Sobre la mort voluntària,






Sin duda, tanto la eutanasia como el suicidio asistido provocan tensión social. De entrada, desgarro en las personas ‘‘con un intenso vínculo afectivo’’ (expresión del alto tribunal), las cuales, aun entendiendo la petición de acabar con el sufrimiento (psíquico o físico), sienten quedar privadas de un ser humano próximo, o confían en que, por dramática que sea la situación, si no tira la toalla, la persona hoy carente de amor a la vida, acabará encontrando razones para estimarla. Esta tensión se extiende a los ciudadanos en general, pero sobre todo a las instancias jurídicas y legislativas, sometidas a razones contrapuestas. Pues aun haciendo abstracción de eventuales convicciones religiosas (con peso jurídico otrora, pero sin sentido en un estado formalmente laico) según los cuales solo quien nos dio la vida tiene derecho a quitárnosla, el dilema está entre el respeto a la voluntad individual y un argumento sin duda de peso: el ser humano es un animal social, en el sentido más radical, pues no sólo se relaciona con los demás, sino que es en sí mismo el nudo constituido por estas relaciones. Siendo la colectividad lo que configura la identidad del sujeto, esta tendría derecho a considerar conveniente su persistencia, al igual que considera conveniente su eventual sacrificio en el campo de batalla. De hecho, esto está en la base del derecho en los países que toleran la pena de muerte. Esta se aplica a un reo, pero no se permite que el reo tome la decisión por sí mismo. Caso de que la condena a muerte se sustituya a última hora por la cadena perpetua, si el reo manifiesta su preferencia por la pena capital, su demanda no será atendida, y ello en razón de esa teórica ilegitimidad de que alguien decida sobre su propia vida.

En suma, es bien comprensible que la sociedad se pregunte hasta qué punto es legítimo que un miembro de la misma por así decirlo deserte, sobre todo en los casos en los que la voluntad de morir es independiente de todo mal físico o psíquico reductor de la capacidad del individuo para servir a la sociedad. Preocupación que puede pesar en el ánimo del propio sujeto, aunque esta no sea para él la primera causa de desgarro interno provocado por su decisión. Y aquí reside el meollo de la cuestión que estoy planteando:

‘‘Mi principio es el suicidio, jamás consumado, que no consumaré jamás’’ escribía Cesare Pavese. Sabido es que, en el caso del poeta italiano sí se consumó el proyecto, pero podría perfectamente no haberse consumado, pues la desazón respecto a la idea de prescindir de la propia vida no es una contingencia, sino un resultado de una quiebra inherente a la idea misma. El sujeto no puede estar seguro de que su decisión refleja una conformidad de todas sus facultades conscientes o inconscientes. Nadie puede sin enorme tensión asumir la perspectiva de su propia muerte. Si expulsas durante el día la lucidez sobre lo que la muerte supone, esa lucidez se vengará quizás retornado en la noche. Retornado en esos sueños de cuya veraz fuerza el sujeto no duda, precisamente porque su voluntad es impotente para fijarlos, pues si efectivamente “no puedes siempre obtener lo que deseas”, de hecho, no cabe soñar lo que conviene. La persona mayormente dispuesta a renunciar a su vida de día, puede perfectamente percibir lo punzante del proyecto tras un despertar de un sueño angustioso del que directa o indirectamente la idea de la propia muerte formaba parte.

Quisiera al respecto evocar un momento de En busca del Tiempo perdido El Narrador se adentra sigilosamente en el cuarto de su tía anciana y enferma, percibiendo que esta se despierta con gesto de angustia. Regresaba sin duda de una de sus tremendas pesadillas. El rostro sin embargo se va tranquilizando y hasta dulcificando: ‘‘esbozó una sonrisa de alegría, de piadoso agradecimiento a Dios que permite que la vida sea menos cruel que los sueños’’.

Y, sin embargo, pese a esa interna confrontación, o quizás en razón de la misma, hay razones para considerar que la idea de la muerte voluntaria es inherente a la singularidad de la condición humana y forma parte de su dignidad. La aparición del ser humano constituyó una radical emergencia en la historia evolutiva que le hace irreductible a la mera necesidad natural, corolario de lo cual es que no siente la muerte como resultado de un proceso meramente biológico. En ocasiones he citado aquí mismo los versos de Octavio Paz: ‘‘Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal’’. Siendo el animal que se sabe tal, es lícito que el ser humano, en la certeza de su propia muerte, llegue a considerar su derecho a prescindir de ese su ser biológico, fundamento de sus facultades cognoscitivas y creativas, pero también – en la acción del tiempo- devastador de las mismas. Se tome o no la decisión de llevarla a cabo, la idea de avanzarse a la inevitable muerte natural, está en todos los humanos, constituyendo, por así decirlo, un universal antropológico.

Es posible que la persona tensada por la idea de la muerte voluntaria finalmente decida permanecer en vida, pero en todo caso la variable ha de ser cuál de los polos de la interna polaridad prevalece. Constatamos por el contrario que, en ocasiones, llevar al acto una decisión sobre la propia vida depende de la deliberación de jueces y de especialistas clínicos (a veces con un sesgo tendiente a percibir síntomas de psicosis, depresión, trastorno bipolar u otra categoría de la nomenclatura psiquiátrica), siendo variable menor la decisión tomada por el sujeto de considerar que su vida ya no vale la pena.

Hace años una película se hizo célebre por su puesta en evidencia de la perturbación que supone en la conciencia ciudadana la sospecha de que funcionarios controlan ‘‘la vida de los otros’’. Pues bien, quizás no es menos perturbador el saber que esos mismos funcionarios están atentos a la conveniencia o inconveniencia de ‘‘la muerte de los otros’’. Y vuelvo al caso de Noelia Castillo. Su paraplejia había sido resultado de una tentativa fallida de suicidio, precipitándose desde un cuarto piso. Los casos análogos son incontables. Ante las dificultades para pasar al acto pública y conscientemente, con ayuda de la propia sociedad, la muerte voluntaria se hace en la clandestinidad, sin medios o con medios desesperados, sin, por ejemplo, las píldoras que exigen receta, de las cuales sólo los médicos disponen. El suicidio en la oscuridad y el abandono, en la antítesis de esa abierta y trágica asunción del inevitable fin que caracteriza a ciertas civilizaciones. Tengo en la memoria la escena final de un film de Nicolas Ray en el que la anciana de la comunidad Inuit, se retira con su trineo a un paraje alejado del Iglú, la casa común que siente no poder ya contribuir a ordenar y enriquecer.

Y un último apunte. Una oda marítima de cuya autoría no hay seguridad evoca la soledad en la que muere el marino (the sailor rests alone). Pues bien, se acompaña al que desea morir o eventualmente se acentúa el sufrimiento al impedirle hacerlo, pero, se trate o no de muerte voluntaria, la presencia exterior se esfuma en la muerte misma. Cabe sospechar que en los momentos álgidos de la vida humana, la soledad impera: quizás se escribe solo (tratándose de una metáfora que recrea el lenguaje), se piensa solo (tratándose de una fórmula que revoluciona el conocimiento), pero desde luego se muere solo. Solidaridad es el respeto a quien decide avanzar ese momento punzante.

Victor Gómez Pin, Uno muere solo, El Boomeran(g) 02/07/2026

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