Internet i el vincle traumàtic.



Circulaba esta semana por la Red una escena de un libro de Ursula K. LeGuin The Tombs of Atuan— en la que unas jóvenes hambrientas tratan de convencer a un mago de que use sus poderes para conseguir comida. Puedo llamar a un conejo y vendría, les dice él. “Pero ¿serías capaz de atrapar, despellejar y asar a un conejo al que hubieras llamado de ese modo? Quizá si te estuvieras muriendo de hambre. Pero creo que sería una traición a la confianza”. Las chicas no quieren matar a nadie, sólo quieren que haga aparecer una cena. El mago podría hacerlo, les dice. “Incluso servirla en platos de oro, si así lo prefieres. Pero eso sería una ilusión, y cuando te alimentas de ilusiones, acabas con más hambre que antes”.

La metáfora es tan pertinente que parece ad hoc: el contenido sintético está diseñado para excitar tus papilas gustativas pero no tiene fibra, vitaminas, proteínas o aminoácidos esenciales. Cuanto más comes más hambre te da. Esta insatisfacción, que debería ser motivo suficiente para no volver a consumirlo, es sin embargo el secreto de su éxito. En los años noventa, un psicólogo llamado Patrick Carnes le puso nombre al extraño hechizo: vínculo traumático (trauma bond).

El vínculo traumático explica por qué tantas personas viven enganchadas a relaciones de explotación o maltrato. Cuesta entenderlo porque la explicación desafía el sentido común: no lo hacen a pesar del abuso sino precisamente gracias a él. Vuelven una y otra vez a su maltratador como quien vuelve a la máquina tragaperras que se traga todas sus monedas, con la esperanza de que esta vez su lealtad será recompensada con un momento de afecto. Lo perverso del sistema es que la máquina funciona mejor cuando empieza a dar menos premios y los que hay cada vez son peores, porque el proceso degrada tanto los estándares de la persona que, cuando llega el alivio temporal, lo recibe con la intensidad mística de una aparición mariana. Convierten un gesto cotidiano, como acordarse de un cumpleaños, en la prueba de un amor trascendental.

En 2019 publiqué un libro que empezaba describiendo el mismo fenómeno, pero no hablaba de IA sino de la red social. Entonces la máquina todavía daba premios. Había cosas muy interesantes que solo existían en Twitter, Instagram o TikTok, pero el patrón de abuso era ya evidente. Sabíamos que sus opacos algoritmos estaban diseñados para explotar la intimidad de los usuarios, maximizando el tiempo de interacción. Al monetizarse las plataformas, prosperaron dos clases de contenidos: aquellos capaces de generar la máxima interacción con el mínimo presupuesto, y aquellos diseñados por agentes oportunistas para manipular a la población.

El slop es el destilado final de esa cocina: contenido corto, repetitivo, derivativo y fragmentado producido a gran escala, optimizado para viralizarse en pocas horas y, en el peor de los casos, explotar la inestabilidad política y parasitar nuestra vulnerabilidad emocional. Y pudre nuestra capacidad de disfrutar de otras cosas que cuestan dinero producir y esfuerzo consumir, como el periodismo o la literatura. Las relaciones sanas son aburridas y exigen algo más difícil que la sumisión.

Como decía Jung que aquello que permanece inconsciente tiende a dirigirnos, merece la pena entender su extraño mecanismo: no nos captura a pesar de su estupidez sino precisamente por ella. Nos deja tan hambrientos que nos obliga a comer más. Y esa dieta nos degrada hasta que no sabemos comer otra cosa. Por eso se llama brain rot, daño cerebral.

Marta Peirano, Hambre de 'slop', El País 20/07/2026

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