dissabte, 23 d’abril de 2016

Miguel de Unamuno i el 12 d'octubre de 1936.

Miguel de Unamuno, después de la disputa con Millán Astray, en Salamanca en 1936, acompañado del obispo Enrique Pla y Deniel.
Miguel de Unamuno, después de la disputa con Millán Astray, en Salamanca en 1936, acompañado del obispo Enrique Pla y Deniel.

Los desarboló a todos el golpe militar fracasado de julio del 36, pero no los desarboló de la misma manera. A algunos los enmudeció con táctica y cálculo, como a Ortega, muy enfermo y muy espantado (su hija llegaba a casa unos días antes del 18 de julio con la última papeleta de la licenciatura en la mano y el ruido de los disparos callejeros en el oído). A algunos incluso les procuró una resistencia total frente a la sublevación, como a Juan Ramón Jiménez, tan poeta y tan leal a la República; y hasta a Clara Campoamor le despertó el liberalismo templado y el afán de la denuncia de las brutalidades de los sublevados, mientras se iba a Francia con la angustia en el cuello.

A Unamuno lo desarboló tanto que le hizo resucitar al viejo energúmeno que había sido desde su juventud. Así lo había llamado hacía muchos años, en público y en privado, un joven superdotado, Ortega, a quien Unamuno trató de tú a tú desde el principio, pese a que Unamuno le doblase la edad. Lo descompuso de tal modo que Unamuno se confundió y creyó adivinar la redención colectiva de España en el alzamiento militar y en los falangistas fervorosos y violentos, y así lo declaró entonces, precipitamente, quizá alocadamente, como casi siempre había escrito, puro incontinente emocional y profuso. En Salamanca seguía Unamuno en 1936, aunque Azaña le destituyese del rectorado de la Universidad tras aquella adhesión a la causa sublevada (mientras el nuevo poder franquista lo restituía de inmediato).

Y ahí estaba el día 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de su Universidad, presidiendo el acto como rector y en representación de Franco, impaciente y ya arrepentido, anotando a toda mecha palabras sueltas y frases en un papelito, mientras oía las salvajadas de Millán Astray, airadísimo con el discurso del propio Unamuno en su mejor papel de "anciano con cabeza de búho" (Andrés Trapiello). Dijo entonces lo que no querían oír los falangistas, los requetés, los sublevados; dijo no cuando esperaban que dijese sí y deploró el error de haber confiado en aquella mezcla impúdica de fe fanática y brutalidad militar: “venceréis pero no convenceréis” fue lo que dicen que dijo entonces Unamuno con la rebeldía del joven energúmeno y la valentía de la razón social, civil y laica que había defendido siempre.

Fue la mujer de Franco, Carmen Polo, junto al poeta gaditano, propagandista y fino franquista José María Pemán, quienes escudaron la salida de Unamuno del Paraninfo de la universidad. Evitaron la paliza matonil pero no sortearon una nueva destitución, ahora por parte de Franco, de todos sus cargos. Quedó desde entonces semiconfinado en su propia casa, vigilado, dice él, por un policía que le seguía a donde fuese, muriéndose lentamente de angustia ante las atrocidades, secuestros y fusilamientos que se sucedían en Salamanca o en Badajoz.

Pero no calló, como no había callado nunca, y se rectificó, como se había rectificado tantas otras veces, ahora casi ya sin aire que respirar porque iba a morirse en un 31 de diciembre, fúnebre para él y para los demás, mientras Gregorio Marañón acababa de cruzar la frontera como liberal de otro estilo, más elegante y señorial, menos efusivo ahora y desde luego más calculador de los intereses presentes y futuro. Incluso a Ortega se le atragantó la historia porque su necrológica repentizada a los dos días, ya desde su exilio en París, reprochó a Unamuno la omnipresencia del “ornitorrinco de su yo”. Pese a la conmoción de la noticia, Ortega sacó el arsenal irónico para reprobar a Unamuno que no hubiese aprendido “la táctica y la delicia que es para el verdadero intelectual ocultarse e inexistir”.

Unamuno no lo aprendió. Pero de haberlo aprendido, decidió que el 12 de octubre de 1936 era el peor día para callar contra el grito "¡Muera la inteligencia!”. Por eso dijo no, antes que Albert Camus, y cuando demasiados mantuvieron un silencio atronador. Habló tanto que incluso se acordó, también él, de Cervantes al contestar a otro mutilado de guerra, Millán Astray, levantando a la vez la voz y la cabeza de búho por encima de los demás.

Jordi Gracia, "¡Muera la inteligencia!",Anatomía de una infamia, El País 22/04/2016

MÁS INFORMACIÓN

"Venceréis, pero no convenceréis"
Muera la muerte
Unamuno sin leyenda