dilluns, 25 d’abril de 2016

Traumes infantils i vida adulta en primats.


Los primates humanos somos unos seres que venimos al mundo con una mente flexible y sumamente plástica. Esto conlleva ventajas e inconvenientes al mismo tiempo. Por un lado nos hace muy sensibles a lo que nos pasa, pero también nos permite aprender acerca de todo lo que nos rodea y adaptarnos a casi cualquier situación. Esto implica que nuestra infancia está orientada a absorber, entrenar y poner en marcha todo nuestro potencial como seres humanos que somos. Ahí radica la fuerza y debilidad de lo mucho que dura en nuestro orden de especies esta primera fase de la vida. 

Aunque el proceso nunca se detiene esta época es de especial importancia. Son cientos los estudios que relacionan los traumas de la infancia con la supervivencia. Se trata de un periodo sensible en todos los sentidos. Por ejemplo, en humanos sabemos que problemas de abuso, maltrato o rechazo aumentan las probabilidades de padecer diabetes, problemas de corazón u otras enfermedades en el futuro. Pero también interfieren en la interacción con otras personas o en el desarrollo de su afectividad. Las consecuencias condicionan nuestra salud física y emocional cuando somos adultos, incluso cuando los sucesos ya no ocurren y el estrés ha desaparecido.

En un estudio sacado a la luz esta misma semana en Nature Reports, llevado a cabo por la Universidad de Duke en Estados Unidos, se demuestra que las infancias duras provocan consecuencias importantes en la vida de los babuinos también. Los hallazgos provienen del análisis de casi 300 hembras de esta especie a las que se ha seguido a diario durante los últimos 30 años en el Parque Nacional de Amboseli, en Kenya.

La vida para los individuos de esta especie que habitanallí no es nada fácil. Hay años de sequía en los que las crías apenas pueden beber. En otros, el hacinamiento hace estragos, trayendo consigo el hambre y la escasez de recursos. En este contexto, muchas crías pierden a sus madres a las que ven morir enfermas y no tienen familia que las ayude. Se quedan literalmente huérfanas. 

Los investigadores han podido comprobar que las crías de babuino que habían perdido a su madre antes de la edad de cuatro años o crecido en épocas de sequía que generan mucha ansiedad, viven hasta diez años menos que sus compañeros y compañeras. Una cifra muy alta para un grupo de especies que no suele superar los 45 años de edad. Por si fuera poco, la descendencia de estas desafortunadas babuinas es menor también. "Es como si se tratara de un efecto bola de nieve", declara la coautora de la investigación Elizabeth Archie.

Para el antropólogo e integrante del equipo de estudio Jenny Tung, estos resultados son importantes porque muestran que adversidades ocurridas en edades tempranas pueden tener consecuencias en la supervivencia a largo plazo, incluso cuando no hay factores sociales o de hábitos de la vida moderna que los puedan explicar, como suelen ser fumar, beber o los cuidados médicos. Los babuinos no tienen bares ni se drogan, así como tampoco poseen seguro médico. Así que podemos analizar qué otras variables hay que tener en cuenta. Aquí radica una de las aplicaciones más importantes de estos trabajos. 

Pero, ¿por qué los estudios sobre crías de otras especies de primates nos aportan información sobre nuestros niños y niñas? Con la excepción del habla, el desarrollo y adquisición progresiva de capacidades y personalidades durante los primeros años de vida es compartido con otros primates, especialmente los grandes simios. Tanto ellos como nosotros somos muy parecidos en estas primeras fases de la vida, lo que nos ayudan a entendernos. Nos permiten conocer qué variables del entorno afectan a un correcto desarrollo y evolución de nuestra especie. Una información que cuando es bien usada redunda en nuestra felicidad pero también debería tener consecuencias en el trato hacia los animales.

Pablo Herreros, La huella del trauma en babuinos y humanos, Yo mono 23/04/2016