dilluns, 18 d’abril de 2016

Efecte halo, un biaix cognitiu.



El efecto halo es un clásico de la psicología. Condiciona nuestros juicios de valor sobre las personas y las situaciones. Se trata de un sesgo a partir del cual juzgamos como buenas o malas las características de alguien o de una situación en función de la primera impresión o de la poca información que tengamos de ella. Veamos un ejemplo: si estás viendo una entrevista en televisión a una persona que está siendo amable, que se comporta de forma serena, contesta con sentido común a las preguntas, puede que concluyas, a pesar de que no se manifieste explícitamente sobre ello, que también se trata de una persona cívica, buena madre o buen padre, bondadosa y equilibrada. Cuando ves a mujeres y hombres sexis, con cuerpos atléticos, si te preguntaran si son buenos amantes, seguro que dirías que sí. Y así con un sinfín de deducciones. El efecto halo nos lleva a percibir características que desconocemos pero que las asociamos con lo poco que sí sabemos. Es un estado en el que se generan presuposiciones en base a conocimientos mínimos.

A pesar de que por sentido común todos entendemos este efecto, el primero en estudiarlo fue el psicólogo Eduard Thorndike en 1920, mientras investigaba la opinión de oficiales del ejército sobre el personal al que dirigía. Le ocurre lo mismo a los profesores cuando corrigen trabajos y exámenes: con aquellos alumnos que suelen tener buenas calificaciones en general, tienden a ser más benevolentes en la corrección de ejercicios que pudieran no estar tan bien valorados en otros alumnos con peores notas. Así lo relata el premio nobel Daniel Kahneman de su propia experiencia en su libro “Pensar rápido, pensar despacio”.

El efecto halo puede tener consecuencias devastadoras en cuanto a las oportunidades que damos o quitamos a las personas. En esta sociedad en la que lo bello es bueno, este efecto permite a mucha gente alcanzar objetivos y ser valorada simplemente por un rasgo de su imagen, como una sonrisa perfecta o su elegancia, mientras que otras se quedan fuera de los procesos de selección o puede que les cuesta más encontrar pareja.

Las personas emitimos continuamente juicios de valor, sin la mala intención de juzgar, pero lo hacemos. Tiene un sentido evolutivo, anticipar posibles agresiones o daños y así poder huir y ponernos a salvo. De hecho hay rasgos físicos que se asocian con la agresividad, como un mentón pronunciado, igual que una sonrisa sincera se asocia a la amabilidad y la ausencia de peligro. Lo cierto es que la mayoría de juicios no nos protegen de nada. Son simples prejuicios fruto del aprendizaje de lo que hemos vivido en la familia, con los amigos, de la escala de valores y de lo que promueven los medios de comunicación y con ellos condicionamos nuestras relaciones personales y las oportunidades que creamos y damos en la vida.

Patricia Ramírez, El efecto halo: el arte de prejuzgar, Plena-mente. El País 16/04/2016