La IA ens obliga a pensar-ho tot de nou.



Me llamó la atención descubrir hasta qué punto un tipo como Peter Thiel no actúa solo como empresario o inversor. También crea fundaciones, impulsa centros de investigación, financia revistas, da conferencias, interviene en debates filosóficos y teológicos. Es decir, entiende que el poder no consiste solo en fabricar tecnología, sino también en producir ideas sobre qué es el ser humano, qué es la libertad o qué futuro deseamos. Yo dudaba sobre el título del libro, me preguntaba si la imagen de la batalla no sería demasiado épica, demasiado guerrera. Pero tipos como Thiel lo ven muy claro. Hay una batalla del pensamiento donde se están jugando cosas decisivas.

Si nos tomamos en serio la IA, la radicalidad de las preguntas que pone encima de la mesa nos obliga a pensarlo todo de nuevo, a repensar qué significa conversar, escribir, leer o incluso imaginar. Porque no automatiza únicamente tareas materiales o cálculos, sino que trabaja sobre el lenguaje, y el lenguaje no es una herramienta cualquiera. Es el medio mismo en el que pensamos y vivimos, en el que elaboramos la experiencia y construimos un mundo. Somos lenguaje. Por supuesto la IA cristaliza procesos muy anteriores: la automatización creciente de respuestas y decisiones, la delegación de las capacidades, la subordinación de la tecnología a la lógica del mercado, la extracción masiva de datos. Pero precisamente porque los cristaliza, los acelera y radicaliza. En realidad, se trata de un “adversario” estupendo porque nos obliga a pensarlo todo de nuevo.

Hace poco escuche a una chica decirle a sus amigas en el metro que no conocía a nadie (incluida ella misma) que no viviese permanentemente con una pestaña de ChatGPT abierta: “¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que podría comer hoy? ¿Por qué ayer me encontraba tan alegre y hoy estoy tan triste?”. Se trata de una conversación con lo que finalmente es una máquina de calcular; eso me impresionó. ¿Quiere decir esto que hasta que llegó la IA todos estábamos en un pensamiento que nos permitía decidir autónomamente sobre todas estas cuestiones? Claramente, no: ha estado la Iglesia, han estado los partidos, han estado las ideologías, ha estado el mercado, mil formas de no pensar por uno mismo. Pero, no sé, me pregunto: ¿a qué sustituye esa conversación? ¿Qué investigaciones propias? ¿Qué búsqueda de referencias? ¿Qué se pierde en esa centralización en un único interlocutor? ¿Qué otros interlocutores se pierden? Me parece vital pensar esto.

Son conversaciones que se dan de una manera determinada, con una máquina cuyo diseño privilegia la cooperación antes que el conflicto, que tiende a acomodarse a nuestras preguntas más que a resistirse a ellas, que ofrece respuestas antes que obligarnos a lanzarnos a la búsqueda. Esto está guiando la interacción cotidiana de millones de personas y conformando al mismo tiempo toda una economía. Me pregunto hasta qué punto esas tecnologías están sustituyendo librerías a las que se iba a buscar un libro, libreros con los que hablabas, amigos con los que tenías esas conversaciones, referencias que tú mismo buscabas, preguntas que tú mismo te hacías. Se ha hablado mucho de economía de la atención, y con razón. Pero quizá hoy haya que empezar a pensar también una economía de la conversación. Es decir, preguntarnos quién organiza nuestras conversaciones, con quién conversamos, qué conversaciones desaparecen, cuáles se vuelven imposibles y cuáles se hacen rentables.

Estos días me venía preguntando: ¿por qué nos hemos vuelto tan crédulos? Parecería que vivimos una época de escepticismo. No creemos a los políticos, sabemos que la publicidad es propaganda, desconfiamos de las grandes empresas, pensamos que todo el mundo quiere vendernos algo. Y, sin embargo, nunca han circulado con tanta facilidad los bulos, las fake news o las teorías de la conspiración. Nos tragamos cualquier cosa. ¿Cómo se entiende que en estas sociedades supuestamente ilustradas, donde el acceso a la educación y a la información es incomparablemente mayor que en otras épocas, haya al mismo tiempo fenómenos de credulidad tan grande?

En los años cincuenta del siglo pasado, el filósofo de la técnica Günther Anders hablaba de “mundo suministrado”. Lo que estaba produciéndose con la tecnificación de la experiencia, con el fenómeno planetario de la radio y la televisión, era que el mundo nos venía suministrado a domicilio, como espectadores, como consumidores. Siguiendo las reflexiones de Marga Padilla me pregunto si lo que así nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros. Hoy quizá ya no se trata de “mundo suministrado”, sino de “mundo asistido” por esas máquinas de cálculo a las que preguntamos todo, pero la tendencia es la misma. Y cuando la verdad ya no es algo que salimos a buscar, la tendencia es creer simplemente aquello que confirma más rápidamente lo que queremos creer.

Pablo Elorduy, entrevista a Amador Fernández-Savater: "No cambiamos porque nos expliquen lo que está bien, cambiamos cuando algo toca el deseo", eldaltodiario.com 12/07/2026

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