Cervell i democràcia.



Resulta fascinante el debate sobre la psique, el cerebro, la persona y el libre albedrío; tanto, como ser conscientes de que el conocimiento, se asiente donde se asiente, es un factor determinante. De ahí que la importancia de una decisión como el voto nos obligue a la cautela, a no dejarnos llevar por la manipulación del inconsciente mediante el uso de trucos más o menos respetables por parte de los políticos y sus asesores.

Tradicionalmente en España hemos sido poco dados a utilizar las artes de seducción comunes en otros países. Aquí ha primado el inmovilismo. Nos han movilizado grandes líderes, grandes miedos, costumbres, la tradición, la rebeldía o el desgaste, aspectos todos que suelen invitar a elecciones dicotómicas.

En esta elección las cosas son distintas, merced a una situación más inestable, en la que las decisiones se toman más que nunca a la luz de debates, discursos y noticias de última hora. Esto nos hace especialmente vulnerables a la influencia de factores inconscientes o intuitivos en el proceso de toma de decisiones. Y eso se puede evitar: una decisión madura es la razonada, la que ha tenido en cuenta factores ideológicos, educacionales, culturales y personales, pero también un análisis de la situación actual, los problemas de la sociedad, las posibles soluciones y quién o quiénes proponen las que mejor se adaptan a nuestra manera de pensar, que nos aporten un grado razonable de confianza basado en el conocimiento y no en el humo.

Conocer qué mecanismos inconscientes influyen en decisiones aparentemente conscientes nos puede ayudar a tomar una decisión madura.

Existen dos sistemas básicos: el de recompensa y el de aversión a la pérdida o al riesgo. Al activarse el primero tendemos a valorar la “parte positiva” de lo que estamos percibiendo; la corteza prefrontal, consciente, representa el componente más racional de la toma de decisiones, mientras que el núcleo accumbens —no cortical— opera de manera inconsciente. El sistema de aversión a la pérdida se activa en situaciones negativas, de miedo o riesgo, produciendo una sensación desagradable. Al tomar una decisión, buscamos el equilibrio entre estos dos sistemas. Si se activa más el segundo, tenderemos a no tomar esa decisión, y si se activa el de recompensa, diremos sí.

Como cuenta Pedro Bermejo en su libro Quiero tu voto (LID), se han observado diferentes maneras de intentar manipular estos sistemas de forma inconsciente.

El conocido como efecto goggle consiste en la aplicación de un estímulo primario sencillo y placentero, de recompensa —bajar los impuestos—, que predispone positivamente al votante, seguido de un estímulo secundario complejo que es en realidad lo que se está ofreciendo (el programa electoral), ya con la persona positivamente predispuesta a decir sí.

En el efecto halo se atribuye una cualidad del candidato (belleza, saber comunicar…) al programa electoral, de modo que la oferta se ve mejor de lo que realmente es.

El efecto manada es la tendencia del hombre a copiar la conducta de los demás. En el cerebro se activan la amígdala y la ínsula produciendo una sensación desagradable cuando hacemos cosas que se alejan de la conducta de los demás. Aprovechan este efecto eslóganes como “únete a la izquierda”, “un país contigo” o incluso el nombre de algunos partidos, como Popular o Podemos, que buscan brindar sensación de pertenencia e identidad, evitando el estímulo negativo del rechazo. Estas estructuras no actúan de la misma manera: la amígdala se activa cuando hacemos algo al contrario que los demás — de ahí la importancia de tener buenos resultados en las encuestas; invitan a unirse al grupo—. La ínsula se enciende cuando hacemos algo que no está socialmente aceptado (por eso se recurre tanto a la justicia social en el contenido de debates y sonoros mítines).

Relacionado con este está el efecto bandwagon o “de arrastre”: personas que antes no apoyaban a un determinado candidato “se suben al carro” cuando ven multitudes apoyándolo. Se observan subidas meteóricas de intención de voto a partidos prácticamente desconocidos que consiguen de repente invadir la escena política. El efecto underdog o de “simpatía por los perdedores” es obviamente infrecuente. Se trata de la tendencia a votar por aquellos equipos con menos posibilidades de ganar.

Estimular la aversión a la pérdida es una de las tácticas más generalizadas y utilizadas por los partidos mejor posicionados tradicionalmente. Su baza es fomentar el miedo (de hecho, se ha observado un mayor tamaño de la amígdala cerebral en personas de ideología conservadora frente a progresistas).

¿Qué queda al desvestir a partidos y candidatos de métodos de manipulación o influencia? Debería aguardar un esqueleto de ideas y propuestas para solucionar los problemas que a cada uno de nosotros importe. ¿Se creará empleo? ¿Se invertirá más en ciencia y desarrollo? ¿Se desarrollará la industria?

Háganse las preguntas correctas, cada cual las suyas, y quizá logre decidir con madurez a quién votar hoy.

Lola Morón, Los dos hemisferios electorales, El País 20/12/2015

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