Apocalipsi i tecnopolítica.


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¿Qué tienen en común Silicon Valley, Trump 2.0 y el Anticristo? La respuesta apunta a un solo hombre que ha acaparado titulares recientemente: el magnate tecnológico, capitalista de riesgo y aceleracionista Peter Thiel. Conocido por cofundar PayPal, Thiel se hizo célebre por apoyar a Donald Trump en 2016. Más recientemente, sus conferencias sobre el Anticristo generaron controversias que llevaron al Vaticano a distanciarse de sus opiniones sobre el fin de los tiempos. Más allá de las divisiones religiosas y políticas,
muchos se han planteado las mismas preguntas: ¿quién es Peter Thiel? ¿Qué pretende? ¿Existe una lógica
coherente que conecte sus inversiones tecnológicas, su política de extrema derecha y su cosmovisión
apocalíptica?

A primera vista, el hilo conductor resulta esquivo. Las inversiones en las grandes tecnológicas de Silicon
Valley difícilmente se concilian con las creencias cristianas fundamentalistas. Como magnate tecnológico que hizo fortuna cofundando PayPal y siendo el primer inversor externo en Facebook, Thiel es habitualmente considerado un libertario de derechas: un capitalista de riesgo que se opone a toda intervención gubernamental que pueda frenar su visión del progreso tecnológico. Como transhumanista, está orientado hacia el futuro; como contrarian, hacia las ideas originales; como aceleracionista, hacia la velocidad misma.

Sin embargo, aun mirando hacia delante, Thiel está acosado por su propia mortalidad. Ha calificado la muerte de «error en el programa» y se ha inscrito para que su cuerpo sea preservado criogénicamente. Paradójicamente, su fe transhumanista en la salvación tecnológica futura lo ha empujado de vuelta hacia las creencias cristianas de salvación orientadas al pasado. Si el error mata el programa en la Tierra, razona, la Segunda Venida de Cristo salvará su alma en el Cielo, siempre que el Anticristo no llegue antes. De ahí sus advertencias en Roma. Si nos adentramos en su formación estadounidense, la divisoria entre pensamiento y acción, teoría y práctica, intelectual y empresario comienza a difuminarse. A finales de los ochenta y principios de los noventa, Thiel estudió filosofía y derecho en la Universidad de Stanford. Fue un periodo formativo decisivo. A pesar de estar en desacuerdo con la política progresista de la universidad, cayó bajo el hechizo de un teórico literario francés con un interés permanente en la imitación, la violencia y la religión. Se llamaba René Girard.

Una de las figuras menos conocidas de la Teoría Francesa que dominó las humanidades en los años ochenta y noventa, Girard permaneció a la sombra de contemporáneos más influyentes como Jacques Derrida, Michel Foucault y Gilles Deleuze en el siglo pasado. Sin embargo, tras los ataques terroristas y las guerras en escalada, su obra ha suscitado una atención renovada en el presente siglo. Girard es conocido por desarrollar una teoría de la mímesis (imitación) que conduce a la rivalidad y la violencia. También contempla la posibilidad de fines apocalípticos del mundo. Si Foucault afirmó célebremente que nuestro siglo sería deleuziano, Thiel es un síntoma que indica que este siglo podría ser girardiano.

¿En qué dirección debemos leer la conexión Thiel-Girard? ¿Ilumina la teoría mimética la lógica de las inversiones de Thiel en las redes sociales (Facebook) y la minería de datos (Palantir), incluyendo sus preocupaciones apocalípticas (el Anticristo)? ¿O es Thiel mismo un síntoma mimético de una teoría deinspiración cristiana, marginada durante las guerras teóricas de los años ochenta pero que ahora proyectasombras sobre guerras reales? Quizá ambas cosas.

Girard no es Thiel y no debe confundirse con él. Como han señalado los girardianos bien informados, la apropiación que hace Thiel de la teoría mimética es tanto intelectualmente problemática como políticamente engañosa. A pesar de sus opiniones apocalípticas, Girard nunca perdió la fe en la democracia. Thiel, por el contrario, declaró en 2009 que ya «no cree que la libertad y la democracia sean compatibles». La tendencia dentro de los estudios girardianos ha sido, en consecuencia, mantener la distancia entre discípulo y maestro. El nombre de Thiel no aparece ni una sola vez en la biografía de mil páginas de Girard escrita por Benoît Chantre, publicada por Grasset en 2023.

Sin embargo, la relación entre ambos nunca ha sido un secreto, y resulta cada vez más difícil ignorarla. En
numerosas entrevistas, Thiel reconoce directamente la teoría mimética de Girard como una influencia formativa en su Weltanschauung religiosa, sus inversiones tecnológicas y su política de extrema derecha. Thiel es posiblemente uno de los herederos más influyentes de Girard quien, sin saberlo su maestro, puso la teoría mimética al servicio del uso y abuso tecnopolítico. Como mínimo, merece cierta atención.

Si Thiel es un síntoma, el diagnóstico concierne a una lógica mimética –lo que yo llamo una pato-lógica, una lógica del afecto– que se apresuró a aprovechar tanto para fines tecnocapitalistas como políticos. La lógica mimética de las redes sociales en particular genera fenómenos contagiosos en línea que resuenan de manera llamativa con la teoría mimética. Thiel percibió esa conexión ya en 2004 y puso la teoría del deseo mimético de Girard al servicio capitalista cuando invirtió en una empresa emergente llamada Facebook.

¿Cuál es el vínculo entre Facebook y la teoría mimética? Girard sostenía que los deseos humanos no son
originales; son imitativos, modelados por figuras que admiramos. Descartando el individualismo como una mentira romántica, llamó a esto «deseo mimético», la intuición central de su primer libro, Mensonge
Romantique et Vérité Romanesque (1961). Thiel captó de inmediato el vínculo entre la lógica mimética y
Facebook. Mark Zuckerberg había concebido inicialmente la plataforma como una herramienta para clasificar el «atractivo» de las estudiantes de Harvard: una máquina para generar deseo mimético. Zuckerberg añadió el botón «me gusta» en 2009. Esto permitiría a todos ver una demostración de admiración por los modelos, amplificando el deseo mimético de que les guste lo que a ellos les gusta. De ahí la tardía designación de Girard como «padrino del Me gusta».

En su crítica literaria, Girard se centró en fenómenos psicológicos relacionales como la envidia, el resentimiento, los celos y la rivalidad causados por los deseos miméticos de los protagonistas de las novelas románticas. A diferencia de Girard, a Thiel no le preocupaban las consecuencias patológicas de las redes sociales. No es de extrañar que esto sea precisamente en lo que se convirtieron las redes sociales como Facebook –y más tarde Twitter, ahora X–: difusoras de mentiras, rivalidades y violencia miméticas en línea, tal como Girard predijo. Los estudios miméticos van más lejos y añaden que la violencia en línea impulsadampor algoritmos que refuerzan las creencias preexistentes tiene el poder mimético, o como yo lo denomino, hipermimético, de generar chivos expiatorios en el mundo real fuera de línea. El papel de Facebook en el genocidio rohinyá en Myanmar es sólo el ejemplo más flagrante. Pero las críticas a la violencia política no son el fuerte de Thiel.

Al contrario, la violencia política y la disrupción democrática pueden ayudar al proyecto aceleracionista de Thiel. De hecho, no sólo fue uno de los principales apoyos de Trump en 2016. También se apoyó indirectamente en la teoría mimética para proyectar una sombra sobre Trump 2.0. Como jugador de ajedrez estratégico –Thiel es un jugador profesional de ajedrez rápido– lo hizo indirectamente esta vez. ¿Cómo? Utilizando un caballo de Troya para realizar un movimiento con potenciales consecuencias a larga distancia.

Dado que los estudios miméticos rastrean conexiones históricas que miran hacia el pasado para advertir sobre los peligros por venir, permítanme retroceder. Thiel pronunció una conferencia en la Facultad de Derecho de Yale en 2011, introduciendo la teoría mimética a los estudiantes de derecho. Entre los presentes se encontraba un joven de origen obrero no ajeno a las técnicas miméticas del camuflaje, tal como describió en sus memorias, Hillbilly Elegy [Elegía campesina] (2016). Se llamaba J. D. Vance. Más tarde calificó la conferencia de Thiel como el acontecimiento más significativo de su tiempo en Yale, y no sin razón. Thiel no sólo convirtió a Vance al girardismo; su conferencia también lo convirtió al catolicismo. Pero hay más. Thiel también fue el primer empleador de Vance. Luego donó un récord de quinientos millones de dólares para apoyar la entrada de Vance en política como senador por Ohio. Por último, Thiel utilizó su influencia sobre Trump para asegurar la nominación de Vance como vicepresidente en 2025. El tributo de Vance no fue, pues, una exageración. También nos da una idea del tipo de influencia política que Thiel ejerce entre bastidores. Mi afirmación sobre la sombra que la teoría mimética está proyectando actualmente sobre nuestro siglo tampoco fue una exageración.

Insisto: Girard no es Thiel, ni mucho menos Vance. Habría condenado el uso que hace Vance de la teoría
mimética para generar triángulos de rivalidad que se escalan (piénsese en la visita de Zelenski al Despacho Oval), o su promoción de mentiras que generan mecanismos de chivo expiatorio contra las minorías (piénsese en el meme de que los inmigrantes haitianos comen gatos y perros). Sin embargo, la vertiente apocalíptica de Girard siguió configurando el pensamiento de Thiel mucho después de sus estudios, enredando la religión, la política de extrema derecha y la tecnología con implicaciones para el presente y el futuro.

En 2004, Thiel coorganizó una conferencia sobre la obra de Girard, cuyas contribuciones se publicaron posteriormente en un volumen titulado Politics & Apocalypse [Política y Apocalipsis] (2007). Girard, que había alcanzado la madurez intelectual en medio de la escalada nuclear, advirtió en sus últimos años contra lo que llamó la deriva de la humanidad hacia la catástrofe. En Battling to the End [Clausewitz en los extremos] (2007), escribió sobre «la inminencia de la Segunda Venida».

Mucho antes de sus conferencias sobre el Anticristo, la Segunda Venida había estado rondando la mente de Thiel. En su contribución a ese volumen, titulada «The Straussian Moment», abre con una provocación: «El siglo xxi comenzó con un estallido el 11 de septiembre de 2001». Ese estallido agudizó sus tendencias
antidemocráticas, su aceleracionismo tecnológico y su sensibilidad apocalíptica. También condujo a su apoyo a Trump, su promoción de Vance y su postura antidemocrática. El problema intelectual al que se enfrenta Thiel en su capítulo es uno mimético: si la violencia desencadena violencia en un ciclo de escalada, ¿cómo puede Estados Unidos responder a la violencia terrorista sin convertirse miméticamente en el enemigo que pretenden derrotar? La respuesta de Thiel no se apoya en Girard sino en un pasaje del filósofo conservador Leo Strauss: «La sociedad más justa no puede sobrevivir sin inteligencia, es decir, sin espionaje», incluso cuando el espionaje requiere «una suspensión de ciertas reglas del derecho natural».

Las fechas importan. El argumento de Thiel a favor de la tecnología de vigilancia se formuló en 2004, tras el 11-S. Pero es menos un programa para las tecnologías por venir que una descripción de tecnologías ya en marcha. En 2003, Thiel había cofundado (con Alex Karp) precisamente tal tecnología de espionaje: una
empresa de minería de datos que denominó Palantir, en referencia a las piedras videntes de El Señor de los
Anillos. Si Facebook es un espejo del deseo mimético humano, Palantir es un espejo que no sólo ve hacia el futuro sino que integra datos anteriormente dispersos (lo que ellos llaman «plomería») mientras propone cursos de acción, incluyendo acciones militares soberanas que implican la suspensión de los derechos naturales, tal como ha evidenciado el uso que hace el ICE de la plataforma contra los inmigrantes. Es cierto que tanto Thiel como Karp insisten en que la plataforma la utilizan «amigos» para promover fines democráticos. Pero ¿quién garantiza que no pueda ser capturada por los enemigos de la democracia para fines totalitarios? Desde luego no Thiel, cuya postura contra la democracia es explícita.

¿Quién es, entonces, el Anticristo? El modelo de Thiel aquí no es Girard sino el jurista nazi Carl Schmitt, otro pensador formado en teología. Siguiendo a Schmitt, Thiel advierte que el Anticristo llegará bajo el estandarte de «paz y seguridad», la rúbrica, en su relato, de quienes abogan por frenar la aceleración por medios democráticos en respuesta al cambio climático o a los riesgos de la inteligencia general artificial, por ejemplo. Piénsese en Greta Thunberg, o en el filósofo Nick Bostrom. El Anticristo es el enemigo de la velocidad. Es una elección reveladora: para alguien que se autoproclama contrarian, Thiel resulta ser del todo derivativo.

En definitiva, lo que es cierto de Musk es cierto de Thiel, Karp y muchos de sus compañeros tech-bros, todos los cuales proyectan una doble sombra de neofascismo y tecnosoberanía sobre el presente y el futuro. Pero en el caso de Thiel, ahora podemos entender que estos síntomas no pueden separarse de su formación intelectual –o más bien, mimética. No está solo entre los tech-bros en este sentido. Karp también estudió filosofía: posee un doctorado por la Universidad Goethe de Fráncfort. También publicó un Manifiesto Palantir en X promoviendo la tecnosoberanía nacional de la IA, articulada en un libro llamado The Technological Republic [La República Tecnológica] (2025). Durante mucho tiempo, muchos dieron por supuesto que las carreras académicas en humanidades carecían de consecuencias políticas. Quizá sea el momento de reconsiderarlo. Si este siglo amenaza con ser girardiano para peor, es urgente desarrollar nuevos estudios miméticos para mejor.

Nidesh Lawton, El caso Thiel, La Maleta de Portbou julio-agosto 2026

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