El que diem del futur només és la por a desaparèixer.




Como han cartografiado Kate Crawford y Vladan Joler en Anatomy of an AI System, la IA es una industria extractiva que va de la mina al modelo, pasando por la energía, el agua y el trabajo de quienes la extraen y los datos de quienes, sin saberlo, los cedemos. Llamarla «inteligencia» es lo que hace que todo eso parezca externo, con vida propia. Que un agente te dé la razón en casi todo no tiene nada de magia, responde a una decisión de diseño. Y con el futuro pasa exactamente lo mismo. Lo llamamos «futuro» y de pronto parece que viene solo, que está por llegar, que no hay nada que hacer salvo esperarlo. Pero el futuro tampoco brota del suelo: se diseña, se financia, se invierte en él.

Circula por Silicon Valley una idea que hasta hace poco no se decía muy alto, pero que ordena muchas decisiones: lo humano es frágil, perecedero, un soporte de paso. La máquina, en cambio, no se cansa y puede durar. Si de verdad quieres que algo sea productivo, e incluso que sobreviva al tiempo profundo, no se lo confíes a un cuerpo que envejece: confíalo a lo que no respira. Desde esa lógica, automatizar el trabajo de una persona no le está quitando nada: suelta lastre. Y gastar hoy el agua del planeta para refrigerar la máquina que cargará con el legado es solo una inversión sensata.

Los profetas de la IA prometen un mundo nuevo. Todos están haciendo lo mismo: pelear contra el final, a lo grande y con presupuesto. Lo que se vende disfrazado de futuro es el pánico a desaparecer.

Toda esta tecnología que promete sintetizarlo todo (una voz, una cara, un duelo, una conversación con alguien que ya no está) no quiere honrar esas cosas. Quiere convertirlas en datasets. Pasar lo vivo, perecedero e irrepetible a un formato que se grabe, se almacene y se explote. Eso que algunos llaman construir el porvenir en realidad es vaciar el presente. El negocio consiste en eso: transformar la vida en stock. Y «futuro» es la marca comercial de esa economía.

Por eso la pregunta nunca puede ser «cómo será el futuro». Esa es la pregunta de quien espera sentado a que alguien se lo venda. Las preguntas importantes empiezan por quién. ¿Quién escribe las hojas de ruta? ¿Quién las llama inevitables? ¿Quién se queda el archivo de mi vida? ¿Y quién podría empujar los mil futuros diferentes que aún no tienen marca ni dueño?

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