dissabte, 23 d’abril de 2016

El govern del món serà un joc de tres: príncep, filòsof i opinió pública.



En la década de 1760, el prestigio de los filósofos está en su apogeo. La voluntad de imponer sus opiniones —libido dominandi— nunca ha sido mayor. Como ya lograron marginar a sus enemigos irreductibles, todos creen que constituyen un partido único que dicta su propia ley a la opinión ávida de modernidad. Gracias a este nuevo actor, el estatuto de los hombres de letras ha cambiado radicalmente. Se han convertido en una fuerza que es preciso tener en cuenta o, cuando menos, hacer como si se la tuviera en cuenta. El anhelo de Voltaire parece estar a punto de realizarse. Los filósofos habrán de gobernar el mundo porque gobiernan la opinión. Pero, en el espíritu del patriarca, la partida se juega de a tres: el filósofo, la opinión pública y el soberano. Aun cuando este último no sea mencionado, siempre es el primer detentador del poder, por no decir el único legítimo. El abate Morellet no se equivoca cuando le recuerda a Beccaria que los filósofos —ya sea Voltaire o Rousseau— no tienen poder alguno sobre el soberano. Hay que actuar primero sobre la opinión pública, pues es la única capaz de imponerle algo al príncipe. Ahora bien, este último cambia las reglas del juego, pues se dirige directamente al filósofo. En vez de someterse a los deseos de la opinión, ¿no es más simple y más seguro, para él, declararse conquistado por las ideas nuevas y aspirar al título de “rey filósofo”? Así podrán prescindir de la opinión del público. Y, a tal fin, el soberano le hace creer al filósofo que invierte los roles tradicionales: es él quien corteja ahora al hombre de letras, y quien, en cierto modo, le pide protección bajo la forma de una caución moral e ideológica. 

Nada más adecuado para engatusar al filósofo que darle muestras de consideración, en especial cuando se las niegan obstinadamente en su propio país. Antes que los honores y el dinero —a lo que pocos hombres son verdaderamente insensibles—, aquello que les importa es el reconocimiento de su dignidad. Esto significa, para el soberano, tratar al filósofo como a un igual. Leer sus libros, intercambiar correspondencia, visitarlo en privado cuando el príncipe está de paso por París. Reciben invitaciones de los soberanos para pasar una temporada en sus cortes. Todas ellas son señales de una relación igualitaria y, por momentos, incluso amistosa, que agradan al hombre de letras. La siguiente etapa se atraviesa cuando este último recibe la propuesta de ser el preceptor del futuro rey. ¿Qué mejor expresión de la fidelidad del príncipe a las ideas filosóficas?

Para qué negarlo, la mayoría de los intelectuales tiene dificultades para resistirse a la libido dominandi. Imponer las ideas propias a sus pares suele ser más difícil que convencer a la opinión pública. Cada cual sabe que la “disputa” suele derivar en peleas y enojos. Se intercambian argumentos como golpes. Los disensos no tardan en volverse inconciliables, y cada uno se ve obligado a elegir su “campo”. Nada más extraño que un filósofo sometiéndose, al término de un debate, a la opinión de su contradictor. Reconocer que uno se ha equivocado significaría que ha sabido guardar la distancia necesaria entre las ideas y la propia persona, es decir, que las pasiones están dominadas. Por lo general, se necesita tiempo para que estas se aplaquen y para que así el filósofo quede en condiciones de reconsiderar su punto de vista. Años, décadas y, quizá, nunca. Algunos, desmentidos por los hechos o por la historia, en su fuero interno aún persisten en creer que tenían razón. Abandonar las propias ideas equivale, para ellos, a renegar de sí mismos.

En caso de no poder sumarlos a sus opiniones, existe otra manera de ejercer su imperium sobre los pares: tomar posesión de las instituciones prestigiosas que por entonces encarnaban las Academias. Y eso es lo que hace D’Alembert, sólidamente secundado por Voltaire, en la Academia Francesa.

En primer lugar, para ser admitido en estas instituciones, es preciso darse a conocer; luego, se negocia la elección de los amigos, y, una vez conquistada la mayoría, ya nadie entra sin su consentimiento. Habrá que dar pruebas de lealtad al clan y a sus ideas para penetrar en el sanctus sanctorum. Tal poder puede parecer modesto, comparado con el que tiene Voltaire sobre la opinión pública, pero no es menos deseable. Si bien ya era secretario de la Academia de Ciencias, Condorcet no despreció la posibilidad de ser elegido en la Academia Francesa. Cuestión de prestigio personal, pero también refuerzo del partido filosófico.

El caso de Diderot es particular. Indiferente en apariencia a los honores académicos y a las rivalidades entre autores, durante un tiempo acaricia el sueño de Platón: ser consejero del príncipe. Con dos mil años de intervalo, ambos filósofos de la política con fuertes convicciones fueron engañados por el espejismo del rey filósofo. Invitado por Dionisio el viejo, el poderoso tirano de Siracusa, Platón cree poder convertirlo a sus ideas filosóficas y políticas. La aventura termina mal. Deseoso de librarse de un molesto censor, el tirano expulsa al filósofo. Tras la muerte de Dionisio el viejo, Platón es convocado nuevamente a Siracusa para oficiar de preceptor de su hijo, el joven Dionisio. Pero este último, sin talento ni virtud alguna, se harta de su mentor, que acaba retomando el camino de Atenas. Sin embargo, el filósofo acepta una tercera invitación a Sicilia, sin mayores resultados. Nuevamente humillado y cautivo, el filósofo de 67 años recobra su libertad gracias a la intervención del matemático Arquitas. Pese a estos tres fracasos rotundos, Platón nunca renuncia verdaderamente a su idea. Si el rey no puede llegar a ser filósofo, ¿no podría el filósofo llegar a ser rey?

Diderot no comparte la utopía de Platón, y Catalina II no lo ha invitado a San Petersburgo para que fuera su consejero. Pero el filósofo, como su gran ancestro, quizá piensa que el encuentro a solas con el soberano es una ocasión excepcional para convencerlo del interés de sus ideas. Con tanta más razón cuanto que la soberana no cesa de reivindicar su adhesión a las Luces. Durante largas semanas lo estuvo escuchando, diría ella, como “una humilde escolar” escucha a un “severo pedagogo”. Mientras la zarina calla, sin por eso dejar de pensar, ¿Diderot se habrá hecho ilusiones sobre el poder del filósofo? ¿No dio, con todo ello, satisfacción a su secreta voluntad de poder?

Como, por fortuna, las costumbres han cambiado desde los tiempos del tirano de Siracusa, “hermano Platón”, como lo apoda Voltaire, puede regresar de Rusia con total libertad. No pasó mucho tiempo para que al fin se comprendiera que el lugar del filósofo no está junto al soberano. A menos que se convierta en cortesano y pierda así su dignidad. De regreso a casa, Diderot recupera su pluma y su libertad de palabra. Comprende que el poder intelectual no se ejerce directamente sobre el soberano. La opinión pública constituye el interlocutor privilegiado del filósofo, y es ella la que debe hacerse escuchar por el príncipe. Bien lo había entendido Voltaire: en adelante, el gobierno del mundo será un juego de tres. Cada vez que el intelectual desconozca esta regla, quedará fuera de juego.

Élisabeth Badinter, Las pasiones intelectuales. III Voluntad de poder (1762-1778), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2016