diumenge, 17 d’abril de 2016

Els papers de Panamà o la corrupció legalitzada del capitalisme.


Lo único verdaderamente sorprendente de los papeles de Panamá es que en ellos no hay ninguna sorpresa. ¿No nos hemos enterado exactamente de lo que esperábamos enterarnos? Ahora bien, una cosa es saberlo, así en general, y otra, tener datos concretos. Es un poco como saber que tu pareja te la está pegando por ahí. Se puede aceptar el conocimiento abstracto de algo así. El dolor se produce cuando uno se entera de los detalles obscenos, cuando uno ve las fotos de lo que han estado haciendo... De la misma manera, con los papeles de Panamá, hemos visto algunas imágenes cochinas de pornografía financiera y ya no podemos hacer como que no nos hemos enterado.

Ya en 1843, el joven Karl Marx afirmó que al antiguo régimen alemán «simplemente le da por pensar que cree en sí mismo y exige que el mundo piense lo mismo». En una situación así, denunciar la sinvergonzonería de los que están en el poder se convierte en un arma. O, como añade Marx, «la vergüenza debe hacerse más vergonzosa, dándola a conocer». Y ésta es exactamente nuestra situación: nos encontramos ante el cinismo desvergonzado del actual orden global, a cuyos agentes les da por pensar que creen en ideas de democracia, derechos humanos, etc., y, a través de revelaciones como las de Wikileaks o los papeles de Panamá, la vergüenza se vuelve más vergonzosa por el hecho de darle publicidad.

Un rápido vistazo a los papeles de Panamá revela dos características. Una positiva es la solidaridad de los participantes. En el tenebroso mundo del capital global, todos somos hermanos. Allí está el mundo occidental desarrollado que se da la mano con Putin y el presidente de China, Xi. Irán y Corea del Norte también están ahí... Es un verdadero reino del multiculturalismo, donde todos son iguales y diferentes. La otra negativa es la contundente ausencia de EEUU, lo que le da cierta credibilidad a la afirmación de Rusia y China de que hay intereses políticos involucrados en la investigación.

Entonces, ¿qué vamos a hacer con todos estos datos? Hay un chiste de un marido que vuelve a casa antes de lo esperado y encuentra a su esposa en la cama con otro hombre. La mujer sorprendida le pregunta: «¿Qué ha pasado? ¡Me dijiste que ibas a volver tres horas más tarde!». El marido explota: «¡Seamos serios! ¿Qué haces en la cama con ese tipo?». La esposa responde sin alterarse: «¡No cambies de tema, responde primero a mi pregunta!». ¿No es algo parecido lo que está sucediendo con las reacciones a los papeles de Panamá? La primera reacción es la explosión de furia moralista: «¡Horrible, cuánta codicia y cuánta deshonestidad la de esa gente! ¿Dónde están los valores fundamentales de nuestra sociedad?». Lo que deberíamos hacer es cambiar inmediatamente de tema, pasar de la moralidad a nuestro sistema económico. Políticos, banqueros y administradores siempre han sido codiciosos, de manera que ¿qué hay en nuestro sistema legal y económico que les ha permitido ser conscientes de su codicia de una forma tan escandalosa?

Desde la crisis de 2008, personajes públicos, del Papa hacia abajo, nos bombardean con exhortaciones a luchar contra la cultura de la codicia y el consumo excesivo.Este espectáculo repugnante de moralización barata es una operación ideológica, si es que alguna vez ha habido una. La compulsión (a expandirse) inscrita en el sistema mismo se traduce en pecado personal, en una propensión psicológica privada o, como expuso uno de los teólogos cercanos al Papa, «la crisis actual no es una crisis del capitalismo sino la crisis de la moral». Incluso sectores de la izquierda siguen este camino. No es que falte anti-capitalismo en la actualidad. Hace un par de años estallaron protestas de okupas e incluso estamos asistiendo a una sobreabundancia de críticas de los horrores del capitalismo. Proliferan libros e investigaciones periodísticas sobre empresas que contaminan sin piedad nuestro medio ambiente, banqueros corruptos que siguen obteniendo cuantiosas primas mientras sus bancos son rescatados con dinero público, talleres clandestinos donde trabajan niños...

Hay, sin embargo, una pega a todas estas críticas. Lo que no se cuestiona en ellas, por implacables que puedan parecer, es el marco democrático-liberal en el que luchar contra estos excesos. El objetivo es democratizar el capitalismo, ampliar el control democrático sobre la economía a través de la presión de medios, investigaciones parlamentarias, leyes más estrictas, investigaciones policiales... Ahora bien, el sistema como tal no se cuestiona y su marco democrático institucional de Estado de Derecho sigue siendo la vaca sagrada que ni siquiera tocan las formulaciones más radicales de este «anticapitalismo ético», como el movimiento okupa.

El error que hay que evitar es el ejemplificado por la anécdota, apócrifa, tal vez, del economista keynesiano de izquierdas John Galbraith. Antes de un viaje a la URSS a finales de los 50, escribió a su amigo anticomunista Sidney Hook: «¡No te preocupes, no me voy a dejar seducir por los soviéticos y volver a casa diciendo que lo suyo es socialismo!». Hook respondió: «¡Pero si eso es lo que me preocupa, que regreses proclamando que la URSS no es socialista!». Lo que preocupaba a Hook era la defensa de la pureza del concepto: si las cosas no salen como deben al construir una sociedad socialista, eso no invalida la idea en sí, sólo significa que no se ha aplicado correctamente. ¿No detectamos la misma ingenuidad en los fundamentalistas del mercado?

Cuando, durante un debate televisivo en Francia, hace un par de años, Guy Sorman afirmó que democracia y capitalismo van forzosamente de la mano, no pude resistir hacerle la pregunta obvia: «Pero, ¿qué pasa con la China de hoy?». Replicó con gran brusquedad: «¡En China no hay capitalismo!». Para un pro-capitalista fanático como Sorman, si un país no es democrático, no es verdaderamente capitalista sino que practica una versión desfigurada del capitalismo. El error subyacente no es difícil de identificar. Es el mismo del chiste: «Mi novia nunca llega tarde a una cita porque, en el momento en que llega tarde, ¡ya no es mi novia!». Así es como el apologista del mercado explica la crisis de 2008: no fue el fracaso del libre mercado lo que la provocó sino la excesiva regulación. Es decir, el hecho de que nuestra economía de mercado no lo era de verdad sino que estaba bajo las garras del Estado de Bienestar. En los papeles de Panamá éste no es el caso. La corrupción no es una desviación contingente del sistema capitalista global, es parte de su funcionamiento básico.

La realidad que se desprende de los papeles de Panamá es la de la división de clases. Demuestran que los ricos viven en un mundo aparte en el que se aplican reglas diferentes, en el que el sistema legal y la autoridad de la policía están fuertemente tergiversados y no sólo protegen a los ricos sino que están preparados para retorcer de forma sistemática el imperio de la ley para complacerles a ellos. Recuérdese el chiste cruel de la película To Be Or Not to Be, de Lubitsch. Cuando se le pregunta acerca de los campos de concentración alemanes en la Polonia ocupada, el oficial nazi responde brutalmente: «Nosotros ponemos la concentración y los polacos, la acampada». ¿No puede predicarse eso mismo de la quiebra de Enron en 2002? No cabe duda de que los miles de empleados que perdieron sus puestos de trabajo y sus ahorros estaban expuestos a un riesgo. Pero lo cierto es que no tenían otra opción. El riesgo se les presentó como un destino ineludible. Aquellos que, por el contrario, tuvieron efectivamente una idea de los riesgos, así como la posibilidad de intervenir en la situación (los altos directivos) redujeron al mínimo sus riesgos al liquidar sus acciones y opciones antes de la quiebra. Vivimos en una sociedad de alternativas de riesgo, pero unos (los directivos de Wall Street) eligen las alternativas mientras que otros (la gente corriente que paga hipotecas) corren los riesgos.

Ya hay muchas reacciones de liberales de derechas a los papeles de Panamá que echan la culpa a los excesos de nuestro Estado de Bienestar (o a lo que queda de él). Como la riqueza está tan fuertemente gravada, no es de extrañar que haya quien trate de trasladarla a lugares con menores impuestos, lo que, en última instancia, no es ilegal. Por ridícula que sea esta excusa (lo que los papeles de Panamá revelan son transacciones que quebrantan la ley) este argumento tiene algo de verdad. En primer lugar, la línea que separa las transacciones legales de las ilegales se está volviendo cada vez más borrosa y con frecuencia se reduce a una cuestión de interpretación. En segundo lugar, los dueños de riquezas que las han trasladado a cuentas sin control y a paraísos fiscales no son monstruos codiciosos sino individuos que actúan como sujetos racionales que tratan de salvaguardar su patrimonio. En el capitalismo, no se puede tirar el agua sucia de la especulación financiera y mantener al bebé sano de la economía real: las aguas sucias son consanguíneas del bebé sano. No habría que tener miedo de llegar hasta el final en este caso. El sistema jurídico capitalista global en sí mismo es, en su dimensión más fundamental, corrupción legalizada. La cuestión de en qué punto empieza el delito (en el que las operaciones financieras son ilegales) no es por tanto legal sino eminentemente política, una cuestión de lucha por el poder.

Entonces, ¿por qué miles de empresarios y políticos han hecho lo que documentan los papeles de Panamá? La respuesta es la misma que la de la adivinanza jocosa y ordinaria: ¿por qué los perros se lamen los testículos (y los varones no lo hacemos)? Porque ellos pueden.

Slavoj Zizek, ¿Por qué el perro se lame los testículos?, el mundo.es 14/04/2016