Amenaces a la democràcia: entre la tendència tecnocrática i la tendència etnocràtica.
En el debate sobre eso que se llama «retorno de la religión» habría que tener presente algo que es ya casi estructural en nuestra contemporaneidad, la relación entre técnica, religión y nihilismo o vaciamiento de todos los valores. Bien puede decirse que cuando la técnica misma se convierte en un absoluto en función del cual lo demás se dispone y se legitima, entonces no solo cumple funciones ideológicas sino que en sí misma se torna en religión, adopta caracteres de sacralidad. Un sociólogo y teólogo como Jacques Ellul decía, muy acertadamente, que la técnica se tornaba religión a partir de su propia estructura, pues la técnica significa a partir de un momento un entorno total, no solo es el instrumento técnico, y entonces ella es la proveedora de orientación, de ritos, de salvación; ofrece lo que toda religión y su única Ley y mandamiento es la eficiencia.
Mucho antes, Max Weber nos había mostrado cómo la racionalización y tecnologización del mundo había sido una forma de su desencantamiento, de que como tal habría significado una pérdida de sentido y finalmente la instauración de una coraza acerada o jaula de hierro en que los hombres perdían su libertad. Otros, de Weil a Horkheimer y Adorno, abundaron en la idea de que la conversión de todo en medio para un fin subjetivo terminaba en la supremacía del medio sobre el fin, en una instrumentalidad que se autonomizaba; el medio se tornaba en medio para sí. Esta era la cara más arrasadora de una razón instrumental incapaz de reflexionar sobre los fines, sobre valores. La tecnologización, llegados al punto de su extensión a todo, naturaleza, sociedad y subjetividad, se movería en el vacío de su propia dominación. Por esta senda el nihilismo llegaba a su culminación.
Esto implicaba una inquietante paradoja, pues la técnica era generadora de ideología y de legitimidad (Habermas). La eficiencia, la misma instrumentalidad podía operar como ideología justificadora de cualquier ámbito en el que se aplicara. Paradójicamente lo que en sí mismo es vacío podía acabar imponiéndose como el valor de valores; de la misma manera que el dinero, o el valor de cambio. Los medios como justificación de los medios de todo su ámbito.
Estamos en un momento de aceleración y gran salto tecnológico como evidenciaron en su momento un par de manifiestos salidos de filósofos tecnologistas, que nos invitan a pensar en esa convergencia de técnica, mito y religión. Atrás ha quedado el conocido Manifiesto Transhumanista, de 1998 (Nick Bostrom, David Pearce, etc), con renovaciones posteriores. En definitiva, venía a confiar en la técnica la obtención de una inteligencia superior, de la mejora moral, intelectual y material, de una vida sin enfermedad y sumamente larga sino la inmortalidad, de un nuevo ser ya posthumano. Objetivos que se conseguirían a través de las tecnologías o tecnociencias de la mejora humana, las llamadas NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, tecnologías de la Información y Ciencias cognitivas). Sus autores continuaban de ese modo una veta ilustrada e inmanentista, pero el fondo del planteamiento con su diagnóstico del hombre finito y limitado necesitado de mejora, la técnica redentora y la salvación prometida en el horizonte, con todo su aparato de alcance del dominio humano, de génesis de un nuevo ser, hacía difícil no evocar las trazas del mito y de la religión en una versión secularizadora.
Hace un par de meses un segundo manifiesto tecnologista pero de muy distinto carácter golpeó las mentes de sus lectores. Su procedencia era la compañía de servicios de IA, Palantir, de la que es cofundador el ideólogo Peter Thiel. Sus autores inmediatos eran el propio CEO de la empresa, el filósofo A. C. Karp y otro alto cargo de la misma, N. W. Zamiska, autores de La república tecnológica. En el manifiesto se pretende justificar el fin de la democracia, que se habría revelado un régimen fallido en nuestra coyuntura histórica, el fin de la sociedad plural, blanda, incapaz de enfrentarse a sus retos. Lo planteado en el manifiesto podemos verlo reflejado en claves teológicopolíticas de cierto bagaje schmittiano, pero sin la profundidad del alemán, en el pensamiento de Thiel. El mal hoy, según él, no se da en nada de apariencia monstruosa. Todo lo que es el pensamiento crítico acerca de la técnica, que hoy se focalizaría en el intento de regular el desarrollo de la IA, representaría, para Thiel, la encarnación del Anticristo, una oposición al progreso de la ciencia y de la tecnología.Ese adversario, según él, explotaría ideológicamente los llamados riesgos existenciales, agitando los «fantasmas» del cambio climático, la guerra nuclear, el dominio de la IA sobre el ser humano. Su vencimiento representaría un verdadero Armagedon, la batalla final entre el bien y el mal según el Apocalipsis. Si triunfara esa oposición crítica, piensa Thiel, nos llevaría a un estado de estancamiento y regresión, a una «paz injusta»; nos conduciría a un régimen de seguridad sin libertad, a la configuración de un Estado mundial tiránico. Estados Unidos, de no seguir su parecer, podría servir de núcleo para ese Estado y política. Pero también para lo contrario, para encarnar el Katechon, esto es la fuerza que se oponga al fin del mundo, al Anticristo. Para ello debiera seguir el camino que proponen Thiel, Karp, Zamiska: implicación de la alta tech de Silicon Valley con el ejército, el Pentágono, abandonando su servicio al consumo y ponerse al servicio de la gran defensa de EE.UU. y su dominio mundial; debería dejarse atrás toda la ideología del relativismo cultural, del individualismo político, del pluralismo, de la democracia.El nuevo nomos de la tierra (Schmitt) vendría, según todo esto, dictado por esta rivalidad, que actualmente confrontaría a EE. UU con China, la representante del Caos. Solo cabría alinearse de un lado o del otro, del de la fuerza del katechon o del Anticristo.
Thiel sostiene, por lo demás, una especie de estructura gnóstica, que divide la sociedad entre la élite de los que saben, porque han comprendido las claves que rigen el mundo (deseo mimético, katechon, naturaleza del Anticristo), y el resto ignorante que viviría en la ilusión de la igualdad y la democracia. Si René Girard, del que fuera discípulo Thiel, veía en el Apocalipsis no profecía alguna de gran catástrofe cósmica, sino el desvelamiento del mecanismo sacrificial oculto en la marcha de la historia, el fin de la función del chivo expiatorio, pues este con la muerte de Cristo se habría revelado inocente, no un mal contra el que se pudiesen concitar todas las iras, Thiel usa por el contrario, los esquemas apocalípticos como medio de justificación política de una dictadura en manos de una oligarquía tecnocrática.
Mientras el transhumanismo se ha ramificado en formas políticas diversas –N. Bostrom se ha situado en la perspectiva moral del largoplacismo y solo confía ya en un poder mundial coordinado que hiciera frente a una protección de la humanidad futura más que de la presente, lo que implicaría regular la IA–, P. Thiel, en el polo opuesto a las preocupaciones político-sociales de Bostrom, adopta una posición teológico política de dictadura tecnocrática, una forma especial de retorno de lo religioso en el medio que por definición más había contribuido al nihilismo, y de significado político próximo al identitarianismo religioso que impulsa la ultraderecha.
Al respecto de la convergencia entre ultraderecha y tecnocracia, podría decirse, usando claves de Donatella di Cesare, que si Thiel, sostendría el ideal de la technē, una línea tecnocrática, la ultraderecha en general hace lo propio con respecto al ethnos, una línea etnocrática. La democracia sería erosionada por ambas líneas: desde arriba por la tendencia tecnocrática, por abajo con la tendencia etnocrática. El elemento religioso en ambas confiere, curiosamente, una aportación externa de Sentido en medio de un tiempo de nihilismo y desecación. Ambas comportan una sacralización regresiva; una apuntando al futuro prometedor que la propia técnica conlleva frente a tanta incertidumbre; la otra, nostálgica, mirando hacia el pasado, al supuesto origen puro.
Jorge Álvarez Yagüez, Técnica y religión. Tecnocracia y etnocracia, Faro de Vigo 27/06/2026
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