Som socials, no morals


Archivo:La turba arrastra el cuerpo del general Basa por las calles de  Barcelona. Grabado del.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre



Conviene ser humilde -y estar alerta- para no caer blandamente del lado malo; a cualquiera le puede pasar. Los humanos somos seres sociables, no morales. Nos gusta estar juntos y juntos hacemos el bien y juntos hacemos el mal y quizás por la misma razón: por el placer de la sociabilidad. Por eso la política es tan importante: porque trata de gestionar la sociabilidad humana en favor del bien común. Lo que llamamos "república" es justamente eso: la autogestión reglada de la sociabilidad humana, al margen de la moral, en defensa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Pero el solo hecho de "estar juntos" no garantiza nada; de ese placer participan por igual las mafias, las sectas, las verbenas, las escuadras fascistas y las asambleas constituyentes. Frente al neoliberalismo, se impone, sí, un regreso a la idea de comunidad; pero frente a la comunidad negativa, cuando la política retrocede, ya sólo cabe confiar en la supervivencia disruptiva de la moral. Como dice el adagio castizo, a veces es mejor estar solos que mal acompañados. La moral es siempre una decisión individual, imprevisible y en general inútil. Cuando los seres sociables se unen para hacer el mal no basta la ética de la responsabilidad ni un razonable programa político que casi nadie escucha; pasamos a depender del ejercicio individual de la ética de principios, en la que ningún otro puede "representarnos" ni reemplazarnos. Hay situaciones que demandan, en efecto, un gesto moral individual. En El joven Lincoln, la película de 1939 de John Ford, el futuro presidente de los EEUU, bisoño abogado de pueblo, interpela por su nombre a un vecino que se ha sumado a una turba linchadora: "a veces hacemos todos juntos cosas que nos avergonzaría hacer a solas", le dice. El joven Lincoln consigue que un sujeto individual, sumergido en una comunidad negativa, se moralice de nuevo, de manera que su vergüenza privada arrastra a todos los demás al desistimiento de su acción criminal.

Tras capear muchos temporales, es muy probable que la crisis de Ceuta dé la puntilla a las esperanzas de renovación de un gobierno de coalición en las próximas elecciones. Políticamente, Ceuta, la periferia ambigua de una España ya muy zarandeada, marca el umbral de la victoria del PP y de Vox, la vanguardia consciente de la más negra antipolítica. Pero desde Ceuta entra también en España, de manera definitiva, el fascismo como normalización de "la moralidad del mal": como comunidad negativa normalizada, como honesta defensa del linchamiento.

Decía Bertold Brecht en su Galileo: "triste el país que necesita héroes". Nada más triste y peligroso que ese otro mundo posible, regüeldo de la historia de España, en el que la política, derrotada por el fascismo, tiene que ser sustituida por la moral. En el que hace falta, ay, una especial moralidad para no linchar espontáneamente a un negro.

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