La paradoxa de Tocqueville.


Alexis de Tocqueville - Página Indómita
Alexis de Tocqueville



En la década de 1830, Alexis de Tocqueville, un joven aristócrata francés con esa admirable costumbre decimonónica de cruzar océanos para averiguar qué demonios estaba haciendo el resto del mundo, viajó por Estados Unidos y quedó fascinado.

Había mucho que admirar: una sociedad extraordinariamente móvil, una pasión casi deportiva por la igualdad y una población convencida de que un hombre debía abrirse camino por sí mismo, preferiblemente sin que nadie le indicara por dónde. Pero Tocqueville advirtió algo inquietante.

A medida que desaparecían los viejos vínculos de clase, tradición y comunidad (muchos de ellos opresivos, ciertamente, y no demasiado fáciles de echar de menos), las personas no necesariamente se volvían más libres en todos los sentidos. También podían empezar a retirarse hacia un pequeño territorio privado compuesto por la familia, el trabajo, las preocupaciones domésticas y, en general, ese universo reducido pero absorbente que tiene a uno mismo como protagonista.

Tocqueville imaginó al ciudadano moderno alejándose poco a poco de sus semejantes hasta quedar, en una de sus expresiones más memorables, «arrojado para siempre sobre sí mismo», encerrado «en la soledad de su propio corazón». No es precisamente una frase que anime una sobremesa, pero describía con notable precisión lo que le preocupaba.

A este fenómeno lo llamó «individualismo».Uno supondría que cuanto más independiente es una persona, más libre resulta. Parece casi una cuestión de vocabulario. Sin embargo, Tocqueville sospechaba que podía ocurrir exactamente lo contrario.

El individuo que se desprende de asociaciones, comunidades y toda esa incómoda colección de vecinos, compañeros y conciudadanos que inevitablemente opinan, discuten, organizan reuniones y alargan las reuniones más de lo razonable, gana cierta libertad. Pero pierde también algo importante: aliados.

Y un hombre completamente independiente es, entre otras cosas, un hombre completamente solo.

Las asociaciones intermedias (comunidades locales, organizaciones cívicas, iglesias, agrupaciones profesionales y demás) funcionaban para Tocqueville como una especie de contrapeso. Permitían que personas corrientes se organizaran, defendieran intereses comunes y resistieran tanto las presiones de la mayoría como las intromisiones del Estado. Al desaparecer esos vínculos, el ciudadano podía sentirse soberanamente autónomo mientras, paradójicamente, se volvía mucho más pequeño frente a poderes mucho mayores que él.

Entonces aparecía un segundo peligro. Ese ciudadano aislado, sin demasiados vínculos colectivos que lo sostuvieran, sería más vulnerable a las opiniones dominantes y estaría más dispuesto a entregar parcelas crecientes de su vida a una administración que prometiera resolverle los problemas.

Y esto era precisamente lo que inquietaba a Tocqueville. La tiranía del futuro, pensaba, quizá no se pareciera demasiado a las antiguas. No necesitaría necesariamente calabozos, verdugos ni gobernantes particularmente siniestros. Podría adoptar una apariencia mucho más amable: un poder protector, minucioso y paternal que garantizara seguridad y bienestar, administrara cada vez más aspectos de la existencia y dejara al ciudadano perfectamente libre para ocuparse de sus pequeños placeres privados, siempre que no sintiera demasiadas ganas de ocuparse de nada más.

Era una servidumbre confortable, lo cual quizá sea la variedad más difícil de reconocer.

La paradoja que Tocqueville había descubierto en aquella joven democracia americana era, por tanto, formidable. Una sociedad podía dedicar enormes energías a liberar al individuo de antiguas dependencias y terminar creando otras nuevas. Podía producir personas ferozmente orgullosas de no necesitar a nadie y, al mismo tiempo, cada vez más necesitadas de una autoridad que hiciera por ellas aquello que antes hacían juntas. Ésa era, en buena medida, la inquietud de Tocqueville. Su respuesta al individualismo no consistía en regresar a las jerarquías del pasado. No quería devolver al campesino a la aldea ni al individuo a una comunidad de la que no pudiera escapar. Había comprendido que una sociedad de individuos libres necesitaba inventar nuevas formas de dependencia compatibles con esa libertad.

Necesitaba asociaciones voluntarias, comunidades, amistades, instituciones cívicas y proyectos compartidos. Lugares donde las personas pudieran necesitarse unas a otras sin pertenecerse unas a otras.

Quizá ése sea también uno de nuestros problemas. Hemos sido extraordinariamente eficaces eliminando dependencias obligatorias, pero no está tan claro que hayamos sido igual de buenos construyendo interdependencias voluntarias que ocupen su lugar.

Y mientras tanto hemos entregado al individuo una tarea gigantesca. Debe escoger su profesión, sus relaciones, sus valores, sus opiniones, su estilo de vida y hasta la narración que explica quién es. La identidad ha dejado de ser principalmente algo recibido para convertirse, cada vez más, en algo que debe producirse, revisarse y justificarse.

Eso puede ser una liberación. También puede convertirse en un trabajo a tiempo completo.

De ahí que quizá la paradoja moderna no sea que tengamos demasiada libertad. Es una conclusión demasiado sencilla. El problema podría ser que hemos aprendido a pensar la libertad principalmente como ausencia de dependencias, cuando los seres humanos somos criaturas inevitablemente interdependientes.

La cuestión, pues, ya no sería entonces cómo recuperar las viejas ataduras. Muchas merecían desaparecer. Sería cómo construir vínculos suficientemente fuertes para sostenernos y suficientemente débiles para dejarnos marchar.

Sergio Parra, La áspera soledad de ser libres, Sapienciología 29/08/206

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