dimecres, 13 d’abril de 2016

Causalitat, correlació i explicació científica.


A las teorías científicas les pedimos que nos proporcionen una “explicación” de la realidad. Pero, ¿qué implicaciones tiene que esperemos “explicaciones” en lugar de, por ejemplo, meras descripciones? ¿Qué condicionantes impone este requisito a nuestra manera de habérnoslas con el mundo? En pocas palabras, ¿qué ha de tener una explicación para que la consideremos como tal?

Sea cual sea su significado, de lo que no hay duda es de que nos encontraos ante una función relacional, a cuyos extremos se encuentran los eventos a explicar y los eventos que (supuestamente) lo explican. La explicación conecta un extremo con el otro. Si no existe interacción entre los primeros y los segundos, diremos que los eventos son independientes, mientras que en caso contrario diremos que están (como mínimo) correlacionados. Un ejemplo de correlación entre dos eventos sería la que existe entre el tamaño del pie y la capacidad de habla de un ser humano: si tomamos una muestra de 1.000 individuos, aquellos que tienen un número de pie entre el 38 y el 43 suelen hablar bastante mejor que los que calzan un 23 o un 24 (aunque a veces tengamos motivos para ponerlo en duda). Las dos variables están correlacionadas.

Este ejemplo, aparentemente cómico (pero que no se diferencia demasiado de otros empleados cotidianamente por los medios de comunicación), nos muestra cómo cuando hablamos de explicación esperamos algo más que la mera correlación. Estamos hablando de causalidad: no basta con que el evento a explicar se mueva en consonancia con los eventos explicativos, sino que estos últimos deben ser su causa. Así que la pregunta por las explicaciones nos lleva a la pregunta por las causas. ¿Qué condiciones exigimos a un evento para ser considerado causa de otro? Para nuestro propósito nos bastará con destacar tres aspectos que espontáneamente asociamos a la relación de causalidad.

El primero de ellos es de naturaleza temporal. Aunque suene a perogrullada (veremos que no lo es), las causas no pueden ser ni simultáneas ni posteriores a sus efectos: una piedra lanzada hoy no puede ser la causa de la rotura de un cristal ayer, ni a alguien nacido en 1970 se le pueden imputar injusticias o crímenes del remoto pasado (algo que también debería resultar obvio pero que algunos olvidan). El segundo presupuesto sobre el que descansa el concepto causalidad resulta menos evidente, como muestra la frecuente confusión entre causas y correlaciones: la primera postula una relación de necesidad entre los dos eventos. La relación entre el evento antecedente (A) y el evento consecuente (B) está inscrita en la naturaleza de las cosas y no es circunstancial ni fruto del azar: A produce B. Este es el aspecto más controvertido de la causalidad, que plantea la necesidad de explicitar el mecanismo causal que opera entre A y B.

En última instancia, y esto es lo fundamental, si asumimos que existen causas de sus correspondientes efectos es porque asumimos de un modo implícito que la naturaleza se rige por leyes.


Antonio Acín y Eduardo Acín, Persiguiendo a Einstein. De la intuición a las ondas gravitacionales, Materia. El País. Batiscafo S.L. 2016