diumenge, 3 d’abril de 2016

El viatge i el despertar de la filosofia.

El Roto

Ustedes y yo vivimos inmersos en una maraña cultural que aceptamos como algo connatural: en España hablamos a gritos en el trabajo, dormimos después de comer, echamos conejo al arroz y no vamos solos a restaurantes. Pero todas esas cosas nos pasan desapercibidas porque lo cotidiano nos resulta invisible. Nuestra percepción, seguramente por buenas y biológicas razones, funciona de otra manera y exige que se produzca un contraste para que se haga clic en nuestra cabeza y algo capture nuestra atención.

Por eso las sorpresas tienen siempre algo relativo. Déjenme poner un ejemplo. Me crié en un pueblo de la costa alicantina, uno bastante pequeño, pero que tenía tres colegios: uno español, uno inglés y otro noruego. Había muchos noruegos en mi pueblo. Por eso cuando viajaba me extrañaba no encontrarlos por ninguna parte. Esa ausencia me resultaba muy inquietante, cosa natural, y me tuvo preocupado un tiempo, hasta que averigüé que los noruegos son una cosa exótica y que lo anormal no era su escasez, sino su abundancia en aquel pueblo mío, un municipio remoto que es la segunda colonia noruega más grande del mundo. Lo que intento decir es que la rutina mata la curiosidad, mientras que lo novedoso la despierta. Por eso yo nunca pregunté de donde salían todos esos noruegos, pero su ausencia me estremeció cuando salí fuera.

Salir «fuera» tiene esa propiedad —nos predispone para la sorpresa— y quizá por eso nos gusta viajar.

Ese es al menos mi caso: viajo para recuperar la capacidad de asombrarme. No voy buscando mirar cosas distintas, sino mirar las cosas de una forma diferente. Si les ocurre como a mi habrán notado que cuando uno está de viaje de repente el mundo se vuelve más interesante. Observas a la gente, hablas con extraños o descubres sabores distintos. Desayunas pensando en tus tostadas. Miras el paisaje con un detenimiento inusual. Te descubres preguntándote por qué las casas no tienen persianas, por qué esta gente no usa cortinas, o por qué los tejados no se inclinan. Te conviertes en uno de esos niños que observan el mundo por primera vez, con los ojos muy abiertos, y que preguntan por qué y por qué de forma incesante. (...)

Hay algo en alejarse, en viajar a otro lugar, que nos transforma en ese niño al que todo le sorprende y que todo lo pregunta, como si de golpe quisiéramos entender el mundo entero en una mañana. Porque hay algo que los niños siempre parecieron intuir, pero que los adultos tendemos a olvidar: que detrás de todas las cosas hay un porqué esperando ser descubierto.

Kiko Llaneras, Por qué viajamos: una explicación parcial, jot down 18/01/2014
http://www.jotdown.es/2014/01/por-que-viajamos-una-explicacion-parcial/