diumenge, 17 d’abril de 2016

Acció, producció i atzar (Aristòtil).


La teoría de la prudencia es solidaria de una cosmología y, más profundamente, de una ontología de la contingencia cuyos lineamientos importa recordar. Pero, antes de remitir a otros textos aristotélicos, veamos cómo la Etica a Nicómaco justifica esta intrusión de consideraciones de entrada extrañas a la ética. Aristóteles parece haber llegado a este resultado mediante un análisis de las condiciones de la acción (praxis) y de la producción (poiesis). Actuar y producir es, de alguna forma, insertarse en el orden del mundo para modificarlo; es, pues, suponer que éste, puesto que ofrece esa latitud, comporta un cierto juego, una cierta indeterminación, una cierta incompleción. El objeto de la acción y el objeto de la producción pertenecen, pues, al dominio de lo que puede ser de otra manera (VI, 4, 1140a 1). (…) Apenas hace falta subrayar que, para Aristóteles como para el pensamiento griego en general, el poder-ser no designa la posibilidad de un surgimiento ex nihilo ni el poder-no-ser la posibilidad de una vuelta a la nada, la vertibilitats in nihil de la que hablarán los cristianos (“Omnis creatura est vertibilis in nihil”, Santo Tomás, Suma teológica III, q. 13, a. 2), sino que se trata sólo de la posibilidad de que esta esencia se disuelva en los elementos de la cual salió. Así pues, si el arte es productor de entes nuevos, no los saca de la nada, sino de lo indeterminado. (…) Aristóteles parece distinguir aquellas cosas cuyo principio reside en el productor –son los artefacta- y aquellas cuyo principio reside en la cosa producida misma, que son los seres naturales (Física II, 1, 192b 13-14). Si la situación de los objetos de producción es clara, ¿dónde situar los objetos de la acción? No parece que eso sea propiamente hablando el dominio de la naturaleza; pues, si es verdad que el agente tiene en él mismo su propio principio y que en esto está emparentado con el ser natural, su acción en el mundo implica su propia sustitución en lugar de los agentes naturales, introduciendo así una cierta artificialidad. La acción inmanente, la praxis, tiene menos por objeto la naturaleza que los fallos o el carácter inacabado de la naturaleza, siendo esa indeterminación precisamente la que permite a Aristóteles poner los procesos naturales en el dominio del “poder ser de otra manera”. Desde este punto de vista, el caso de la acción no difiere fundamentalmente del de la producción: una y otra no son posibles más que en el horizonte de la contingencia, que debe ser entendida, no como una región del ser, sino como una cierta propiedad negativa que afecta a los procesos naturales.

Así pues, estamos autorizados a aplicar a la prudencia lo que Aristóteles dice, para concluir, del arte: “En cierta manera, el dominio del arte es el mismo que el del azar, como lo dice también Agatón: El arte ama el azar y el azar ama el arte” (VI, 4, 1140a 17ss). (…) Es interesante apuntar que Aristóteles recurre una vez más a la sabiduría de los poetas para recordar, de una manera voluntariamente velada, que las empresas humanas tienen una cierta afinidad, quizá incluso una cierta complicidad, con el azar. (…) Lo que Aristóteles quiere decir en el libro VI de la Ética a Nicómaco es que, en un mundo perfectamente transparente a la ciencia, es decir, en el cual estaría establecido que nada puede ser de otra manera a como es, no habría ningún sitio para el arte ni, de una manera general, para la acción humana. Si estuviera científicamente establecido que el enfermo debe morir o que debe curarse, sería inútil llamar al médico (…). Por el contrario, el hecho de que haya en el mundo hechos de azar inexplicables e imprevisibles es una invitación siempre renovada a la iniciativa del hombre. (…) Para un griego, la ciencia es una explicación total y no puede desarrollarse más que suprimiendo la contingencia. El arte muere a base de ciencia e, inversamente, sólo tiene sitio y sentido en la medida en que la ciencia no explica ni puede explicar todas las cosas. Así, el arte no progresa en el mismo sentido que la explicación científica: desaparecería más bien a medida que ésta progresara. Pero Aristóteles se asegura que no progresará siempre, pues siempre se encontrarán obstáculos irreductibles que se resumen en la indeterminación de la materia, otro nombre de la contingencia, y así el arte no tendrá fin. (…) La filosofía aristotélica de la contingencia explica que el arte no haya unido su suerte a los progresos de la ciencia, sino a sus fracasos, y que no prospera más que en una atmósfera de azar (Física II, 8, 199ª 15-17).

(…) Aristóteles invoca ejemplos que, acercándonos a los ámbitos de la prudencia, nos permiten comprender mejor su pensamiento: el de la medicina, donde la complejidad de los casos siempre singulares escapa a la generalidad de las “listas de prescripciones”; y, más aún, el ejemplo de la estrategia o de la navegación, que comportan una gran parte de azar (E.N. III, 5, 112b 4-7), y donde ninguna ciencia dispensa al hombre el arte de captar mediante una intuición madurada por la experiencia, pero cada vez única, el terreno o la ocasión favorables, o el viento imprevisible que llevará el navío a buen puerto. (79-84)

Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles, (con un apéndice sobre la prudencia en Kant), Crítica. Grijalbo Mondadori, Barna 1999

Título original: La prudence chez Aristote (1963)