El primer pas cap al totalitarisme.
Carl von Clausewitz sentenció que la guerra era la política por otros medios. Hablaba de su tiempo, cuando el Estado tenía como presupuesto la imposibilidad de la guerra civil en su seno y la guerra era una competencia entre los Estados. Por eso entendió siempre la guerra bajo la forma del duelo, con estricta atenencia a las reglas del honor. La suya era la guerra en forma, limitada, limpia, carente de odio, capaz de reconocer la justicia de la posición del enemigo. Eso es el pasado. Hoy podemos decir que la política es la guerra por otros medios, carente de reglas, de honor y de limpieza.
El mismo Clausewitz afirmó que todo en la guerra depende del “espíritu de la guerra”. Era su forma de afirmar que la guerra está sometida a la dirección política. Tiene un espíritu. Pero cuando la misma política es la guerra por otros medios, el espíritu de la política desaparece. La mentalidad guerrera, instalada en la mente de los políticos, hace que desaparezca aquella premisa del Estado: hacer inviable la guerra civil en su seno. Esa política guerrera la promueve; su espíritu en realidad es la negación del espíritu.
La búsqueda política del conflicto civil transformó todas las premisas de Clausewitz. La guerra que dirigía la política dejó de tener forma, de ser honorable, de atenerse a reglas. Con ello, se rechazó la justicia de la otra parte. Para mantener la mentalidad de la guerra civil, la otra parte tiene que ser declarada ilegítima, indigna, traidora. Es su misma existencia lo que se pone en cuestión. La inversión de la relación entre política y guerra de Clausewitz tiene un nombre: se llama totalitarismo. Su aspiración, siempre, es construir un nuevo Estado una vez ganada esa guerra civil. Esa dimensión siempre está presente en el totalitarismo.
Las formas de ese totalitarismo no dependen de cómo se identifique al enemigo interior, sino de que exista. Sea el judío para los nazis, el rojo para los franquistas, el palestino para los extremistas israelitas, el hispano para Trump, o el islamista y el sanchista para Vox, eso es lo de menos. El enemigo interior es un medio de mantener la mentalidad guerrera y, cuando se haya acabado con él, se inventará otro. Porque lo que manda en la guerra, y en la política que la sirve, es esa mentalidad, que necesita contar con un enemigo que justifique su violencia, que le permita aceptarla con orgullo. Cuando vi a la gente que gritaba en las manifestaciones de apoyo a Ceuta, dirigiéndose a los periodistas “¡Con estos no tenemos nada que hablar!”, comprendí que ya estamos ahí.
Toda política totalitaria se ha basado siempre en identificar a personas de mentalidad violenta y encuadrarlas. Pero que nadie se llame a engaño. Esa mentalidad no es manejable. Tiene necesidad de mantenerse e intensificarse en su gesto, y despreciará a los que no tengan su mentalidad. Los intentos de controlarla serán fallidos, como lo mostró el arquetipo de estas situaciones, la Alemania de 1930-1933. Nuestro von Papen casero –“quien pueda hacer, etc…”, el que pone de acuerdo a Vox con el PP, será despreciado cuando gobiernen los aventureros violentos.
La situación de Ceuta y la forma en que la derecha se ha exhibido en la comparecencia de Sánchez nos ha mostrado con claridad que esa es ya la construcción de la política en España. Por supuesto, con ello no hacemos sino seguir la marcha de Estados Unidos e Israel, la de Argentina, Colombia y Chile. Esa es la vía regia de destruir los regímenes democráticos. Marruecos no tiene necesidad de imitarnos porque nunca ha tenido que desmontar una democracia. Por eso será un aliado de todos los que quieran destruirla. Trump hace todos los esfuerzos para neutralizar las elecciones de medio mandato. Netanyahu mantiene la guerra brutal y genocida contra Palestina. Ninguno tiene interés en mejorar la situación de partida, sino en escalar en la violencia. Nadie debe tener duda de que la meta final es controlar el Estado, como la Casa Alauita controla Marruecos o como Putin controla Rusia. En realidad, la batalla está ahí: totalitarismos contra democracias.
Ese veneno ya circula entre nosotros. La política en sentido clásico, intrínsecamente democrática por su voluntad de impedir la guerra civil, habría enfrentado la crisis de Ceuta con la aspiración de buscar una solución equilibrada y prudente entre los problemas internos y los externos. Nuestra derecha, unificada por el von Papen local, la ha usado para impedir toda solución y llevar al Gobierno a una ratonera. Al pedir lo imposible -que todos los migrantes de Ceuta sean devueltos a Marruecos-, sabe que mantendrá una situación que engorda la filas de los que, oprimidos por los fastidios de una vida lacerada y dañada, necesitan una evacuación de su violencia socialmente aceptable. Son los que ya no tienen otra palabra que la que hiere.
Ningún régimen totalitario ha ganado sin contribuir de forma decisiva a la historia de la infamia. Lo que ha sucedido en Ceuta, la constelación de actores internos y externos, es ya parte de esa historia. Han sacrificado 180 muertos, miles de niños y jóvenes, y sobre todo a una ciudad entera, para producir esa violencia psíquica que siempre es la consecuencia de un problema enquistado, esperando que se canalice contra el enemigo político cuya legitimidad se ha negado desde el minuto uno. Legitimar la violencia es el primer paso al totalitarismo. Dicen “cazar al emigrante”. Pero en el fondo dicen “cazar a Sánchez” y a los millones de votantes que representa. Y para eso, con el cinismo propio de la infamia, vociferan apoyo a los ceutíes, mientras dan orden a las Comunidades de bloquear cualquier solución que los pudiera aliviar.
José Luis Villacañas, Historia de una infamia, Levante 05/09/2026
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