Per què sabem tan poc del cervell humà?

The Neuroscience of Emotion: A New Synthesis : Adolphs, Ralph, Anderson,  David J.: Amazon.es: Libros


Las neuronas o los genes son elementos que han servido más para oscurecer que esclarecer.

Son simplificaciones tan burdas que probablemente no explican nada.

Por eso seguimos sabiendo tan poco sobre el cerebro. Y todavía menos sobre el cuerpo humano. Nuestra ignorancia no consiste únicamente en observar la parte emergida del iceberg mientras el volumen decisivo permanece sumergido; consiste, además, en creer que esa superficie visible contiene ya la gramática de lo oculto, cuando apenas ofrece una serie de correlaciones cuya utilidad práctica no debería confundirse con una comprensión de los mecanismos que las producen.

Ralph Adolphs y David J. Anderson formularon esta limitación con una claridad poco frecuente en The Neuroscience of Emotion. Su ejemplo es deliberadamente prosaico, precisamente porque la evidencia suele esconderse en las analogías más elementales:

Podemos predecir si un coche se mueve o no, y a qué velocidad, “visualizando” su velocímetro. Esto no significa que entendamos cómo funciona un automóvil. Simplemente significa que hemos encontrado algo que podemos medir y que está fuertemente correlacionado con algún aspecto de su funcionamiento. Al igual que con el velocímetro, visualizar la actividad en la amígdala —o en cualquier otra parte del cerebro—, en ausencia de más información, no nos dice nada sobre el mecanismo causal y solo proporciona un “marcador” que puede estar correlacionado con una emoción.

Quizá el error comenzó cuando confundimos las piezas con el proceso. Una neurona aislada explica el pensamiento tanto como una sola molécula de agua explica un huracán. Un gen explica un organismo del mismo modo que una letra explica una tragedia. No porque sean irrelevantes, sino porque pertenecen a un nivel de descripción incapaz de contener el fenómeno que pretendemos capturar.

No podemos entender la biología de la misma forma que entendemos el motor de un coche, o incluso un ordenador.

Los fenómenos biológicos rara vez obedecen a una única causa. Surgen de redes tan densas de interacciones que cada intento de aislar uno de sus componentes altera el fenómeno que pretendemos comprender. La vida no parece organizada como una máquina, sino como un proceso que se reescribe sin cesar a sí mismo.

Esta constatación contrasta con una de las convicciones más arraigadas de la ciencia moderna: la idea, formulada por Isaac Newton, de que «la verdad siempre se encuentra en la simplicidad, y no en la multiplicidad y confusión de las cosas». Más que una observación metodológica, esta afirmación terminó convirtiéndose en un auténtico principio rector. La búsqueda de la explicación más simple pasó a identificarse con la búsqueda de la explicación más verdadera.

Newton heredó esa fe de René Descartes. Para el filósofo francés, el universo era un mecanismo de relojería. Comprender significaba desmontar. Separar cada engranaje, examinarlo con cuidado y volver a ensamblar el conjunto hasta que el movimiento del todo pudiera deducirse del comportamiento de sus partes. El reduccionismo nació de esa intuición extraordinariamente fecunda. Durante siglos pareció una llave capaz de abrir cualquier puerta.

La biología no fue inmune a ese hechizo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el éxito de la física alimentó la esperanza de que los organismos vivos acabarían revelando una simplicidad semejante. Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN, formuló ese programa con una claridad casi absoluta: «El objetivo último del movimiento moderno en biología es explicar toda la biología en términos de física y química».

La historia posterior, sin embargo, ha resultado bastante menos cartesiana de lo que Crick imaginaba. Cuanto más profundamente hemos penetrado en la organización de los sistemas vivos, más evidente se ha hecho que conocer todas las piezas no basta para comprender el comportamiento del conjunto. La biología no ha dejado de ser física y química; lo que ha dejado de parecer plausible es que la física y la química, por sí solas, agoten la explicación de los fenómenos biológicos complejos.

Sin embargo, la neurociencia actual continúa esquivando esa cuestión. A pesar de las evidencias que afloran con cada nuevo hallazgo, la tradición mecanicista iniciada por los Principia Mathematica de Newton (posiblemente el logro científico más influyente de la historia) constituye una fuerza conceptual fundamental en la forma de pensar de los neurocientíficos. Si bien muchos biólogos consideran que su campo de estudio es distinto de la física, por ejemplo, la práctica científica continúa moldeada en gran medida por un enfoque mecanicista...


Sergio Parra, Si crees entender el cerebro es que no lo entiendes (y nunca lo podrás entender) , Sapienciología 10/07/2026

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