dijous, 7 d’abril de 2016

La prudència i la política en Aristòtil.

Pericles

Es difícil saber de entrada en qué Pericles podía parecer a Aristóteles, más que cualquier otro, un representante de la prudencia. Pero la invocación de Pericles parece menos el hecho de una predilección particular de Aristóteles que la alusión clásica a un personaje ya tipificado por la tradición. No es la primera vez, por lo demás, que el personaje de Pericles y, a través de él, del político era ocasión de un debate ético. En el Gorgias el Sócrates de Platón no había ahorrado sus críticas contra los más célebres hombres de Estado atenienses: Temístocles, Cimón, Milcíades y Pericles, estos hombres que se habían preocupado de “engrandecer la ciudad” antes que de hacer justos a los ciudadanos (518e y 516b). (…) Si Sócrates en el Menón recordaba que Pericles había sido incapaz de hacer justos a sus propios hijos (Menón 94ab, Protágoras 319e-320a) era para mostrar que la virtud no se enseña, y que en particular la virtud del político, por estar emparentada más con la opinión verdadera y el delirio poético que con la ciencia, no podía ser más que el fruto de un “favor divino”, donde la inteligencia no tiene parte alguna, y gracias a la cual los políticos, como los profetas y adivinos, “dicen la verdad a menudo sin saber en absoluto de qué hablan” (Menón 99cd). (…) Invocando a Pericles en una obra de ética, (…), Aristóteles no podía menos que afirmar, de una manera que debió parecer provocadora, su oposición al platonismo clásico (…); digamos más bien que, en una perspectiva muy diferente de lo que será más tarde el maquiavelismo, el político simbolizado por Pericles se encuentra erigido en modelo de una virtud de la cual Aristóteles no dice que sea una virtud solamente política, y que se encuentra desde ese momento propuesta a la imitación tanto del hombre privado como del hombre público. Al conceder un lugar a Pericles en la galería de retratos éticos, Aristóteles reintegra la experiencia propiamente política en la experiencia moral de la humanidad. (65-67)

De entrada hay que subrayar que Aristóteles, en el pasaje en que cita a Pericles, no le confiere la denominación de phrónimos más que en la medida en que posee un cierto saber: “Pensamos que los hombres de este tipo son prudentes por cuanto son capaces de considerar lo que es bueno para ellos mismos y para los hombres” (E. N. VI, 5, 1140b 8). El prudente ve reconocido aquí para sí un cierto tipo de superioridad intelectual; habría que decir,  transcribiendo exactamente a Aristóteles, teórico, acordándonos de que teoreîn tiene el sentido de ver, sin que esta visión sea necesariamente de tipo contemplativo. Que Aristóteles nos haya prevenido antes que el objeto de esta capacidad no pueda ser lo necesario, sino lo contingente, que este saber, por lo tanto, no pueda ser denominado ni ciencia ni siquiera arte, no cambia nada el hecho de que Aristóteles continúe viendo en la virtud del político una virtud intelectual: nota que alcanza todo su sentido si recordamos que Platón la describía en el Menón como una especie de adivinación que no tiene necesidad alguna de la ayuda de la inteligencia. Hay que admitir, pues, que Aristóteles reconoce la existencia, al lado de la ciencia y del arte, de otro tipo de conocimiento, que se podría denominar opinión, si recordamos los pasajes en que hace de la prudencia la virtud de la parte opinadora del alma (E. N. 1140b 26; VI, 2, 1139a 12). Más aún, Aristóteles no contesta que este conocimiento sea, a su manera, un conocimiento de lo general. El prudente conoce lo que es bueno para él mismo, en el caso de la prudencia privada, y para los hombres en general, en el caso de la prudencia política, lo cual es ciertamente una particularización de la Idea platónica del Bien, pero no una particularización arbitraria, abandonada a la concepción que cada uno se haría del bien: Aristóteles nos previene un poco antes que lo que él llama “bueno y ventajoso por sí mismo” no significa “bueno y ventajoso parcialmente, como aquello que es bueno para la salud y el vigor del cuerpo, sino absolutamente, como lo que es bueno para vivir” ((E. N. 1140ª 26-28). (…) El prudente no es, pues, el puro empírico, que vive al día, sin principios y sin perspectivas, sino el hombre de amplia mirada, el heredero del sinoptikós platónico; pero lo que ve es una totalidad concreta –el bien total de la comunidad o del individuo-, y no aquella Totalidad abstracta y, según Aristóteles, irreal que era el mundo platónico de las Ideas. (68-69)

Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles, (con un apéndice sobre la prudencia en Kant), Crítica. Grijalbo Mondadori, Barna 1999

Título original: La prudence chez Aristote (1963)