El realisme aristotèlic.

En Platón la fuente del discurso filosófico es un delirio (manía) sagrado, el «entusiasmo», mientras para Aristóteles la vocación de conocimiento proviene del asombro. Un texto de Einstein escrito en 1946 —y no pensado para nada como comentario a Aristóteles— ayuda quizá a comprender qué se entiende por ello.
«El desarrollo rutinario del mundo de los pensamientos es en cierto modo una huida continua ante el asombro. Un asombro semejante fue el que experimenté de niño cuando mi padre me mostró una brújula. El hecho de que esa aguja se comportara de una manera tan determinada no cuadraba en absoluto con el tipo de acontecimientos que podían tener cabida en el mundo de conceptos inconscientes. Detrás de las cosas debía haber algo que estuviese profundamente oculto. Con todo, lo que el hombre ve desde pequeño no suele provocar en él una reacción de este tipo; no se asombra ante la caída de los cuerpos, ni ante el viento y la lluvia, ni ante la luna, ni ante el hecho de que ésta no se caiga, ni ante la diversidad de lo viviente y lo no viviente».

Lo que llega con Aristóteles -y permanece entre nosotros desde entonces- es un realismo que asimila los logros del idealismo, una filosofía que dice sí al sentido común y dice también sí al refinamiento conceptual. Antes de pasar revista a alguna de sus obras específicas, los siguientes puntos perfilan de modo esquemático la orientación:


a) Escepticismo ante un mundo ideal como única realidad verdadera. Estamos inmersos en una dimensión física, donde incumbe observar cuidadosamente y razonar con pulcritud. Si hay disparidad entre una convicción y una observación procede confiar siempre en lo segundo.

b) Los sentidos no tienen en sí mismos nada de vil o engañoso; por el contrario, son la mayor fuente de placer y conocimiento. La tarea de la conciencia en general es elevar los datos del sentido a conceptos, mostrando la íntima copertenencia de lo sensible y lo inteligible.

c) El universo real no es algo sometido a una normatividad trascendente —como el Bien o la Belleza—, sino el fundamento del que se deriva cualquier normatividad. En vez de depender el mundo de la perfección, son la perfección y la imperfección quienes dependen de él.

d) El principio de lo real es el ser como determinación física suprema, como «entidad» (ousía). Pero esto absoluto que «es en sí y por sí se concibe» no está sometido a inmovilidad y trascendencia; no es tanto el Ser como los seres o entidades, una colección de substancias particulares, indefinidas en número.

e) El ser es una vida; la inteligencia es una vida. Bios constituye lo común a las diversas cosas o substancias. En uno de los extremos de esa vida está el éter intelectual comprendiéndolo todo, libre por su sutileza, y en el otro unas polvorientas piedras, cerradas sobre su propia densidad. La oposición de esos extremos no merma la unidad de la vida, suspendida por definición entre el nacer y el morir.

f) La perfección es definición, límite. Lo ilimitado es imperfecto.

Estos puntos «realistas», conviene advertirlo, son también tesis que definen para el futuro la filosofía especulativa. «Especulativo» no significa aventurado, fantástico o simplemente sin pruebas, sino una orientación cuyo fundamento es no conformarse con postular lo uno o lo otro, sino que se compromete a examinar lo uno y su otro y lo demás también, hasta obtener una unidad de la unidad y su diferencia, superando cualquier dualismo. Lo contrapuesto contiene siempre un tercero común. Absolutizar uno de los lados, no menos que prescindir de la oposición específica entre ambos, supone velarse la totalidad perseguida por el conocimiento.

Antonio Escohotado, Rasgos del realismo aristotélico, La plenitud del saber antiguo

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