La influència col·lectiva i l'anell de Giges

How "watching eyes" boost honesty and compliance | Karim Magdy posted on the topic | LinkedIn


Aunque existen algunos precedentes en el mundo animal, la conducta moral genuinamente humana expresa públicamente nuestros valores y nuestros juicios y depende de la observación, la reputación y las sanciones del grupo al que pertenecemos. Y, entre Sócrates y Glaucón, la ciencia parece advertir que esta estructura valorativa se ha interiorizado hasta negar que toda moralidad desaparezca en privado. Las personas mantienen conductas prosociales anónimas y desarrollan sentimientos de culpa en soledad y anonimato. La conciencia moral funciona, en parte, como una audiencia social incorporada. La tribu acaba instalando un pequeño tribunal dentro de nuestras cabezas. En cierto modo, el superyó del que hablara Freud.

Hay diversos trabajos que han corroborado esta idea. Por ejemplo, el de Haley y Fessler experimentaba con varios juegos del dictador, en los que la presencia de unos ojos esquemáticos aumentaba las cantidades que los participantes entregaban de forma altruista a otra persona. En esa misma línea, Bateson, Nettle y Roberts trasladaron el fenómeno a una sala universitaria donde los usuarios debían pagar voluntariamente por el café. Alternaron imágenes de flores y de ojos sobre la lista de precios descubriendo que las aportaciones fueron mayores durante las semanas en que aparecían ojos.

Trabajos de este tipo popularizaron el llamado watching-eyes effect: ciertos indicios mínimos activan mecanismos psicológicos adaptados a situaciones en las que creemos que nuestra conducta puede ser vista y recordada. La reputación lo es todo. Incluso aunque la materialicemos de forma impersonal como una forma de respetarnos a nosotros mismos. Sin embargo, estudios posteriores encontraron efectos irregulares sobre donaciones, pequeños robos o comportamientos incívicos como el abandono de basura, que impedían hablar de una ley psicológica robusta ante cualquier contexto. La sensación de sentirnos observados debía ser más relevante que una mera insinuación.

Cuando el observador es real, la evidencia es más sólida. Por eso quizá el mito del anillo de Giges incidía especialmente en la invisibilidad, no en el mero desconocimiento. Aunque nunca lo reconoció, es difícil no escuchar su eco en el Anillo Único de Tolkien, pues también concedía esa invisibilidad y acababa conduciendo al mal. Pero Tolkien radicalizaba el experimento platónico al convertir el poder en una fuerza corruptora activa. Aquel anillo transformaba gradualmente los deseos de quien lo posee, exacerbando su voluntad de poder hasta acabar por esclavizarlo. Tolkien elevó la pregunta de Glaucón hasta plantearse cuánto tiempo puede una voluntad permanecer justa cuando dispone del poder de imponer su propia idea del bien. Conviene, en muchas ocasiones, vigilar más a quienes pretenden hacer el bien como contaba Sergio Parra hace poco.

Pero regresemos a la sanción grupal de esa audiencia que es capaz de modificar ostensiblemente nuestra atención visual, la autorrepresentación y las decisiones prosociales. El grupo no sólo puede amortiguar nuestra implicación desdibujada en la masa; también estimula nuestro buen comportamiento, espoleando nuestro rendimiento. Siempre ha resultado ilustrativo aquel experimento que Williams, Nida, Baca y Latané hicieron comparando el rendimiento de nadadores en pruebas individuales y por relevos, manipulando la visibilidad de los individuos: en unas condiciones, el tiempo de cada participante podía medirse y atribuirse públicamente; en otras, la aportación individual quedaba diluida en el resultado colectivo. Cuando los nadadores sabían que su tiempo personal sería identificable, nadaban significativamente más rápido en el relevo que en la prueba individual. Cuando su contribución no podía distinguirse con claridad, tendían a rendir peor. No queremos quedar mal retratados ante los ojos del resto.

Nos importa mucho la idea que el observador pueda formarse sobre nosotros, no tanto por él, sino por su capacidad para retransmitirla al grupo y permearlo. De hecho, las sociedades combinan distintos mecanismos para regularse y corregir a sus infractores, como la confrontación directa, el castigo material o el ostracismo. Pero el chisme resulta particularmente prolífico y poco costoso, probablemente en el epicentro del origen de nuestro lenguaje. Porque gracias al chisme podemos asegurarnos de que una infracción presenciada por pocos afecta a su reputación ante un gran número. Y bajo la atenta mirada del potencial chivato, reaccionamos ya desde edades muy tempranas, pues los niños comparten más y roban menos cuando otros los observan, a diferencia de los chimpancés. Los humanos comprendemos muy pronto que los demás evalúan nuestras acciones y que esas evaluaciones importan mucho.

La reputación funciona, de esta forma, como una suerte de reserva alimentada y desgastada por la arquitectura de la moralidad imperante. Los sistemas morales actúan como mecanismos de reciprocidad indirecta: aunque queramos, como Kant, cumplir con nuestro deber y ayudar a otro sin pensar en el reconocimiento que eso puede reportarnos — que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha— nuestra naturaleza nos brinda una estructura predispuesta a ayudar para que, a través de mi reputación, en el futuro otra persona esté dispuesta a ayudarme.

Como ya planteó paradigmáticamente Richard D. Alexander, la biología subyacente a los sistemas morales hace que la comunidad lleve una especie de libro mayor de contabilidad distribuido donde registra quién es generoso, fiable, cobarde, abusivo o desleal. No es necesario implantar un sistema de crédito social al estilo chino para reconocer que, en la tribu, en la aldea, en clase, en el trabajo o en el barrio, ya operamos con esa suerte de contabilidad. Una intuición que ya ha sido incluso matemáticamente formalizada¹. La cooperación entre desconocidos puede mantenerse cuando los individuos conocen la reputación de los demás y condicionan su ayuda a ella. Esto exige observación, memoria, comunicación y normas compartidas que permitan al individuo discriminar con quién merece la pena cooperar.

Por eso, el castigo es apreciado como una exhibición moral a través de esta reputación. Jordan, Hoffman, Bloom y Rand ya mostraron que quienes castigaban a un infractor eran considerados más fiables y recibían mayor confianza. Incluso aunque eso pueda tensar las propias normas morales endogrupales, por ejemplo causando la muerte a quien mata. Los castigadores se vuelven conscientes de su rol y se comportan después de manera más digna de confianza. En cierta forma saben que quien castiga comunica al grupo la idea atractiva de que comparte sus normas y está dispuesto a asumir el coste de defenderlas. La indignación pública en redes sociales no sólo ataca la infracción sino que pretende aumentar el estatus propio ante la audiencia, anunciando a quien asume el precio a pagar por defender el círculo normativo.

Lo curioso, quizá, es que el control del grupo no sólo se ejerce contra quienes, ante sus ojos, cometen una infracción. Sino también sobre quienes se exceden incluso en la contribución al bien común. Por ejemplo, Herrmann, Thöni y Gächter hallaron que el buen cooperador puede ser sancionado por destacar o moralizar a los demás, pues en el fondo está pretendiendo alterar jerarquías y se desvía de la norma efectiva del grupo. La sanción comunitaria protege la cooperación en ciertas sociedades y protege el conformismo o el oportunismo en otras. El propio látigo de Pablo Malo advirtiendo contra los peligros de la moralidad forma parte de la autocorrección del grupo. La tribu castiga la desviación de lo que considera aceptable, tanto penalizando al insurrecto como al excepcionalmente generoso y, por tanto, su moral social produce tanto la virtud compartida como la vigilancia horizontal de la mediocridad.

Sin embargo, Glaucón simplificaba en exceso: no es tan sencillo desactivar la vigilancia como cuando Giges gira su anillo. La moral tribal esculpida durante generaciones ha seleccionado a los individuos más dóciles — domesticados para no aspirar a tiranos — estimulando en ellos el sentimiento de vergüenza y de culpa. El trabajo de Christopher Boehm es paradigmático a este respecto: después de recopilar datos etnográficos sobre múltiples sociedades de cazadores-recolectores que emplean formas diversas de ridículo, crítica, chisme, rechazo, expulsión y, en casos extremos, ejecución, llegó a la conclusión de que las sociedades acaban favoreciendo psicológicamente a individuos capaces de anticipar el juicio colectivo, controlar impulsos y experimentar vergüenza. Incluso cuando nadie los observa.

De hecho, para muchos, resultó particularmente útil la proyección religiosa de este mecanismo moral que considera que existen observadores invisibles. Se trata de una elevación que parte de nuestra predisposición ya desde niños, pues si estos creen que un observador invisible les acompaña mientras realizan una tarea en la que pueden hacer trampas tardan más en infringir las reglas. El sujeto altera su comportamiento cuando se siente incluido en un campo de vigilancia moral aunque sea bajo un observador invisible. Al activar mentalmente conceptos religiosos — como también sucede con las referencias a instituciones seculares como la policía o los tribunales — los individuos aumentan la generosidad en algunos juegos anónimos. La creencia en dioses omniscientes y punitivos correlaciona con una distribución más imparcial de recursos hacia correligionarios distantes. Una tesis que A. Norenzayan desarrolló en su conocida obra Big Gods: How Religion Transformed Cooperation and Conflict: los dioses moralizadores habrían permitido extender la vigilancia reputacional más allá de los pequeños grupos presenciales. De todas formas, como en todo fenómeno complejo, las formulaciones más simples que relacionan dioses moralizadores, complejidad social y cooperación han perdido fuerza y exigen matizaciones.

Aun así, la influencia colectiva, especialmente observacional, sigue afectando a lo que hacemos y también a lo que declaramos correcto. El sesgo de conformidad de Asch por el cual adaptamos nuestro comportamiento al del grupo incluso ante la evidencia contraria más palmaria se extiende con facilidad a los dilemas morales, haciendo que los participantes modifiquen sus respuestas cuando conocen la opinión mayoritaria. De hecho, los participantes cambian una proporción importante de sus valoraciones privadas cuando juzgan en presencia de un grupo, incluso cuando el grupo está representado por avatares supuestamente controlados por humanos o por IA, por ejemplo en una videollamada.

En definitiva, la moral humana incorpora una brújula del sistema de navegación social que calcula miradas, reputaciones, alianzas y posibles expulsiones. Aunque el anillo de Giges elimine al testigo externo, queda a menudo un testigo interior construido con fragmentos de muchas miradas anteriores, que buscan, a través de distintas capas, el reconocimiento social. La conformidad pública explica la hipocresía; la conformidad privada revela hasta qué punto la opinión de los demás altera nuestro juicio; la internalización completa convierte la norma colectiva en conciencia moral, capaz de observarnos cuando estamos solos. Aunque sus efectos puedan ser limitados.

Porque el anillo de Giges — la protección de la invisibilidad —, sigue desinhibiéndonos en la evasión de impuestos y en la corrupción - esa que denostamos en los grandes políticos, pero que se tolera cotidianamente mirando para otro lado —. También aparece en la brutalidad policial — porque un uniforme, por ejemplo de antidisturbios, puede llegar a invisibilizar como un disfraz institucional. Y, desde luego, se manifiesta en el manido anonimato en redes sociales que desata fácilmente en muchos un profundo lado oscuro.

No reabriré en exceso el melón de la compleja cuestión de la polarización social catalizada digitalmente, pero el anonimato es muy relevante. Cierto que su crecimiento está relacionado en parte con el aumento de la conectividad entre personas; y también que hay fuertes evidencias de que la sobrerrepresentación de los perfiles más tóxicos se debe a que los contenidos altamente emocionales son premiados por los algoritmos que con el morbo maximizan nuestro tiempo enganchados a las redes. Pero existen también estudios que muestran que la polarización aparente también aumenta porque el anonimato en redes visibiliza a los perfiles más antisociales que, en realidad, siempre habían estado ahí. Que simplemente se han calzado ahora un anillo al dedo, nunca mejor dicho, un anillo digital.

Y si en nuestra naturaleza íntima se halla este pulso por interiorizar una norma moral que nos domestica, y que lo hace proyectando en nuestras cabezas la percepción de que nos observan, no es de extrañar que una tecnología que ha aprendido de nuestro comportamiento como la IA, acabe revelando que, en sus tripas, también la percepción de sentirse observada condiciona su respuesta más espontánea.

Javier Jurado, Cuando nadie nos mira, Ingeniero de Letras 25/07/2026

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