Ya en 2013, tras la publicación de los documentos filtrados por Edward Snowden sobre las prácticas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional americana (NSA, por sus siglas en inglés), tomó lugar una de las mayores muestras de rechazo de este fenómeno. El conocimiento de estas prácticas, tales como la colaboración entre la NSA y las compañías de redes sociales, empujaron al público general a pensar por primera vez en la protección de sus datos en la era digital. 
Pero gran parte de la atmósfera crítica surgida de las filtraciones, así como el interés mediático que despertaron, fue desapareciendo tras los ataques de Charlie Hebdo en enero de 2015. Por ejemplo, el Servicio Federal de Inteligencia alemán (el Bundesnachrichtendienst o BND) había estado bajo investigación parlamentaria desde 2014 debido a las acusaciones del propio Snowden de que había espiado a compañías y empresarios alemanes para la NSA americana. Sin embargo, cuando se publicó, en verano de 2017, el informe final del comité investigador, casi no tuvo repercusión. La atmósfera en el país había cambiado; meses antes, en diciembre de 2016, había tenido lugar otro ataque terrorista en un mercadillo navideño en la zona oeste de Berlín. En una encuesta nacional elaborada a comienzos de 2017, el 79 por ciento de los alemanes decían que querían más videovigilancia para sentirse más seguros.
El terrorismo ha generado una casi total ausencia de crítica hacia la vigilancia, afirma Naranjo: «La ciudadanía se paraliza ante eventos impactantes. Es entonces cuando es posible sacar adelante cualquier política. Para nosotros, han supuesto una gran dificultad para movilizar a la gente por una mejor protección de su privacidad».
Anna Saraste, La inteligencia europea post-Charlie Hebdo, La Grieta 05/06/2018

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