Càlcul contra interès propi.




Racionalidad instrumental - FILOVIOR

El cálculo tiene mala reputación. Una persona calculadora nos parece interesada, cuando no egoísta y ruin. Los pensadores de la primera generación de la Escuela de Frankfurt criticaron lo que llamaban razón instrumental, una racionalidad que buscaría la eficiencia de los medios sin atender a los fines y valores. En el trasfondo se encuentra aquella célebre distinción entre convicción y responsabilidad. Cuando Max Weber habló de las dos grandes máximas que rigen la acción política, no estaba sugiriendo que la convicción era el espacio de la moralidad y la responsabilidad el de la racionalidad, sino que ambas eran valores morales que la política debía atender, aunque su compatibilidad y equilibrio no fuera nada fácil.

No calcular bien –o no calcular en general– acarrea muchos males, por lo que bien podríamos considerar que el cálculo es una obligación moral. Además, hay quien se desentiende de los efectos de sus acciones, no porque tenga elevadas convicciones, sino porque tiene poderosos intereses. Lo que no deja de llamar la atención es que quien actúa solo por interés suele calcular poco y mal, a menudo en contra de sus intereses.

Los libros de historia recogen multitud de ejemplos de malos calculadores. Desde la época de Tucídides y las guerras del Peloponeso, pasando por el inicio de la I Guerra Mundial, hasta Vietnam, Afganistán, Irak, Ucrania y ahora Irán, líderes excesivamente seguros de sí mismos han sido incapaces de entender los difíciles equilibrios en juego y las consecuencias imprevistas que se suelen derivar de los conflictos armados. En esta sucesión de errores de cálculo, junto con Putin y Netanyahu, Trump se ha mostrado como un pésimo calculador que no disimula el fiasco apelando a grandes valores, sino con discursos inflamados; ha instalado un régimen liberado de toda medida realista y cualquier objetividad; cuando los objetos dejan de objetar , de oponerse en modo alguno al actor soberano, la propia idea de medida –y, por tanto, de límite– se vuelve obsoleta. La guerra contra Irán no ha logrado los efectos que se pretendían.

Trump inició esta guerra con la promesa de acabar con el régimen de Teherán (y con toda una civilización) en dos o tres días, sus ambiciones nucleares y su programa de misiles. Pero los posibles avances para limitar el programa nuclear iraní no pueden ir más allá de lo que se logró en 2015 y de lo que Obama negoció con Irán, que Trump descalificó duramente.

Ahora le tocará negociar un acuerdo nuclear similar al que él mismo rompió en el 2018 y con un Irán más fuerte. Ha subestimado las repercusiones económicas y la resistencia del adversario, y debe encontrar el equilibrio entre evitar una “retirada humillante” y el creciente descontento público por el aumento de los costes de su intervención, así como la presión de los aliados para que se restablezca la normalidad comercial en el estrecho de Ormuz. Presentar la liberación de Ormuz como un éxito que justificaría la guerra, es decir, la vuelta a la situación que había antes de la guerra, es un argumento falaz y ridículo.

Ahora que ha vuelto a ponerse de moda el poder duro no estaría mal recordar que la superioridad no siempre se traduce en victorias y que calcularlo sigue siendo una obligación estratégica y moral. Es muy importante que las dos superpotencias aprendan a calcular bien porque ninguna de ellas puede imponerse sobre la otra sin desencadenar grandes riesgos.

Lo que hace más difícil calcular bien es la complejidad de este mundo, en el que un actor modesto puede provocar el célebre efecto mariposa con efectos devastadores para todos. Otro problema es que los cálculos internos se imponen muchas veces sobre la consideración de las dimensiones globales en que impacta cualquier intervención militar (y que termina afectando gravemente a la realidad nacional). El cálculo del propio interés bien entendido ha de tomar en cuenta el de los aliados, el de los neutrales e incluso el de los adversarios, que tienen procedimientos para hacerlos valer.

Daniel Innerarity, Elogio del cálculo político, La Vanguardia 18/07/2026

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