (en ese sentido es muy budista) y cree con Whitehead que el mundo está constituido más por percepciones que por cosas. De hecho, se trata de una filosofía de la percepción. Percepción y libertad se implican una a otra de un modo profundo. Así pues, esta filosofía no pretende explicar la percepción sirviéndose de aquellos elementos que la hacen posible, como tampoco se interesa en buscar la realidad detrás del escenario, sino que prefiere poner en juego la percepción, ejercerla, recrearse en ella. Un enfoque que desconfía de los discursos que recurren a un revés de la trama, que explican los fenómenos de una escala mediante los de otra (el esfuerzo mediante el sudor, el dolor mediante las lágrimas, el tiempo mediante el reloj). Detrás de cada trama hay otra, y hurgar sucesivamente en ellas no garantiza un fondo ni un sentido. La actitud analítica es, la mayoría de las veces, una forma de escurrir el bulto, de desentenderse de la vida. Lo cual no es sólo un disparate sino también una irresponsabilidad. La vida va en serio.

Empatía, creatividad y atención: éstos son los tres ejes de la propuesta que plantea este libro. El siglo XX europeo se entretuvo demasiado con las filosofías del lamento (existencialistas) y las filosofías del lenguaje (analíticas). Es hora ya de acometer una filosofía de la percepción, una filosofía que aborde la cuestión de la sensibilidad, no desviando la atención hacia sus causas, o hacia el análisis de los órganos que la hacen posible, sino centrándose en el modo de ejercerla, de vivir sumergidos en ella. Berkeley sostenía que ser es percibir y que el mundo está hecho de impresiones. La luz, los sonidos y el tacto devienen, como decía Goethe, apariencia verdadera. Las sensaciones no son duplicados interiores de las cosas, son las cosas mismas. Sujeto y objeto se confunden, ya no hay un yo frente al mundo, lo que hay es una participación mutua del mundo y del yo, una inmersión en el agua clara (o turbia) de la sensibilidad.

La vida se dirime entre lo que vemos y lo que recordamos, en el balance, o mejor, en la tensión, entre percepción y memoria. En lo que vemos ahora está lo que vimos: la memoria configura la presencia. Y la presencia convoca aquello que vimos: da juego al recuerdo. Ése es el tinglado en el que nos movemos, en ese doble juego se dirimen nuestras actuaciones. ¿Qué valor tendría una filosofía si no afectara a la conducta? Poco importa que el arcoíris sólo exista en el fondo de la retina. La vida se decide en ciertas franjas de la percepción. Poco importa que los laboratorios logren ampliarlas: las cámaras de burbujas o los telescopios nos ofrecerán siempre imágenes, otras imágenes, incongruentes con las cotidianas, que revelarán que detrás del escenario hay otro escenario, con sus propios bastidores, y así sucesivamente. Hilos sobre hilos: una visión vertiginosa. Evitar la retórica de lo elemental, el espejismo de la simplicidad (explicar lo complejo mediante la adición de factores simples, la flor mediante la estadística molecular), es uno de los propósitos de estas páginas. Vivimos a escala humana y otros hilos invisibles nos mueven: aquello que vimos y recordamos y aquello que vimos y no recordamos, tejidos an tiguos que confi guran brumosos deseos. En ese escenario, la actividad científica dominante propone modelos de descripción de la experiencia sensible mediante la influencia del mundo exterior. Priman las descripciones mecánicas y los modelos que permiten la previsión y la anticipación (la obsesión por el control es una prioridad científica). Modelos a posteriori que arrojen luz a priori. De ahí que algunos vean en el positivismo una actitud mojigata, una beatitud que hace escrúpulo de todo, que duda y recela. Una asepsia vital.

Son las impresiones de lo vivo y consciente las que gobiernan la sucesión de las leyes. ¿Qué sentido tendría una ley impersonal? ¿Acaso las leyes no tienen su propio itinerario histórico, su propia vida? ¿Es la ley subsidiaria de la percepción, o bien es a la inversa? Al crear la ley dejamos que la percepción se someta a ella, olvidando nuestra responsabilidad. No es fácil resistirse a la cosmovisión analítica ni a los prodigios de laboratorio. Ésa es la gran tentación de nuestro tiempo. Si algo nos enseña el pragmatismo es que la ley es una creación de la imaginación humana, un dedo apuntando a una relación, un «¡mira!», no una cadena que limita nuestros movimientos. Ése es el hiato entre el positivista y el filósofo de la libertad: su consideración de la teoría. Para el primero es la disección de una materia muerta; para el segundo, un alimento nutritivo, un aire que respirar. Las teorías no resuelven problemas, simplemente los sustituyen por otros. Donde el positivista ve ataduras y limitaciones, hay de hecho paisajes y horizontes. Ventanas para ver y para recordar. La solución al enigma de la vida no es simbólica, nunca podrá ser una frase o una ecuación.

La filosofía de la libertad desconfía de las abstracciones y promueve el amor a lo particular, que es el ámbito singular en el que ocurre la vida. William James dejó escrito en una de sus últimas conferencias que los hechos se concatenan de múltiples maneras (las manías del espacio y el tiempo), pero que no hay una unidad que los incluya a todos. Una apuesta firme por el pluralismo (siempre existe la posibilidad de la autodeterminación o de permanecer al margen) que no desdeña la inspiración que suscita el monismo. Una manera de decir que todos los dioses son locales, que todos tienen sus hábitos y sus manías, y que todos pueden crecer.

Juan Arnau, La invención de la libertad, Atalanta, Girona 2016