Què por sabem de nosaltres i del món.
Identificar un sesgo en el comportamiento humano parece, a primera vista, una tarea bastante sencilla. Uno observa a una persona tomar una decisión, comprueba que no ha elegido lo que debía y anota solemnemente que ha sido víctima de un sesgo. Hasta aquí, todo fetén.
El inconveniente, pequeño, pero bastante devastador, es que para hacer esto necesitamos saber de antemano qué habría hecho una persona perfectamente imparcial.
Y ahí empiezan los problemas.
El economista conductual trabaja a menudo con la tranquilizadora convicción de que existe una respuesta correcta y de que él, afortunadamente, la conoce. El sujeto del experimento, en cambio, tiene la mala suerte de no conocerla y termina formando parte de una tabla estadística. Esto funciona admirablemente cuando el problema está cuidadosamente delimitado: unas probabilidades conocidas, varias opciones bien especificadas y un resultado que puede calcularse. En tales circunstancias es posible señalar con bastante seguridad dónde termina la razón y comienza el error.
La vida, por desgracia, rara vez tiene la cortesía de presentarse así.
Algunos de los sesgos identificados por la economía conductual son indudablemente errores. Las personas se equivocan al calcular probabilidades, se dejan impresionar demasiado por determinados números, encuentran patrones donde no existen y hacen toda clase de cosas intelectualmente poco decorosas. Basta pasar una tarde siguiendo las predicciones de cualquier grupo de aficionados al fútbol para comprobar hasta qué punto la especie humana puede mantener una confianza extraordinaria en conocimientos de los que carece casi por completo.
Pero muchos otros supuestos sesgos tienen un origen distinto. Las personas deben tomar decisiones sin disponer de una descripción completa y fiable del mundo en el que viven. Y esto cambia bastante las cosas.
Un estudiante que participa en un experimento económico puede encontrarse ante dos sobres, tres cantidades de dinero y unas probabilidades perfectamente definidas. Sabe cuáles son sus alternativas, conoce las reglas y puede suponer razonablemente que el investigador no introducirá a mitad del experimento una enfermedad inesperada, un divorcio, una subida de los tipos de interés o un hijo que anuncia que quiere estudiar cine en Nueva York.
La vida real sí hace esas cosas.
Mervyn King y John Kay insisten en esta distinción en Incertidumbre radical. En muchas de las decisiones verdaderamente importantes no desconocemos simplemente las probabilidades: desconocemos incluso cuáles son todos los acontecimientos posibles. No estamos jugando a la ruleta sin saber exactamente cuántas casillas tiene. Estamos jugando sin saber si dentro de diez minutos seguirá habiendo ruleta. O si la ruleta es un fractal. O la bolita pasa de corpúsculo a onda y viceversa cuando le viene en gana.
He usado varias imágenes para hacer hincapié en cómo se presentaría la ruleta y la bolita porque necesitamos asimilar eso con especial cuidado. Si olvidamos que las personas intentan descubrir qué significa actuar razonablemente en circunstancias semejantes, resulta muy fácil contemplar sus decisiones desde fuera, declararlas irracionales y concluir que alguien debería intervenir para corregirlas. Y ese alguien, curiosamente, suele ser quien acaba de decidir qué significa ser racional.
Richard Thaler defendió algunos de los mecanismos más conocidos para determinar qué podemos considerar como racional: los famosos nudges, pequeños empujones destinados a orientar a las personas hacia decisiones consideradas mejores. Es interesante, sin embargo, que fuera bastante prudente con la propia palabra «racionalidad». En su discurso de aceptación del Nobel apenas recurrió a ella unas pocas veces. El comunicado del comité que le concedió el premio, en cambio, la utilizó cuarenta y siete veces. Cuarenta y siete es una cantidad considerable para cualquier palabra que no sea «el».
Esto no significa que Thaler no tuviera una idea bastante clara de lo que consideraba una decisión racional. A sus alumnos de MBA les recomendaba maximizar la utilidad esperada y evitar precisamente aquellos sesgos que la economía conductual había ido catalogando. En este esquema, algunas personas toman decisiones apropiadas y otras necesitan que se les coloque discretamente el codo en la dirección correcta.
Pero eso siempre es así en un mundo ideal y el mundo dista de ser ideal, la mayoría del tiempo, en la mayoría de lugares.
Todo conocemos lo correcto porque lo correcto puede formularse de forma abstracta, casi aséptica, como la receta del médico. O las instrucciones de la lavadora. Lo correcto tiene algo de sentencia aforística, de refrán paremiológico. Por eso resulta tan fácil ver lo correcto y también damos consejos a todos nuestros semejantes con esa profundidad propia del oráculo de Delfos. Entrecerrando los ojos como sabios venidos de un lugar muy lejano y con muchos tiros dados por el camino.
Pero conocer lo correcto no significa que sepamos qué es lo correcto en un momento dado, para una persona dada, para un propósito dado.
Pregunta a cien personas si deberían ahorrar más para la jubilación, hacer más ejercicio, beber menos o comer más verduras y probablemente obtendrás una mayoría abrumadora de respuestas afirmativas. Incluso es posible que alguien responda que debería hacer las cuatro cosas simultáneamente, quizá mientras pide otra cerveza y contempla desde el sofá un programa sobre gente que corre maratones.
Pero haber conseguido que una persona admita que «debería ahorrar más» nos dice sorprendentemente poco sobre cuánto debería ahorrar. Y en qué momento, y la razón de hacerlo, y también sobre si esa persona es capaz de salir por ella misma de su propio pozo, como el Barón de Münchhausen tirando de su propio cabello.
Pensemos en una pensión. Para determinar hoy cuánto dinero debería reservar una persona necesitaríamos conocer, entre otras cosas, sus ingresos durante las próximas décadas, la estabilidad de su empleo, la evolución de los salarios, la inflación, los rendimientos de sus inversiones, cuánto vivirá, qué enfermedades padecerá, si tendrá hijos, si esos hijos necesitarán ayuda, si comprará una casa, si heredará otra, si se divorciará y, por supuesto, qué aspecto tendrá el sistema de pensiones cuando finalmente llegue a él. Todo eso sin contar sus niveles neurobiológicos. Ni siquiera su voluntad o su manera de ver el mundo.
El problema es que una recomendación que se nos antoja impecable desde una hoja de cálculo puede ser absurda dentro de una biografía. Para alguien con ingresos elevados y estables, aumentar el ahorro puede ser casi indiscutiblemente sensato. Para una persona joven con pocos recursos, padres dependientes, alquiler elevado y perspectivas razonables de aumentar sus ingresos dentro de unos años, quizá tenga mucho más sentido gastar hoy una parte del dinero que un modelo abstracto le aconsejaría guardar.
Por eso el tono prescriptivo de cierta economía conductual encierra un riesgo político interesante. Una disciplina que comenzó demostrando que las personas no son tan racionales como suponían algunos economistas puede terminar otorgando a otras personas (economistas, reguladores y diseñadores de políticas públicas) una confianza extraordinaria en su propia racionalidad.
Amos Tversky, una de las figuras fundamentales en el estudio de los errores cognitivos, sentía fascinación por lo que llamaba «estupidez natural». Era un tema inagotable, como cualquiera que haya asistido a una reunión de vecinos puede confirmar. Pero Tversky tenía además cierta tendencia, no del todo excepcional entre seres humanos inteligentes, a encontrar ejemplos particularmente convincentes de estupidez entre quienes discrepaban de él. El detalle importa porque señala una dificultad que atraviesa todo este campo: quien diagnostica el sesgo también es una persona.
Y las personas, según nos han explicado precisamente estos investigadores, son criaturas bastante poco fiables.
Herbert Simon abordó el asunto desde una perspectiva más modesta y, quizá por ello, más profunda. Su punto de partida fue una constatación casi embarazosamente sencilla: el mundo es demasiado complejo.
Para elegir siempre la mejor alternativa deb identificar todas las acciones posibles, calcular todas sus consecuencias, asignar algún valor a cada resultado y comparar después el conjunto. Esto ya sería una tarea formidable si dispusiéramos de tiempo ilimitado. Pero normalmente hay que decidir si aceptar un empleo, comprar una casa o casarse con alguien antes del próximo jueves.
Simon llamó a nuestra situación «racionalidad limitada». No buscamos necesariamente la mejor solución imaginable porque, en la mayoría de las circunstancias importantes, ni siquiera podemos saber cuáles son todas las soluciones imaginables. Nos conformamos con alternativas suficientemente buenas, utilizamos reglas prácticas, recurrimos a la experiencia y detenemos la búsqueda cuando encontramos algo que parece funcionar.
Esto puede sonar como una versión intelectualmente respetable de «ya está bien así», pero es mucho más importante de lo que parece.
En los mundos simples, la racionalidad puede consistir en deducir correctamente las consecuencias de unas premisas. Si conocemos las reglas del ajedrez, la posición exacta de todas las piezas y el conjunto de movimientos legales, podemos analizar posibilidades. Es precisamente el tipo de problema en el que los ordenadores se han vuelto extraordinariamente buenos: el universo está definido, las reglas no cambian y ninguna torre recibe de repente una oferta de trabajo en Singapur.
Pero gran parte de la vida pertenece a otra clase de problemas.
Cuando una empresa decide entrar en un nuevo mercado, por ejemplo, no dispone de una lista exhaustiva de futuros posibles acompañados de sus respectivas probabilidades. Tiene competidores cuyas intenciones desconoce, consumidores que quizá todavía no sepan lo que querrán, tecnologías que pueden cambiar y acontecimientos políticos que nadie había incluido en la presentación de PowerPoint. Algunas de las variables decisivas ni siquiera existen todavía.
La dificultad, por tanto, no consiste únicamente en ponderarlo todo. Consiste en comprender qué clase de situación tenemos delante.
Hay que decidir qué información merece atención y cuál puede ignorarse; qué semejanzas con experiencias anteriores son relevantes; quién sabe realmente de qué está hablando; qué señales débiles pueden anunciar un cambio importante; qué posibilidades son reales y cuáles existen únicamente porque alguien consiguió introducirlas en una interminable reunión por Microsoft Teams.
En esto el cerebro humano es una máquina bastante extraña, pero también extraordinariamente útil.
No funciona como un ordenador que recibe datos completos y ejecuta un procedimiento axiomático hasta producir una respuesta óptima. Acumula experiencias, reconoce configuraciones, establece analogías, descarta cantidades enormes de información y presta atención a detalles que a veces ni siquiera somos capaces de explicar conscientemente. Un médico experimentado puede sospechar que algo va mal antes de identificar exactamente qué signo clínico le ha inquietado. Un empresario puede desconfiar de un proyecto sin poder reducir inmediatamente su desconfianza a una celda de Excel. Un conductor veterano levanta el pie del acelerador al percibir una situación que todavía no sabría describir.
Naturalmente, esas intuiciones pueden ser erradas. Ésa es precisamente la razón por la que existen tantos libros sobre sesgos. Pero también pueden contener conocimiento acumulado que todavía no ha sido expresado formalmente.
Y aquí aparece una paradoja bastante hermosa. Los mismos atajos mentales que nos hacen vulnerables al error son, en parte, los que nos permiten manejarnos en un mundo demasiado complejo para ser calculado por una inteligencia artificial tipo Skynet.
Si esperáramos a disponer de toda la información necesaria para tomar una decisión perfectamente racional, probablemente no cometeríamos demasiados errores. Tampoco tomaríamos demasiadas decisiones. Seguiríamos en la cocina, quizá durante décadas, tratando de determinar mediante maximización de utilidad esperada si conviene desayunar tostadas o cereales.
El quid de la cuestión, entonces, no es simplemente si las personas se apartan de algún modelo ideal de racionalidad. Naturalmente que lo hacen. La cuestión verdaderamente interesante es si ese modelo representa adecuadamente el problema al que esas personas creen enfrentarse.
Con un problema añadido. Si ya es difícil saber qué le conviene a una sola persona, resulta bastante audaz pretender averiguarlo para millones. El planificador central contempla la sociedad como un tablero de ajedrez y mueve trabajadores, empresas, ahorros y viviendas hacia posiciones que parecen mejores, olvidando un detalle bastante fastidioso: las piezas tienen planes propios.
Algo parecido les ocurre a consejeros, intelectuales y expertos cuando salen del pequeño territorio que conocen bien y empiezan a dar instrucciones sobre el mundo entero. Su conocimiento puede ser enorme y, aun así, ignorar casi todo lo que importa en una decisión concreta: nuestras circunstancias, temores, preferencias y expectativas, muchas de las cuales ni siquiera nosotros conocemos todavía.
Los expertos son indispensables para ayudarnos a entender el mundo; resultan bastante menos fiables cuando pretenden decidir nuestro lugar en él. Al fin y al cabo, hay una objeción difícil de sortear: tú no sabes lo que me conviene porque no lo sé ni yo.
Sergio Parra, Tú no sabes lo que me conviene porque no lo sé ni yo, Sapienciología 01/09/2026
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