Les entitats robòtiques poden ser considerades éssers vivents?
En francés, la palabra «vida» tiene dos sentidos diferentes. Es lo que caracteriza a lo viviente o es la existencia de una persona, como cuando decimos «tener una vida interesante». Puedo conservar el segundo sentido, pero el primero me plantea un problema porque esencializa un fenómeno de una complejidad extrema: «estar vivo». Esta noción tiene sentido para el biólogo, que considera posible determinar las condiciones necesarias y suficientes de la vida, como tener ADN. Pero esa perspectiva excluye, a priori y sin discusión posible, cualquier otra posibilidad. Se niega así a considerar que un artefacto, o cualquier cosa no biológica, pueda estar viva en un sentido no metafórico. Pienso que una de las cuestiones más importantes hoy es saber quién está vivo y qué no lo está. Primero por razones éticas, porque tenemos hacia lo viviente obligaciones particulares que no existen con lo no viviente. Después, por razones prácticas, porque con los agentes vivientes siempre hay que negociar, y no solo encontrar el procedimiento adecuado. Al movilizar la noción de «vida» adoptamos una dicotomía esterilizante que nos pone ante una elección binaria: o se está vivo o no se está. Desde mi perspectiva, un agente puede estar más vivo que otro, estar vivo solo de vez en cuando o incluso estar aproximadamente vivo, nociones que no tienen ningún sentido para un biólogo.
Consideramos demasiado deprisa que el mundo está compuesto en sí de agentes vivientes bien conocidos y de cosas inertes, pero cierto número de entidades solo se vuelven vivientes a través del trato que mantenemos con ellas. Volvemos vivientes a ciertos agentes al considerarlos vivientes, y considerar «como viviente» no es considerar «como si fuera viviente». Al frecuentar esas entidades como agentes vivientes, acaban por serlo. Se trata menos de una decisión colectiva que de una existencia compartida. En este sentido, no son desde luego los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) quienes «deciden» qué máquinas acceden o no al estatuto de agente viviente. Una de mis tesis centrales en Las máquinas insurreccionales es que las IA y los robots performativos existenciales deben pensarse en el marco de una historia de los artefactos generadores de sentido que se remonta a los orígenes de la humanidad y en la que encontramos muñecas, marionetas y fetiches. Una amiga mía japonesa dirige una agencia de viajes para peluches que lleva años cosechando un éxito asombroso. Interesándose por lo que hace, se comprende que lo que solemos tomar por objetos triviales debe pensarse más bien como entidades de una complejidad inaudita que coquetean constantemente con los límites de lo viviente. Los filósofos de la IA están tan convencidos de que lo central son los progresos técnicos que descuidan las sofisticadas puestas en escena a través de las cuales esos dispositivos técnicos se emancipan.
El robot tiene un estatuto particular porque tiene una dimensión material con la que necesariamente hay que componérselas. Se puede resumir la situación de forma gráfica y eficaz diciendo que los robots performativos y existenciales que me interesan en mi libro son IA que pueden romperse la crisma y que ocupan un espacio físico. Las IA generativas, como ChatGPT o Claude, están lejos de ser puramente inmateriales (necesitan ordenadores personales, centros de cálculo, la información disponible en internet, etcétera), pero las relaciones que tenemos en la práctica con ellas se reducen globalmente a un diálogo. IA generativas y avatares digitales deben pensarse como máquinas insurreccionales, es decir, como máquinas con las que hay que negociar constantemente aunque esa negociación se haya vuelto muy intelectual con ellas. Dicho esto, las IA conversacionales tienen especificidades propias y haría falta hoy al menos un capítulo nuevo que las discutiera en detalle. En una sesión con ChatGPT tengo que vérmelas con un agente muy particular cuya «identidad» solo está temporalmente fijada. No es un agente como un humano, pero me enfrento a una situación sensiblemente diferente y necesito conceptos nuevos para dar cuenta de ella, porque me comunico con un agente global anónimo que es más bien un dispositivo que genera agentes temporales sin ser él mismo uno de ellos, aunque tenga algunas de sus características.
Un concepto que me interesa particularmente aquí es el de «ontología flotante». Con estas tecnologías tenemos cada vez más que tratar con agentes que están siempre en el cruce de varios estatutos ontológicos y que pasan constantemente de uno a otro. Un agente conversacional es a la vez un agente y un no agente; la identidad de ese agente se modifica constantemente y es la de aquel con quien converso y la de aquellos con los que conversan en el mismo momento millones de personas que no conozco.
Otro punto a mi juicio esencial y muy perturbador es la relación particular que tienen estos agentes conversacionales con el lenguaje, con la lengua y con las palabras. Debemos negociar con agentes que utilizan, como nosotros, una lengua, pero una lengua que no es «lengua». Hasta ahora, las lenguas siempre habían sido manipuladas por interlocutores; con estas IA, «ello habla», literalmente. Nos enfrentamos a una autonomización de la lengua que no sabemos pensar de forma satisfactoria. Con ellas, las palabras han adquirido un estatuto inédito y muy especial, tanto más que el proceso no moviliza palabras sino tokens totalmente abstractos que son objeto de un puro tratamiento estadístico. Las IA conversacionales constituyen en este sentido una revolución del lenguaje sin equivalente en la Historia, y comprender su significación exige conceptos nuevos.
Daniel Arjona, entrevista a Dominique Lestel: "Que un amigo sea artificial o biológico es, a fin de cuentas secundario", el mundo.es 23/08/2026
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