dimarts, 19 d’abril de 2016

La meva experiència amb la veritat i 4: La veritat en les presons.


El número de personas que pueblan el complicado mundo penitenciario supera las setenta mil. Es un universo particular con códigos de comportamientos muy "sui generis", que no siempre recuerdan a los comportamientos que tienen estas mismas personas en libertad.Hay dos cuestiones que llaman mi atención: el silencio y la negación de la verdad. Ambas parecen la misma cosa pero tienen diferentes matices.

El silencio no es l'omertá mafiosa, es más: me callo y no me meto en ningún lío. El peor calificativo que se puede dar a un preso es el de chivato. Aunque haya visto una pelea desde los orígenes hasta el final, afirmaré con rotundidad que no he visto nada. La mentira como mecanismo de defensa: si hablas puedes tener grandes problemas.

La negación de la verdad tiene aspectos muy distintos. Si soy un interno que no tiene ni para tabaco, ni para café, es decir, no tengo peculio (aportación económica de la familia generalmente), me uno a aquellos que pueden y de hecho me invitan. Pero en las cárceles casi nada es gratis aunque parezca lo contrario. A cambio de tabaco y el café, hay que hacer lo que diga el jefe, quien paga manda. Si hace falta limpiar su celda, se hace; si hay que conseguirle cualquier capricho, se consigue. Lo peor llega cuando el jefe comete un delito, habitualmente contra un funcionario o contra otro preso. Entonces hay que mentir y decir "yo" fui quien realizó esa tropelía. A veces esa mentira tiene como consecuencia más años de cárcel. Mentir por huir del apelativo chivato y autoinculparse de algo que no has hecho son realidades casi cotidianas en las prisiones, donde la verdad plantea dificultades insalvables. 


José Chamizo de la RubiaLa verdad y sus complicaciones, Diálogo Filosófico nº94 Enero/Abril 2016