dilluns, 11 d’abril de 2016

La prudència es mou en el territori de la contingència (Aristòtil).

“¡Alcalde: todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”
“Una disposición se define por sus actos o por sus objetos” (E.N., IV, 1, 1122b). Mediante esta fórmula, que encontramos a mitad del desarrollo sobre virtudes morales, (…), Aristóteles manifiesta la doble cara de la virtud, que no sólo se define por un cierto tipo de disposición subjetiva, sino también por la referencia a un cierto tipo de situación. (…) El acto virtuoso no sería lo que es, o aquello que debe ser, si las circunstancias fueran otras; y en general, la virtud no sería lo que es, incluso no sería en absoluto, si el mundo fuera distinto del que es.

(…) Allí donde las situaciones no se dan, más aún, allí donde no hay ninguna posibilidad de que se den, tampoco hay razón alguna para que las virtudes morales (valor, justicia, liberalidad …) florezcan. Aristóteles sacará de ello la consecuencia que se sigue rigurosamente (…) : los dioses no son ni justos ni valerosos, ni liberales, ni templados, pues no viven en un mundo en el que se haya de firmar contratos, afrontar peligros, distribuir sumas de dinero o moderar deseos (X, 8, 1178b 9-18). (…)

Hay, pues, un horizonte de la virtud humana en general, como hay un tipo de situación propia a cada virtud particular. Si la definición de este horizonte se ha de buscar en alguna parte, sería evidentemente en la definición del objeto de la virtud de la prudencia, puesto que esta virtud no es una virtud particular, sino la virtud rectora que determina la tarea de las otras virtudes. La prudencia no es sin duda una virtud situada, en el sentido en que lo son las otras, puesto que es ella la que aprecia y juzga las situaciones.  Pero esta función de la prudencia no es posible más que en un horizonte más universal, que es aquel por el cual una situación en general es posible, aquello por lo cual el hombre es un ser en situación que no puede vivir los principios más que en el modo del acontecimiento y de lo singular. A este horizonte Aristóteles le da un nombre, con una insistencia que no parece que los intérpretes de su pensamiento hayan tenido muy en cuenta: la prudencia se mueve en el dominio de lo contingente, es decir, de aquello que puede ser de forma distinta a como es (VI, 5, 1140b 27; 6, 1141a 1; 8, 1141b 9-11). Es por ello que la prudencia se distingue tan claramente de la sabiduría, la cual, en tanto que es una ciencia (VI, 7, 1141a 19), versa sobre lo necesario (VI, 3, 1139b 19ss) y, en tanto que es la más alta de las ciencias (VI, 7, 1141a 16, versa sobre las realidades más inmutables e ignora el mundo del devenir (VI, 13, 1143b 20). (77-79).


Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles, (con un apéndice sobre la prudencia en Kant), Crítica. Grijalbo Mondadori, Barna 1999


Título original: La prudence chez Aristote (1963)