Neoliberalisme i metafísica.

Ahora bien, el neoliberalismo es algo más que la liberalización del comercio, la privatización de los servicios públicos, o la implantación del modelo de la empresa corporativa en lo poco que queda del sector público (“gobernar como se administra una empresa”), con un mercado exento del control democrático. El neoliberalismo es un imaginario moral y metafísico según el cual las relaciones de propiedad capitalistas proporcionan un patrón universal para interpretar el mundo.

“No hay alternativa” como declaró Thatcher en su día, porque verdaderamente no la hay; hay un único sistema de sistemas holístico, el capitalismo que todo lo impregna. “Con el neoliberalismo”, afirma Wendy Brown en El pueblo sin atributos (2016), “el mercado se convierte en… la única y verdadera forma que adopta toda actividad”. Si antes era el foro en el que tenía lugar la producción y el intercambio de mercancías –una prueba nociva e ineludible de nuestra servidumbre al reino de las necesidades materiales– el Mercado adopta un carácter platónico bajo la tutela de los ideólogos neoliberales, y se convierte en una ontología, una hermenéutica, y la ética que guía a la guardia pretoriana de filósofos-capitalistas.

Mises y Hayek compartían su hostilidad hacia las restricciones que imponía la religión tradicional a la par que veneraban al Mercado. Mises escribió –desde la poltrona de su puesto académico no remunerado en NYU (pero financiado por el William Volker Fund)–, dos de los textos fundacionales del neoliberalismo: Socialismo (1922; 2009) y La acción humana (1949; 2015). En su obra Socialismo, Mises pretendía desacreditar no solo al movimiento político epónimo, sino a toda forma de oposición al modelo económico y a la moral capitalistas, incluyendo incluso al cristianismo. Mises defendía que, puesto que Jesús y sus discípulos mostraron “su resentimiento hacia los ricos […] el cristianismo no puede vivir codo con codo con el capitalismo”. Hayek, agnóstico que valoraba la religión únicamente por la sombra de santidad que arrojaba sobre la propiedad privada y el modelo de familia patriarcal, sostenía en su tercer tomo de Derecho, legislación y libertad (1979; 2014) –una especie de Summa Theologica del neoliberalismo– que “la moral que predicaban los profetas y filósofos” había inhibido la expansión del capitalismo. La civilización moderna pudo emerger, proseguía, sólo gracias a que “se ignoró a aquellos moralistas indignados”.

No obstante, el enfoque de la economía política de ambos autores confería al dinero y al mercado un estatus ontológico tan robusto y fundamental como la escolástica a la figura de Dios en el medioevo. Mises replanteaba con dureza en su adusta colección de ensayos recogidos en La mentalidad anticapitalista (1956; 2011), el principio de escasez, la premisa ontológica que se cuela en todos los cursos de introducción a la economía: “la naturaleza no es dadivosa, es tacaña”. A lo largo de su obra, Mises argumentaba que la cicatería de la naturaleza imponía la necesidad de economizar y requería evaluar la economía desde los criterios competitivos y monetarios, punto de vista que resonaba ligeramente al concepto de “compensación” de Emerson. En breves palabras, secundaba la opinión de Emerson sobre el carácter intrínsecamente capitalista de la naturaleza. El dinero tuvo un papel indispensable, escribiría en 1920, “a la hora de determinar el valor de las mercancías de fabricación”. Además, dado que “es imposible hablar de producción racional” sin hablar de dinero –“racional” aquí referido a rentabilidad– el modo de producción socialista “jamás podrá regirse por consideraciones económicas”. Una sociedad socialista, guiada por la asignación de recursos y de trabajo de acuerdo a criterios distintos a los del valor, no podría ser racional, según Mises. La racionalidad del cálculo monetario aplicaba a las personas el mismo criterio que a las mercancías: “el hombre trata el trabajo de los demás como a cualquier otro factor de producción o material escaso”, como un recurso “que se compra y se vende en el mercado”. Toda su argumentación giraba en torno a la capacidad de la alquimia del dinero para transfigurar la razón: si el dinero regula tanto el valor como la racionalidad de la producción, entonces tanto la moral como la razón tienen un carácter crematístico. El dinero determina la totalidad de la vida en este planeta.

Eugene McCarraher, El mundo es un negocio, ctxt. es 13/06/2018

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