D'Ulisses a Oppenheimer via Nolan









... El principal problema de La Odisea de Nolan no es una cuestión de fidelidad narrativa ni de licencias cinematográficas. Es, más profundamente, un problema de perspectiva moral. Nolan parece contemplar a Ulises con los mismos ojos con los que contempló a Oppenheimer: los ojos de un sujeto moderno, obsesionado por la responsabilidad, dividido por el conflicto interior y perseguido por las consecuencias morales de sus actos. Pero precisamente ese no es el mundo de Homero.

La observación resulta relevante porque la interpretación contradice una de las tesis más sólidas de la filología clásica del último siglo. La conocida distinción entre culturas de la vergüenza y culturas de la culpa suele asociarse a Ruth Benedict y a su estudio sobre Japón, pero su formulación académica decisiva procede en realidad de E. R. Dodds en Los griegos y lo irracional (1951). Dodds describía la Grecia homérica como una "cultura de la vergüenza", una cultura de la vergüenza, regulada por el honor, la reputación y la mirada de los demás. Lo que importa es cómo uno aparece ante los otros. La fuente principal de sufrimiento no es la culpa interior sino la pérdida de prestigio, reconocimiento o estatus.

Visto desde esa perspectiva, Ulises y Oppenheimer habitan universos morales incompatibles. El Oppenheimer de Nolan es la encarnación misma de la cultura de la culpa. La película gira alrededor de una conciencia que no consigue liberarse del peso de sus decisiones. El protagonista alcanza la gloria pública, pero esa gloria queda anulada por un tribunal más exigente: el de su propia conciencia. Toda la fuerza dramática de la película reside en la distancia entre el éxito exterior y la devastación interior. Oppenheimer vive interrogándose acerca de su responsabilidad, incluso por consecuencias que exceden su control. Es, en cierto sentido, un personaje impensable sin dos mil años de tradición cristiana, introspección moral y examen de conciencia.

Ulises, en cambio, no es ese tipo de personaje. Cuando Homero nos presenta al héroe llorando en la isla de Calipso, no asistimos al drama de un hombre consumido por el remordimiento. Ulises no está realizando una auditoría moral de su vida. No se pregunta qué clase de persona ha sido ni si merece redención. Lo que añora es Ítaca. Quiere recuperar su casa, su reino, a su esposa, a su hijo y su lugar en el mundo. Su sufrimiento es fundamentalmente político, familiar y social, no psicológico en el sentido moderno.

Algo parecido ocurre con uno de los ejemplos más famosos de la moral homérica. En la Ilíada, Agamenón intenta reconciliarse con Aquiles tras haberle arrebatado a Briseida. Pero resulta significativo que no diga simplemente: «Cometí una falta y asumo mi culpa». Su explicación es distinta. Afirma que Zeus, la Moira y una Erinia le enviaron la atē, de trastorno, una forma de ceguedad o extravío que lo llevó a actuar como actuó. No se trata de negar toda responsabilidad, pero sí de entenderla de una manera diferente a la nuestra. El error se explica mediante fuerzas externas; no aparece todavía la lógica moderna de la confesión.

Por eso el retrato de un Ulises atormentado por una culpa interior permanente resulta profundamente anacrónico. No porque los griegos carecieran de psicología moral, sino porque organizaban la experiencia moral de otra manera.

Aquí conviene introducir un matiz importante. Bernard Williams, en Vergüenza y Necesidad (1993), criticó precisamente la idea de que la humanidad habría progresado desde una vergüenza primitiva hacia una culpa superior. Williams mostró que ya en Homero existe una comprensión sofisticada de la responsabilidad. Héctor sabe que decide y sabe que podría actuar de otro modo. No es una simple marioneta del destino. La diferencia no está en la presencia o ausencia de conciencia moral.

La diferencia es otra. El héroe homérico actúa dentro de una estructura moral orientada principalmente hacia el honor y el reconocimiento público. El hombre moderno actúa cada vez más dentro de una estructura orientada hacia la conciencia individual. Lo que cambia no es la existencia de responsabilidad, sino el escenario donde esa responsabilidad se juega.

Y precisamente ahí es donde la película de Nolan parece equivocarse. En lugar de dejar que Ulises habite su mundo moral, lo traslada al nuestro. Lo convierte en una especie de Oppenheimer antiguo: un hombre perseguido por sí mismo, atrapado en una relación obsesiva con su propia interioridad.

Sin embargo, el verdadero descubrimiento de Homero es casi el contrario. Sus héroes viven expuestos fundamentalmente a la mirada ajena. Les preocupa la fama, la memoria, la honra, el reconocimiento. La pregunta decisiva no es «¿cómo vivir con lo que he hecho?», sino «¿qué lugar ocuparé entre los hombres?».

La tragedia griega y la filosofía socrática abrirán después el camino hacia formas cada vez más complejas de autoconocimiento. Más tarde llegarán el cristianismo, la confesión, el examen de conciencia y la interiorización de la culpa. Oppenheimer es heredero de toda esa historia. Ulises no.

Por eso puede decirse que el defecto más profundo de la película no consiste en modernizar a Homero, algo inevitable en cualquier adaptación, sino en hacerlo desaparecer bajo una sensibilidad que le es ajena. Nolan parece incapaz de resistirse al personaje que mejor sabe filmar: el individuo moderno desgarrado por las consecuencias morales de sus actos. El resultado es que Ulises deja de ser Ulises y se convierte en Oppenheimer vestido con una túnica. Y en ese desplazamiento perdemos precisamente aquello que hace de Homero una experiencia intelectual tan extraña y fascinante: el acceso a un mundo donde los seres humanos aún no habían aprendido a mirarse con nuestros ojos.

Nolan traslada a Ulises a nuestra realidad. Lo convierte en un Oppenheimer con túnica, perseguido por sí mismo, cuando el Ulises de Homero se sitúa en otro mundo: un mundo donde la pregunta no es «¿cómo vivo con lo que he hecho?» sino «¿qué lugar ocupo entre los hombres?». La tragedia y Sócrates abrirán después esa otra puerta; el cristianismo la rematará. Ulises, todavía no. Y ahí está lo que se pierde con la película: no la modernización, inevitable en cualquier adaptación, sino la desaparición de Homero bajo una sensibilidad que no es la suya.


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