Contra el futur.


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Quienes creen que pueden predecir el futuro suelen cometer un error de perspectiva. Confunden la capacidad de explicar el pasado con la capacidad de anticipar el porvenir. La geología es un buen recordatorio de ello. Hoy podemos reconstruir con bastante precisión cómo se levantaron los Apalaches porque disponemos de las huellas finales del proceso. Pero ningún geólogo situado hace 470 millones de años habría podido deducir la forma exacta que adquiriría la cordillera cientos de millones de años después. La explicación retrospectiva es mucho más fácil que la predicción prospectiva.

Predecir el futuro es tan estéril como tratar de moldearlo. No basta tampoco con imaginar una utopía, o cualquier otro escenario mejor al nuestro, para que este sea no solo alcanzable, sino incluso deseable.

La primera objeción es epistemológica. Una utopía es, por definición, una simplificación extrema de un sistema cuya complejidad ningún individuo puede abarcar. Para imaginar un estado futuro deseable tenemos que congelar miles de variables, ignorar millones de interacciones y asumir que conocemos los efectos de nuestras intervenciones. Es una maqueta mental de un organismo vivo. Cuanto más detallada parece, más información ha omitido.

La segunda objeción es dinámica. Los sistemas complejos no evolucionan siguiendo un plano arquitectónico. Evolucionan mediante millones de adaptaciones locales. Las ciudades no fueron diseñadas por un único urbanista. Las lenguas no fueron inventadas por un lingüista. El derecho consuetudinario, el dinero, la ciencia o internet tampoco surgieron porque alguien imaginara su forma final. Son el resultado de innumerables correcciones descentralizadas. El futuro no se descubre al final de un mapa, sino mientras se recorre el terreno. Nadie tiene ni repajolera idea de lo que pasará con la IA dentro de cinco años porque estamos en pleno proceso de recorrer el terreno. Un terreno nuevo y lleno de accidentes invisibles.

La tercera objeción es evolutiva. La evolución nunca persigue un estado perfecto. No existe una jirafa ideal hacia la que tienda la selección natural. Solo existen adaptaciones provisionales a circunstancias cambiantes. Pretender que las sociedades sí pueden perseguir un estado final perfecto equivale a atribuir a los planificadores una capacidad de conocimiento superior a la de la propia evolución.

Es cierto que la hiperstición sostiene que ciertas ficciones pueden contribuir a hacerse realidad porque coordinan expectativas y comportamientos. Eso puede ser verdad en algunos casos. Una profecía económica, una moda o una moneda funcionan parcialmente así. Pero ese mecanismo no demuestra que cualquier visión del futuro sea deseable ni que una utopía detallada sea alcanzable. También las burbujas financieras, las teorías conspirativas o los totalitarismos son hipersticiones exitosas durante un tiempo. El hecho de que una ficción movilice a la gente no dice nada sobre la calidad del mundo que produce.

Y siempre (o casi siempre) que perseguimos la visión de una persona o un grupo de ellas esta suele esconder pesadillas que no somos capaces de anticipar desde nuestro tiempo. Una utopía da por sentado muchas ideas, definiciones y etiquetas, desde «progreso» hasta «bienestar», sin contar otras muchas que son fundamentalmente porosas, lisológicas, imposibles de uniformizar para todos en todos los lugares. Antes conviene acordar muchos conceptos, y eso resulta imposible. Es un poco como tratar de responder a ese juego filosófico clásico: Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?» Para empezar a responder a esa pregunta, primero debes definir «sonido»:

a) Como oscilaciones de la presión del aire.

b) Como ondas mecánicas registradas por el oído y procesadas por el cerebro.

La definición trae aparejada una respuesta totalmente diferente. Los marcos mentales, los fundamentos morales y las cosmovisiones, también. Por esa razón, también, toda utopía es necesariamente una distopía (al menos para algunos, en algún momento y en en algún lugar). Ninguna mente individual puede anticipar la inmensa red de consecuencias, compensaciones e interacciones que emerge cuando millones de personas persiguen fines diferentes. La utopía nace, así, de una confianza desmedida en la capacidad de una visión particular para ordenar una realidad que siempre es más rica, más imprevisible y más descentralizada que cualquier diseño concebido desde arriba. En ese sentido, toda utopía es también un acto de arrogancia. Presupone que alguien puede sustituir el orden espontáneo de la sociedad por un plano cuidadosamente dibujado, como si una civilización pudiera construirse del mismo modo que se proyecta un edificio.

Así que, por favor, dejemos de imaginar utopías. Y menos aún si esa utopía funciona como la zanahoria que cuelga a escasos centímetros del belfo del burro. No solo porque esa zanahoria puede resultar indigesta para algunos o porque ni siquiera todos los burros desean el mismo alimento. El verdadero problema es otro. Cuando caminamos obsesionados con una meta imaginaria, dejamos de prestar atención al terreno que pisamos. La mirada fija en el horizonte nos vuelve ciegos a las oportunidades, los aprendizajes y los desvíos fértiles que aparecen durante el trayecto. Las mejores sociedades no suelen surgir porque alguien supiera adónde había que llegar, sino porque millones de personas fueron corrigiendo el rumbo sobre la marcha.

Por consiguiente, en sistemas complejos como es el devenir social quizá el objetivo no deba consistir en acercarse a un destino, sino en mantener abierta la capacidad de corregir el rumbo. Una sociedad inteligente no es la que sabe adónde va dentro de cien años, sino la que puede detectar rápidamente sus errores y rectificarlos.

No caminamos hacia una ciudad que vemos en el horizonte. Caminamos de noche con una linterna. La inteligencia no consiste en iluminar el final del camino, sino los dos o tres metros que tenemos delante. Cada paso modifica ligeramente el paisaje, de modo que el siguiente nunca puede decidirse de antemano.

Las utopías son mapas dibujados desde un despacho. Las civilizaciones son senderos que se descubren caminando. En un sistema complejo, la mejor estrategia no es avanzar hacia una meta lejana, sino maximizar la capacidad de cambiar de dirección. El progreso no suele parecerse a una flecha. Se parece mucho más a un zigzagueo.

Sí, necesitamos un estímulo para avanzar. Pero es un error que ese estímulo sea una meta a largo plazo. Las metas a largo plazo existe, si acaso, para dejar de seguirlas en cuanto descubrimos atajo hacia otro lugar. Y ciertamente la especie humana puede llegar a obsesionarse fácilmente con las metas porque reducen la incertidumbre, que es precisamente la zanahoria que deberíamos venerar.

Sergio Parra, Predice esto, crack, Sapienciología 27/06/2026

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